lunes, 18 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MH) ::: THÉRÈSE RAQUIN - Émile Zola




Título original: Thérèse Raquin 
Autor: Émile Zola
Editorial: Alba
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Prólogo: Émile Zola
Páginas: 328
Fecha publicación original: 1867
Fecha esta edición: abril 2002
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 18 euros
Ilustración de cubierta: The Old Nurse (Frederick Cayley Robinson, 1926)
«...pretendí estudiar temperamentos y no caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escogí personajes sometidos por completo a la soberanía de los nervios y la sangre, privados de libre arbitrio, a quienes las fatalidades de la carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia. Thérèse y Laurent son animales irracionales humanos, ni más ni menos. Intenté seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los trastornos mentales consecutivos a una crisis nerviosa.»
 
Así presentaba Émile Zola Thérèse Raquin (1867), su cuarta novela y la primera en la que toma forma literaria el ideario naturalista. A partir de un trágico suceso ampliamente comentado en la prensa de la época, esta historia de pasión ineluctable, adulterio, asesinato y remordimiento en una oscura mercería del pasadizo de Le Pont-Neuf, escrita con «una meta científica» y desatendiendo a la moral, cosechó sin embargo para su autor más acerbas recriminaciones de los moralistas, incapaces de ver que «cada uno de los capítulos es el estudio de un caso fisiológico peculiar». Pero instauró, al mismo tiempo, un modelo novelístico que habría de presidir, en Europa y América, más de cincuenta años de imperecedera literatura.
Este blog nació con la conciencia tan clara de dar a conocer obras y autores clásicos poco conocidos por estas tierras que muchas veces me doy cuenta de que apenas hay presencia en Netherfield de clásicos universales (o al menos de esos que sí están reconocidos como tales). Eso a pesar de que, si os soy sincera, algunos los he leído o releído desde que nació el blog, pero luego no os los he traído aquí: no me da tiempo a hablar de todo lo que leo, así que se han quedado sin reseña y he preferido que ese hueco lo ocupase un clásico menos renombrado. Por la causa que sea, a Thérèse Raquin sí he querido darle sitio en el blog, y no deja de tener su gracia porque no tengo ni idea de cómo reseñarlo. No hay palabras que yo consiga escribir, ideas que intente transmitir, que puedan acercarse ni remotamente a la complejidad tanto psicológica como documental que Émile Zola alcanzó en esta historia.

Siendo una niña, y tras quedarse huérfana de madre, Thérèse queda al cuidado de su tía, la señora Raquin, quien vive junto a su hijo Camille en una casita a orillas del Sena. Camille es un niño enfermizo y la señora Raquin una madre sobreprotectora y agobiante en sus cuidados, y así, en un ambiente repleto de enfermedad, medicinas y quietud silenciosa, compartiendo cama con su primo, crece Thérèse... y cuando ambos tienen la edad suficiente, a la señora Raquin le parece lo más normal del mundo que se casen. Y cuando Camille decide que debe ganarse la vida y salir de la sobreprotección perpetua en la que le tiene enclavijado su madre, se mudan a París sin más demora. Y allí, tras el mostrador de una mercería oscura, lóbrega y deprimente situada en un callejón de paso oscuro, lóbrego y deprimente, Thérèse se resigna a ver la vida pasar ante sus ojos.

Pero no os he hablado de Thérèse... Thérèse es una muchacha de salud de hierro a la que han criado como si padeciese la misma enfermedad de su primo. Obligada a tomar medicinas que no necesita, a vivir en un perpetuo silencio, a no hacer ruido, a reprimir emociones... se ha convertido en una mujer fría, callada, que pasa por la vida a hurtadillas mientras por dentro le comen el fuego, la pasión y la energía. Es una actriz consumada a la espera de que algo, o alguien, le haga salir de su guarida, y ese alguien será Laurent, el mejor amigo de Camille. Los dos comienzan una relación adúltera en la que Thérèse será al fin ella misma y Laurent se dejará llevar por una pasión que ninguna mujer le había entregado antes así. Pero amarse a escondidas pronto se les quedará pequeño, y sus miradas se dirigen hacia Camille... el pusilánime y ridículo Camille... sería tan fácil deshacerse de él y poder amarse libremente...


