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martes, 19 de junio de 2018

RESEÑA (by MB) ::: OLIVE KITTERIDGE - Elizabeth Strout




Título original: Olive Kitteridge 
Autora: Elizabeth Strout 
Editorial: Duomo
Traducción: Rosa Pérez Pérez
Páginas: 352
Fecha de publicación original: 2008
Fecha de esta edición: 2 abril 2018
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 16,80 euros 
Diseño de cubierta: Elsa Suárez Girard
Premio Pulitzer 2009
 
Olive Kitteridge es una maestra retirada que vive en un pequeño lugar de Maine, en Nueva Inglaterra. A veces dura, otras paciente, a veces lúcida, otras abnegadamente ciega, Olive lamenta las transformaciones que han agitado el pequeño pueblo de Crosby y la deriva catastrófica que va tomando el mundo entero, pero no siempre se da cuenta de los cambios menos perceptibles que afectan a las personas más cercanas: la desesperación de un ex alumno que ha perdido las ganas de vivir; la soledad de su hijo, que se siente tiranizado por los irracionales caprichos maternos; y la presencia de su marido, Henry, que vive su fidelidad conyugal como una maldita bendición. Mientras la gente del lugar va afrontando sus problemas, sean leves o graves, Olive va tomando conciencia de sí misma y de las personas que la rodean, muchas veces dolorosamente, pero siempre con una honestidad entrañable.

Olive Kitteridge es la parábola sobre la amargura y el conformismo que Elizabeth Strout nos ofrece en su novela. 

La califico de parábola no por su brevedad, sino por relatarnos en la vida de Olive una historia que parece una analogía sobre la negatividad en un amplio espectro (ya sea consciente o inconscientemente), y con la que aprendemos una enseñanza mediante la observación de su vida y sus pensamientos, pues en ella vemos en todo momento la incapacidad de disociar los juicios y las sentencias que van brotando y aflorando a lo largo de la lectura. 

La protagonista, maestra de matemáticas en la ciudad imaginaria de Crosby, está casada con Henry, el farmacéutico del pueblo, y es madre de un solo hijo, Christopher. Olive se dedica a vampirizarlos y castrarlos (metafóricamente) en todos los aspectos y en todas las potenciales decisiones que ambos puedan tomar... y digo potenciales porque mueren antes de salir de sus bocas. Tanto el padre como el hijo son personas pasivas, incapaces de argumentar o alegar alguna de sus razones personales ante Olive. Ya sea por miedo o por costumbre, su pasividad, pincelada con tintes de bondad, siempre se verá supeditada a la poderosa y claustrofóbica Olive Kitteridge. 

Así se va percibiendo que el personaje principal no es de esos con los que se empatiza ni en la primera ni en la última página, sino todo lo contrario. Reconozco que la autora ha construido en ella un mundo lleno de matices y cualidades, pero al final, como ocurre siempre que te tropiezas con una persona negativa y tóxica, cuando esta se va se te queda un regustillo amargo difícil de endulzar.

En mi caso ha sido así. Olive representa para mí la antítesis de la positividad, y todos los que la acompañan desprenden el mismo tufillo: son personajes acomodados en su amargura y depresión. Todo en ella, al igual que en los demás, se nutre de cualidades negativas (el pesar,  los celos, la posesión, la amargura, la vejez física y mental) que no les permiten avanzar y reinventarse como son. Estos elementos, que emanan y aromatizan a todos, se magnifican cuando entran en contacto con Olive. 

La novela está ambientada en Crosby, ciudad donde la belleza y la naturaleza parecen embargarlo todo a priori, pero conforme vas leyendo y conociendo a sus diferentes habitantes, los miembros foráneos de la comunidad, te das cuenta de la incoherencia en sus vidas. Tanto los jóvenes como los no tan jóvenes rezuman pesimismo y derrota en cuanto atisbas y te asomas a sus realidades; desde el primer momento percibes que las cosas no les van a salir bien, pues su pasividad les hace vivir simplemente en las apariencias y en el inconformismo paralizante con el único fin de satisfacer sus egos desapegados a sus conciencias. Todos, a su manera, se quejan de sus vidas, y de alguna forma anhelan lo que otros tienen, pero nadie o casi nadie es capaz de hacer nada. El simple hecho de coger las riendas de sus vidas supone un cúmulo de excusas y sobreesfuerzo, y al final siempre deciden dejarse llevar por sus diferentes pero igualmente agobiantes situaciones. 

Entonces, desde la distancia, llega un momento que casi te da igual. El lector, para no contagiarse de esa atmósfera gris y cerrada, tiene que desapegarse de todos y cada uno de ellos. No puedes cambiar el resultado de las cosas si estos personajes no son congruentes consigo mismos ni con sus conciencias. Siempre, o la mayor parte de las veces, son personas reactivas, nunca proactivas a unas circunstancias sobrevenidas que unas veces parece que les sobrepasan y otras que les resbalan. 