Aunque no se sepa nada sobre la intencionalidad con la que fue escrita, Thérèse Raquin se disfruta como lo que es, una grandísima novela en la que el lector asiste a la degradación progresiva de dos personajes que primero se ahogan en el adulterio, que creen que conseguirán respirar mucho mejor tras cometer un asesinato y que, en cambio, lo único que encuentran es su perdición, una perdición que no vendrá de la persecución policial ni de las sospechas de su crimen, sino de sus propias mentes, unas mentes que les hace prisioneros de su crimen y que no solo les hunde en aparentes remordimientos, sino en un torbellino de emociones, miedos, pasiones, desconfianzas y alucinaciones que son incapaces de gestionar y que irá acabando con ellos poco a poco. En esta novela da igual que sepáis que se comete un asesinato y quién es el asesinado, porque el asesinato es solo el medio que usa el autor para llevarnos donde realmente quiere llevarnos: al estudio de la naturaleza de unos asesinos que, tras cometer un crimen, se hunden en la irracionalidad devorados por sus propios instintos. Y eso me lleva al inicio de este párrafo: Thérèse Raquin fue escrito con una intencionalidad muy concreta más allá de contarnos una historia. 
 
Antes de seguir, y por si alguno de vosotros se salta la sinopsis cuando lee las reseñas, os repito aquí un fragmento de ella porque reproduce algunas palabras del propio Zola sobre el libro, y sinceramente creo que él, en un párrafo, lo dice todo, absolutamente todo lo que podréis encontrar en Thérèse Raquin, algo que yo no puedo soñar con explicar en mil párrafos míos:
«...pretendí estudiar temperamentos y no caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escogí personajes sometidos por completo a la soberanía de los nervios y la sangre, privados de libre arbitrio, a quienes las fatalidades de la carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia. Thérèse y Laurent son animales irracionales humanos, ni más ni menos. Intenté seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los trastornos mentales consecutivos a una crisis nerviosa.»
Zola se vio en la necesidad de explicar la finalidad del libro en un prólogo posterior a la primera edición porque, en un inicio, sin esas explicaciones, fue acogido como una depravación obscena digna de ser quemada en la hoguera. ¿Por qué? Porque los así llamados remordimientos no son tales. Thérèse y Laurent son malas personas, y punto. De principio a fin, desde que deciden cometer un asesinato consecuencia de su adulterio hasta el final de la obra. No se arrepienten de lo que hicieron, no tienen corazón ni alma. Lo que les lleva a los infiernos, por tanto, no es la mala conciencia, sino en un primer momento sus instintos y pasiones naturales, y después la inestabilidad mental que se apodera de ellos provocada por el estrés de la situación, a la que intentan engañar con mil triquiñuelas que no les sirven de nada. Zola se propuso estudiar el comportamiento de estas dos personas con una aproximación que él mismo definió como científica que hace que este libro esté considerado como el primero que puede incluirse dentro del movimiento naturalista (y de ahí su importancia en la historia de la literatura).

No es mi intención explicar aquí a fondo en qué consiste el naturalismo, se puede encontrar mucha información en internet si se busca, pero para comprender Thérèse Raquin adecuadamente sí que es conveniente entender que Émile Zola fue su máximo representante, y que ese prólogo del que os hablo en el párrafo anterior, al que pertenece el fragmento que también incluyo arriba, precisamente sentó los principios y fundamentos teóricos del movimiento (altamente emparentado con el realismo), cuya intención era, a muy grandes rasgos, la de documentar la realidad en todos sus ámbitos de una manera objetiva e irrefutable. Algunos de esos fundamentos precisamente dicen que los instintos, las pasiones y el entorno pueden regir la conducta humana (determinismo), y que las inclinaciones naturales no pueden ser controladas. Precisamente ahí es donde se asientan las bases de Thérèse Raquin.

Así que lo que, considerado de manera superficial, puede parecer "solamente" una historia de adulterio, pasiones, asesinato y locura, realmente es un experimento escrito con la curiosidad de un científico en el que el argumento solo es la excusa para diseccionar los mecanismos que articulan al ser humano. Por eso el estilo del autor en ningún momento es florido, retórico ni se anda por las ramas; al contrario, cual investigador en su laboratorio saca a los personajes de sus jaulas y experimenta con ellos, inyectándoles pasiones de todo tipo, instintos primarios, miedos, desequilibrios... y los sitúa en un entorno controlado en el que no cabe voluntad alguna por parte de los protagonistas. No tiene misericordia con ellos, no les otorga una conciencia que no tienen... simplemente les deja ser ellos mismos, les permite reaccionar acorde a su naturaleza, examina su comportamiento bajo todas esas condiciones y anota los resultados sobre las páginas. 

Y ese resultado, creedme, es una joya de la literatura. Porque aunque Zola tuviera en mente un fin muy superior al que se le presupone a una novela, el lector lo que se encuentra es un pormenorizado estudio del temperamento humano y su interacción con el entorno y sus semejantes: Thérèse es nerviosa y pasional, Laurent es visceral y carnal, y en base a unas naturalezas tan diferentes el lector conoce cada pensamiento, cada inquietud, cada temor, cada intento de engañarse a sí mismos o a los demás, sin idealismos ni escudos que amortiguen lo que realmente son. En cierto modo, y si se lee con perspectiva, es fácil entender por qué levantó las ampollas que levantó en el momento de su publicación. Zola no esconde nada, no atempera nada, y sus dos personajes principales son como son. Son lo que son. Y así quedan retratados ante el lector.

A todo esto, no he hablado de la señora Raquin en toda la reseña... la señora Raquin está en la novela, no se ha ido a ninguna parte. Pero su destino, su papel en la historia, debe ser descubierto con el transcurrir de las páginas, no antes. Zola le tiene reservado su propio engranaje en toda esta maquinaria.

Thérèse Raquin, huelga decirlo, es de esos clásicos que hay que leer al menos una vez en la vida, y apreciarlo no solo como el estudio del temperamento humano que su autor quiso que fuera, sino como la obra maesta de la literatura que también es. Todo lo que yo os pueda contar es poco, el estudio que hace el autor de los humanos como seres irracionales esclavos de sus instintos y pasiones es tan profundo, intrincado y efectivo que hay que leerlo para llegar siquiera a atisbarlo. Es de esas historias que ya no se olvidan, que buscan un hueco en la psique del lector y ahí se quedan... de esas historias que si os preguntan veinte años después de qué iba, qué pasaba, cómo terminaba, os aseguro que os acordaréis sin lugar a dudas.



Émile Zola nació en París en 1840. Hijo de un ingeniero italiano que murió cuando él apenas tenía siete años, nunca fue muy brillante en los estudios, trabajó durante un tiempo en la administración de aduanas, y a los veintidós años se hizo cargo del departamento de publicidad del editor Hachette. Gracias a este empleo conoció a la sociedad literaria del momento y empezó a escribir. Thérèse Raquin (1867) fue su primera novela «naturalista», que él gustaba de definir como «un trozo de vida».
 
En 1871, La fortuna de los Rougon y La jauría iniciaron el ciclo de Los Rougon-Macquart, una serie de veinte novelas cuyo propósito era trazar la historia natural y social de una familia bajo el Segundo Imperio; a él pertenecen, entre otras, El vientre de París (1873), La conquista de Plassans (1874), La caída del padre Mouret (1875), La taberna (1877), Nana (1880) y El Paraíso de las Damas (1883); la última fue El doctor Pascal (1893). Zola seguiría posteriormente con el sistema de ciclos con las novelas que componen Las tres ciudades (1894-1897) y Los cuatro Evangelios (1899-1902). En 1897 su célebre intervención en el caso Dreyfuss le valió un proceso y el exilio.
 