Olive Kitteridge participa de este ambiente cerrado y rancio donde su conciencia y su ego luchan en todo momento: siente una cosa y dice otra, o viceversa. El caso es que en ningún momento la vemos sincronizada con sus sentimientos y sus acciones, y así somos testigos una y otra vez de cómo sus salidas de tono y meteduras de pata chocan con sus remordimientos y su conciencia.

El contrapunto positivo a todo lo anterior lo encontramos en Christopher, su hijo. Es el personaje que ha ido creciendo ante mis ojos al mismo tiempo que decrecía ante los ojos de su madre. Cuando es capaz de romper las cadenas y construirse una vida lejos de ese ambiente, aparecen los rayos de sol y la esperanza en la historia. Él es el único que sabe encontrar la coherencia en su vida, algo que no parece entender su madre. Lucha hasta lograr construirse una vida lejos de la sombra tediosa de sus padres y vecinos, y gracias a él la novela se equilibra, revalorizándose y esperanzando al lector.

Al final es una novela que merece la pena ser leída aunque, eso sí, desde una distancia prudencial de seguridad para no contagiarse de toda esa atmósfera naftalina, tratando y valorando a cada uno de los personajes con la objetividad necesaria para descubrir la grandeza de la escritura. Elizabeth Strout, en su maestría, nos modela un universo tan especial y particular que, queriéndolo o no, nos deja una huella profunda y perdurable.




Elizabeth Strout nació en Maine, pero desde hace años reside en Nueva York. Autora imprescindible en la literatura contemporánea, cuenta con varias obras, entre ellas Los hermanos Burgess, Abide with Me y Amy e Isabelle. Duomo ha publicado con una gran acogida entre los lectores y la crítica Me llamo Lucy Barton (2016) y Todo es posible (2017). Olive Kitteridge obtuvo el Premio Pulitzer, el Premi Llibreter, el Premio Bancarella y el Premio Mondello, y se convirtió en una alabada serie de televisión. También como escritora de relatos, Strout ha publicado en varias revistas, entre ellas The New Yorker y O, The Oprah Magazine, y ha sido finalista del Premio PEN/Faulkner y del Premio Orange.

jueves, 24 de noviembre de 2016

RESEÑA (by MH) ::: ME LLAMO LUCY BARTON - Elizabeth Strout




Título original: My name is Lucy Barton 
Autora: Elizabeth Strout 
Editorial: Duomo (colección Nefelibata)
Traducción: Flora Casas 
Páginas: 210
Fecha de publicación original: 2016
Fecha esta edición: agosto 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 16,80 euros
Imagen de cubierta: Nirav Patel
En una habitación de hospital en pleno centro de Manhattan, delante del iluminado edificio Chrysler, cuyo perfil se recorta al otro lado de la ventana, dos mujeres hablan sin descanso durante cinco días y cinco noches. Hace muchos años que no se ven, pero el flujo de su conversación parece capaz de detener el tiempo y silenciar el ruido ensordecedor de todo lo que no se dice.
 
En esa habitación de hospital, durante cinco días y cinco noches, las dos mujeres son en realidad algo muy antiguo, peligroso e intenso: una madre y una hija que recuerdan lo mucho que se aman.

Me llamo Lucy Barton es de ese tipo de novelas en las que, algunos dirán que "no pasa absolutamente nada", cuando realmente en esta historia pasa nada más y nada menos que la vida. Así, en minúsculas pero a lo grande: detalles nimios que conforman cada paso que damos en este mundo y acontecimientos que marcan un antes y un después; el recuerdo de una persona que pasó fugazmente a nuestro lado o de aquella que supuso un comienzo o un final; ese instante que te dolió y aquel otro que te hizo sonreír; aquella frase que te abrió los ojos y aquella otra que quisiste no haber escuchado nunca. Momentos, recuerdos, destellos, la infancia, épocas, situaciones, malas decisiones, trances superados, la adolescencia, personas que dejamos atrás, personas que se quedan, dolor, felicidad, descubrir de repente que somos adultos, lágrimas, risas... que por sí solos no son nada y juntos dan forma a eso que llamamos nuestra vida. Nuestra historia. Nuestro sendero salpicado de grises con blancos y negros de tanto en tanto. Como para decir que no pasa nada en este libro.

Tal y como el título sugiere, la narración corre a cargo de la propia Lucy Barton en primera persona. Aunque hacia el final del libro cierra un poco la historia alejada del escenario principal, el 95% de la novela está ambientada en un hospital del East Side neoyorquino, donde ingresa a causa de una apendicitis y donde finalmente permanece hospitalizada durante semanas a causa de diversas complicaciones. Apenas recibe visitas, su marido está demasiado ocupado, a sus hijas se las llevan en contadas ocasiones, alguna amistad ocasional se acerca por allí... Lucy se siente muy sola, muy desgraciada, y sufre alejada de los suyos. Hasta que un día despierta y ve a su madre sentada en una silla al pie de su cama. 