«Digo lo que veo –escribió una vez-, narro sencillamente y dejo al moralista el cuidado de sacar lecciones de ello. Puse al desnudo las llagas de los de abajo. Mi obra no es una obra de partido ni de propaganda; es una obra de verdad.» Murió en Paris en 1902.

domingo, 17 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MH) ::: CHERNÓBIL 01:23:40 - Andrew Leatherbarrow





Título original: Chernobyl 01:23:40. The Incredible True Story of the World's Worst Nuclear Disaster 
Autor: Andrew Leatherbarrow
Editorial: Duomo
Traducción: Miguel Alpuente y Marcelo E. Mazzanti 
Páginas: 288
Fecha de esta edición: septiembre 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 18 euros
Diseño de portada: Clara Pousa / Duró Studio
UN RELATO FASCINANTE. UN HECHO NARRADO CON EL TREPIDANTE RITMO DE UNA NOVELA

Andrew Leatherbarrow, movido por una insaciable curiosidad, reúne en este libro todos los aspectos para entender qué pasó, qué significó y qué significa hoy en día Chernóbil: los detalles técnicos, explicados con claridad; las historias humanas, a través de las biografías de sus protagonistas y de multitud de detalles que dan voz a las víctimas de Chernóbil; los aspectos políticos y económicos, profundizando sobre cómo fue gestionado el desastre nuclear. El resultado es un viaje al lugar y al tiempo donde todo empezó y todo cambió para siempre.

Chernóbil 01:23:40 nació fruto de una obsesión del autor sobre el desastre nuclear ucraniano y lo imposible que le resultaba encontrar un libro que narrase qué ocurrió para que se produjera el accidente. Y cuando digo qué ocurrió me refiero a la encadenación de mal funcionamiento, errores, fallos, malas decisiones... que favorecieron de alguna manera lo que pasó aquella noche. Leatherbarrow encontraba sobre todo documentación sobre las consecuencias, pero no sobre el accidente en sí mismo, y lo que encontraba sobre el propio accidente era ininteligible y estaba plagado de errores e incongruencias, o encontraba montones de versiones distintas (ya fuese por desinformación o por las muchas versiones que se dieron a lo largo de los años para tapar información). Se dio cuenta de que, varias décadas después, estábamos muy familiarizados con las consecuencias, pero realmente seguíamos sin saber qué había pasado. Y decidió escribir su propio libro. Para él, a modo personal. Y empezó a recopilar datos, a buscar información, a bucear en toda la documentación a su alcance. Y después compartió lo que iba escribiendo en internet, y la respuesta fue masiva. Ingenieros le ayudaron a comprender lo que no llegaba a comprender sobre los procesos que se llevan a cabo en una central nuclear, lectores de nacionalidad rusa le ayudaron a  traducir lo que no sabía traducir bien, una correctora se ofreció a ayudarle de manera desinteresada, y muchos lectores le animaron a seguir adelante, a hacerlo más grande, a mejorarlo... y a publicarlo.

Fruto de aquella obsesión tenemos el que probablemente sea el primer relato cronológico y veraz tanto de la cadena de hechos, decisiones y errores que llevaron a la explosión del reactor nuclear como de los minutos, horas, días y semanas posteriores dedicados al intento de control de daños y de estabilización de la planta. Para hacerlo rebaja todo lo que puede los tecnicismos al nivel del lector de a pie de calle, aunque os digo desde ya que el camino del lector no es fácil en absoluto y el funcionamiento de un reactor nuclear, por mucho que se intente explicar claro, es el que es. Pero si realmente os interesa el tema, hacedme caso, leedlo. Os lo dice un cero a la izquierda en física. No vais a encontrar nada mejor ni más adaptado para los lectores medios no especializados en el tema.

Leatherbarrow comienza desde el principio, con una breve historia de la energía nuclear, que va desde la euforia que supuso el estudio pionero de la radiación en el siglo XIX y la despreocupación con la que se trabajaba con ella (Marie Curie defendió hasta su muerte que era inocua a pesar de morir de una anemia aplásica por su exposición constante y desprotegida a ella) hasta los años 30 o 40 del siglo XX, en los que por fin se reconoció la peligrosidad del radio. Y de ahí pasamos al inicio de la era atómica, los estudios secretos de la fisión nuclear, las bombas atómicas, etc... y la comprensión posterior de que toda esa energía nuclear podría derivarse en crear energía para el planeta, y de ahí la creación de centrales nucleares a lo largo y ancho del globo. Tras un desglose de muchos accidentes nucleares ocurridos en algunas de estas plantas a lo largo de los años (muchos los conocemos, pero otros muchos se ocultaron al público en su momento), llegamos a Chernóbil y a la noche en que ocurrió todo.

Esta reseña es complicada porque, o no os cuento apenas nada y me quedo en la superficie, o me adentro un poco y, si me adentro, hay tanto (TANTO) que contar que esto puede quedar muy largo. Así que, aunque no os voy a dar demasiados detalles técnicos (porque por mucho que lo intente no conseguiría nada salvo hacer el ridículo), sí voy a intentar explicar en modo dummie (el mío, vamos) los factores que propiciaron el accidente (o lo que yo he entendido que favoreció el accidente), aunque solo sea para demostrarme a mí misma que me he enterado de algo. Soy consciente de que a muchos esta parte os interesará un comino, sé que no gustan mucho las reseñas largas, así que si queréis ir a la versión más breve (no breve... "más" breve xD), saltaos los tres párrafos en cursiva entre los asteriscos :)

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Los reactores nucleares usan el proceso de fisión nuclear para generar electricidad, y al proceso responsable del calor que se genera en un reactor se lo denomina reacción en cadena por fisión. Realmente la energía nuclear se basa en la misma reacción atómica que la bomba nuclear, solo que está diseñada para que sea físicamente incapaz de provocar una explosión atómica. Aun así, para impedir emisiones radiactivas, en cualquier instalación nuclear existe una filosofía de seguridad llamada defensa en profundidad, que a modo de una muñeca rusa, tiene varias capas de seguridad, y si falla un elemento, queda otro, y si falla este, todavía hay otro funcionando, etc... 

Bueno, pues voy con algunas de las claves para entender lo que pasó. A causa del extremo calor que genera la fisión, el núcleo del reactor debe mantenerse frío a toda costa. Por ello, en occidente se usan reactores de agua a presión (más caros, menos potentes pero más seguros); Chernóbil descartó este mecanismo para ahorrar costes y usaba un moderador de grafito, altamente peligroso porque aun faltando el agua refrigerante, la reacción de fisión en lugar de detenerse, continúa (o incluso se incrementa), y hasta pueden formarse cavidades o huecos de vapor altamente peligrosos (esta es precisamente una de las cosas que ocurrieron aquella noche fatal). Además, para controlar la liberación de energía del reactor nuclear, se usan barras de control. Cuantas más barras de control, menos potencia. Chernóbil tenía nada menos que 211 barras de control. Para que no se produzca una explosión o una fusión nuclear, el núcleo debe recibir constantemente agua refrigerada, y las bombas que hacen posible ese flujo constante de agua dependen de la electricidad de la propia central y, por tanto, de que funcione bien dicha potencia. Para colmo de males, y también para ahorrar costes, el RBMK (el modelo de reactor de la unidad 4 de Chernóbil) no usaba dos de las barreras de contención absolutamente esenciales para la seguridad (ni la vasija a presión, una barrera de blindaje de metal casi irrompible, ni un edificio de contención estanco, última barrera ante la rotura de la vasija a presión). En definitiva, tal y como se dice en cierto momento en el libro, el reactor RBMK estaba condenado a explotar y a provocar una catástrofe nuclear, y de hecho, antes del gran desastre, en Chernóbil ya se produjeron un accidente previo y numerosos fallos que avisaron en vano porque nadie hizo ni caso (y aquí empezaron los errores humanos).