Esto, que podría (debería) ser lo más normal del mundo, no lo es. No lo sabemos cuando acaba de producirse el encuentro, pero lo intuimos por la forma de saludarse, por el modo en que enfrentan el encuentro, por la frialdad pasiva de una y la sorpresa contenida de la otra. Y es entonces, durante los cinco días que la madre de Lucy permanece junto a ella en el hospital, cuando comenzamos a saber quién es Lucy Barton y a conocer su historia.

Lucy hace mucho que abandonó su hogar paterno y apenas sabe nada de la gente que dejó atrás: amistades, vecinos... incluso sus hermanos, que parecen unos completos desconocidos para ella y con quienes mantiene conversaciones totalmente triviales. La distancia filial con su madre es tan grande, la cercanía afectiva tan complicada de afrontar, que solo en contadas ocasiones se atreven a saltar la barrera que las separa para permitirse algo parecido a la intimidad. La mayor parte del tiempo se limitan a hablar sobre la gente que tienen en común, aquella gente que quedó atrás en el pueblo, y que en su mayor parte han tomado malas decisiones a lo largo de su vida o han tenido mala suerte en sus matrimonios.

Por tanto, la estructura que escoge Strout para desplegar ante nuestros ojos la vida de Lucy es sencilla, aunque solo en apariencia. Mientras su madre responde a sus muchas preguntas sobre tal o cual conocido y satisface su curiosidad, Lucy intercala recuerdos de su infancia, adolescencia, universidad y vida en Nueva York sin ningún orden aparente, encajando como piezas de un puzzle el presente narrativo con el pasado de la protagonista hasta conformar un todo que nos ofrece un marco bastante explícito de la niña que fue y la mujer en que se ha convertido, ofreciéndonos esas pinceladas, esos trazos, que para cada cual son tan importantes pero que los demás nunca podrán interpretar del mismo modo que quien los vive. Tuvo una infancia desgraciada, pero no le han ido mal las cosas a pesar de todo.

Aun así, y no sé si es solo sensación mía, creo que Lucy retiene información. Afirma que esta es su historia, tal y como te la cuenta, sin trampa ni cartón... y aun así no puedes evitar sentir que sobre algunas cosas no está siendo del todo sincera: su matrimonio, la relación con sus padres (y concretamente con su madre), lo que le lleva a tomar ciertas decisiones... Sí, esta es su historia. Pero sí, también es humana, y tiene secretos y recovecos que le pertenecen por mucho que presuma de sinceridad, y ejerce una protección instintiva sobre ellos. Ninguna biografía es completamente honesta y transparente, y la de Lucy Barton no es una excepción. Hay miserias que se pueden destapar y otras que es mejor guardarlas bajo llave.

Por eso tengo que admitir que, a pesar de que he disfrutado mucho la novela, a mí no me ha provocado ese torrente de emociones que había leído en otras personas, porque Lucy marca un poco las distancias en su narración (o es la sensación que yo he percibido, y esto no influye para nada en mi estupenda percepción sobre la novela. Simplemente, por la forma en que está narrada, no he sentido esa emoción que anticipaban la novela y las opiniones que había leído sobre ella). 

La relación entre madre e hija es aséptica como el hospital en que transcurre. Los breves y esporádicos intentos de acercamiento por parte de la hija son rechazados por su madre con un cierre de ojos o una mirada hacia el edificio Chrysler que ve desde la ventana, seguidos de un prolongado silencio. Es una relación fría, distante, de cortesía por el parentesco que las une. Incluso al hablar de su marido y su matrimonio, Lucy se niega a entrar en detalles. No quiere hablar sobre eso, y no lo hace. Más información retenida. Me comentaba Cris en los comentarios de su reseña que Strout dice que esta novela refleja el amor. Sinceramente, si a mí me preguntan contestaría que lo que he percibido es desamor a muchos y distintos niveles afectivos y sociales. No creo que la novela refleje el amor en sí, sino lo que duele cuando no es correspondido al mismo nivel e intensidad. 

En definitiva, es una historia intimista en apariencia sencilla que encierra mucha más complejidad de la que parece, porque se nutre de los detalles del día a día que realmente dan forma a la existencia de cada uno. Lucy Barton es, igualmente, un personaje más complejo de lo que parece; nos cuenta mucho en estas doscientas páginas, pero estoy convencida como lectora que casi tanto como lo que calla. Nos ofrece retazos aquí y allá que conforman un todo, que la conforman a ella, pero creo que sin abrirse tanto como pueda parecer a simple vista. 



Elizabeth Strout nació en Portland (Maine) en 1956, pero desde hace años reside en Nueva York. Es la autora de Olive Kitteridge, novela por la que obtuvo el Premio Pulitzer y el Premi Llibreter, Los hermanos Burgess, Abide with Me y de Amy e Isabelle, que fue galardonada con el Art Seidenbaum Award de Los Angeles Times a la primera obra de ficción y el Heartland Prize del Chicago Tribune.
 
También ha sido finalista del Premio PEN/Faulkner y el Premio Orange de Inglaterra. Sus relatos se han publicado en varias revistas, como The New Yorker y O, The Oprah Magazine.
Miss Hurst