Entonces, ¿qué pasó en Chernóbil el 26 de mayo de 1986? Aquella noche se iba a realizar una prueba en el reactor 4. Había que que comprobar que funcionaba correctamente el hardware que controlaba que, si se producía un fallo en el suministro de energía, siguiera produciéndose eletricidad residual suficiente que impulsase las bombas de agua refrigerante para controlar el exceso de calor. Desde el principio del test empezaron a salir mal las cosas y, en lugar de detenerlo, el ingeniero jefe a cargo decidió seguir adelante. Y, al insertar conjuntamente las 211 barras de control de la unidad 4 se produjo una sobrecarga de energía, lo que derivó en el fallo del sistema de refrigeración. Y después, simplificando que es gerundio, se hicieron muchas cosas mal. A la larga, con una primera explosión, el núcleo quedó al descubierto. En una segunda explosión, el propio núcleo explotó. Estas explosiones no quedaron contenidas al no existir las dos barreras últimas de contención y, en última instancia, derivó en la emisión de decenas de toneladas de combustible radiactivo vaporizadas a la atmósfera. Diez bombas de Hiroshima, dejando aparte el grafito del reactor y demás partículas radiactivas de la periferia del reactor.

***
 
Dicho todo esto (y bienvenidos aquellos que os hayáis saltado los tres párrafos anteriores xD), la política de reducción de costes soviética fue la primera culpable de lo que pasó en Chernóbil, pero después vinieron muchos, muchos fallos humanos, tanto los previos al accidente (al ocultar y negar los fallos que se estaban produciendo en la central, al firmar como realizadas revisiones que nadie hacía...) como los que se produjeron durante y posteriormente. El más grave, la negación por parte de Diátlov, ingeniero jefe adjunto de Chernóbil, a creer que el reactor había quedado destruido desde el mismo principio del accidente a pesar de decírselo varios trabajadores que lo habían comprobado in situ; horas después del accidente seguía pensando que "no era para tanto", lo que propició que siguiera tomando malas decisiones, una detrás de otra, durante las horas clave para minimizar daños...

Os podría hablar de las personas que sabiendo que morirían, permanecieron en sus lugares de trabajo aquella noche; de las que sabiendo que morirían, se metieron hasta las rodillas en agua radiactiva para girar una compuerta que había que girar o comprobar algo que había que comprobar; de los médicos, enfermeros, camilleros, conductores de ambulancia que, aun sabiendo que a la larga morirían, atendieron sin descanso a decenas de personas que contenían tanta radiación en sus cuerpos como para producir quemaduras a otras personas por mero contacto; os podría hablar de bomberos que, sabiendo o no a lo que se enfrentaban y que morirían, consiguieron controlar los 40 incendios que se produjeron en la central; de los mineros que, sabiendo que a la larga morirían, a pecho descubierto y sin protección, se metieron bajo tierra a hacer lo que tenían que hacer; de los pilotos que sobrevolaron la zona para contener la emisión de material radiactivo desde el aire teniendo que colocarse justo encima del desastre; os podría hablar de los biorrobots (llamados así, pero eran personas de carne y hueso) que, en contra de su supervivencia y sabiendo que morirían, se subieron al tejado e hicieron lo que tenían que hacer... Muchos de todos estos profesionales recibieron dosis mortales de radiactividad en apenas 40 segundos de exposición. También os podría contar que los habitantes de Prípiat estuvieron expuestos a radiactividad durante casi cuarenta horas antes de que les dijeran que se montasen en un autobús con lo puesto sin que nadie les informase de la gravedad del asunto ni les avisase de que no volverían más a sus casas... os podría decir que las autoridades rusas ni siquiera informaron de lo que había pasado en Chernóbil, y que solo se descubrió el pastel cuando los niveles de radiactividad se dispararon varios días después en centrales nucleares situadas a miles de kilómetros de distancia y tuvieron que admitir la mayor. Os podría contar muchas cosas que ponen los pelos de punta, como los síntomas que sufrieron muchas de estas personas y el modo en que murieron. Hubo muchas muestras de heroísmo que no sirvieron para nada, porque los que podían hacer algo cometieron un error detrás de otro.

Lo que todavía no os he dicho es que el autor también nos narra en el libro su viaje en 2011 a Chernóbil, Prípiat y Kiev. Y sé que para muchos lectores esta será la parte más interesante (la más digerible, por así decirlo), pero a mí me ha pasado una cosa muy curiosa. Conforme lo leía agradecía muchísimo la estructura elegida por Leatherbarrow alternando los capítulos meramente técnicos (en los que el intrincado funcionamiento de los reactores nucleares son arduos de leer y comprender para los legos en la materia) con esos capítulos que os comento mucho más relajados en los que narra su viaje a Ucrania para visitar la central nuclear, la ciudad abandonada de Prípiat y Kiev (en los que, además de narrar sus sensaciones y lo que para él significó ese viaje, se le escapa un tufillo a bloguero aventurero y friki de la fotografía que tira para atrás). Lo agradecía porque me ha facilitado mucho la lectura y esos capítulos casi turísticos destensaban el esfuerzo que suponía leer y comprender los capítulos del accidente... Pues bien, he terminado el libro sabiendo que lo voy a releer en algún momento de los próximos años, y es una sensación que no todos los libros me producen por mucho que me gusten... pero también sé que solo releeré los capítulos del accidente. Me he dado cuenta de que por mucho que esos capítulos de transición faciliten la lectura, al final no me han aportado gran cosa y no deja de ser su experiencia (que me ha parecido a ratos más superficial de lo que debería y demasiado pendiente de buscar la foto ideal), mientras que los capítulos del accidente me parecen fascinantes, y sé que con una relectura la información que he asimilado se asentará mejor y comprenderé todo desde una perspectiva más amplia. Seré un bicho raro, pero me gusta aprender cosas, entenderlas, y si algo no lo entiendo, persisto. Lo mismo acabo por no entenderlo de ninguna de las maneras, pero lo intento.

Comento al principio que el autor dice que ha intentado simplificar al máximo toda la parte técnica... bueno, creedme, este libro es un arduo viaje a las entrañas de la física nuclear, y muchas veces no sabréis de lo que os están hablando. Da igual, seguid adelante, no os dejéis intimidar, porque aunque resulte imposible comprender todos los detalles, todos los procesos, todos los tecnicismos, lo que importa es el todo, el conjunto, el efecto de todas esas causas, y os aseguro que eso se comprende, se asimila y ayuda a tener una perspectiva mucho más clara y comprensiva de lo que ocurrió aquella noche y en jornadas posteriores. Me ha parecido un libro fantástico en el que he terminado apreciando y valorando más lo que pensaba que se me iba a hacer cuesta arriba (el accidente) que la parte más light y fácil de leer  (el viaje del autor). Lo que Andrew Leatherbarrow cuenta en este libro no se había contado hasta ahora de este modo por muy raro que parezca, y aunque no puedo decir que lo haya disfrutado porque este tipo de libros no se pueden disfrutar (lo que cuenta es terrorífico), el libro está planteado de tal manera que hasta el lector más negado para el tema (mi caso) entiende (unas cosas más y otras menos, pero las entiende)) qué pasó aquella madrugada recién estrenada del 26 de mayo de 1986 en el reactor de la unidad 4 de la central nuclear de Chernóbil. 

Por favor, leedlo si os interesa el tema. No os arrepentiréis. Yo, si no pasa nada, veré la serie en cuanto pueda, aunque priorizo bastante más la lectura de Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, que he estado postergando y ahora se ha convertido en una necesidad.


Andrew Leatherbarrow nació en la apartada campiña del norte de Escocia, donde estudió Informática en la universidad y trabajó como diseñador gráfico. Apenas recuerda la primera vez que sintió fascinación por Chernóbil. Ya de niño llegaban a sus oídos pequeños fragmentos de historias sobre aquella ciudad fantasma tras un accidente nuclear. Ni siquiera sabía qué era un accidente nuclear, pero sonaba a ciencia ficción. Sin embargo, no era el accidente lo que llamaba su atención, sino la existencia de una ciudad real, tangible, que permanecía desierta en algún lugar del mundo. Se preguntaba cómo sería caminar por un lugar así, familiar y vacío, e imaginar cómo era antes de que la tragedia azotara.
 
Los años pasaron, creció y lo olvidó. Hasta llegar a la universidad, donde encontró una colección de fotografías de la zona de exclusión de Chernóbil. Después vino Fukushima y Andrew empezó a buscar en la red imágenes del reciente desastre. La casualidad hizo que se topara con el anuncio de un viaje programado a Prípiat, a la zona de exclusión, y que encontrara una plaza de última hora.

Con 26 años, Andrew se unió a la expedición que le permitió acabar escribiendo este libro preciso y revelador sobre lo ocurrido el 26 de abril de 1986.

viernes, 15 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MH) ::: DRÁCULA, EL ORIGEN - Dacre Stoker y J. D. Barker





Título original: Dracul  
Autor: Dacre Stoker, J. D. Barker
Editorial: Planeta
Traducción: Julio Hermoso Oliveras 
Páginas: 576
Fecha de publicación: octubre 2018
Encuadernación: cartoné con sobrecubierta
Precio: 19,90 euros
Ilustración de cubierta: Fernando Vicente
La precuela autorizada por los herederos de Bram Stoker de un clásico de la literatura universal, Drácula. El origen de un monstruo. 

Bram Stoker es un niño enfermizo que apenas sale de su casa. Una noche, la fiebre que le asalta casi a diario lo lleva a las puertas de la muerte. Su niñera, Ellen Crone, echa a todo el mundo de la habitación del pequeño y lo salva por medios que nadie conoce. Tras este episodio Bram se recupera, y crece su fascinación por Ellen. Él y su hermana Matilda descubren cosas muy extrañas de la niñera y antes de que puedan hablar con ella, ésta desaparece de sus vidas… Obsesionado con ella, quince años más tarde los hermanos vuelven a reunirse para encontrarla y sus caminos se cruzan con el del Conde Drácula...

Inspirada por notas y textos escritos por el propio Stoker, la precuela de Drácula revela no sólo el origen de Drácula y el de Bram Stoker, sino la historia de la enigmática mujer que les conecta.
Cuando me apasiona un clásico, tengo mucho cuidado con las precuelas, secuelas, retellings, etc... de la historia realizadas por personas ajenas al propio autor original, porque me he encontrado de todo, muy bueno y muy malo. Y cuando la historia viene de un tatatataraloquesea del propio autor intentando sacar rédito de lazos sanguíneos, ni os cuento. Y los Stoker son muy dados a esto. A Bram Stoker le está chupando la sangre su propia familia desde hace muchos años, y Dacre Stoker en concreto es un señor que vive de la memoria de su antepasado y se dedica a sacar un libro tras otro sobre él o sobre el mito de Drácula, unos más peregrinos que otros (y cuando son novelas, casi siempre con un coautor... a buen entendedor... xD). Y voy a ser muy sincera: el anterior libro que leí de Dacre Stoker, Drácula, el no muerto, me pareció un truño del quince y me deshice de él en cuanto pude (que me perdone quien le guste, por favor. Solo es una opinión personal). Así que con Drácula, el origen os podréis imaginar que iba con el freno echado (muy echado), pero las reseñas que leí en su momento eran tan buenas que me infundieron ánimos, y como en el fondo soy una optimista y no soy nada rencorosa, perdoné a Dacre y corrí a comprarme el libro. La estupendástica Eyra (Cosas mías) lo propuso muy sabiamente para el reto Netherfield y, en consecuencia, aquí estoy. Y no me arrepiento: Drácula, el origen es muy (muy) superior a Drácula, el no muerto, y no tengo ninguna duda de que el mérito sea del coautor de la novela, J. D. Barker (soy optimista y no soy rencorosa, pero tampoco es cuestión de chuparse el dedo xD).

La novela está dividida en tres partes. En las dos primeras tenemos dos líneas temporales. Por un lado el presente, titulado Ahora, en el que encontramos a un Bram Stoker de poco más de veinte años aparentemente encerrado en la estancia alta de una torre, resistiendo los envites de algo que hay al otro lado de la puerta con poco más que rosas blancas silvestres que bendice sobre la marcha y un poco de agua bendita, además de un rifle, muchos espejos y cruces trazadas en cada centímetro posible. Abajo la cosa no pinta mucho mejor, y el asedio del mal no se detiene por muchas trabas que se le pongan. Bram debe aguantar como sea hasta que amanezca pero no sabe si lo conseguirá. Tiene poco tiempo, así que se decide a anotar en un cuaderno qué es lo que le ha llevado a esa situación.

La otra línea temporal nos lleva a la infancia de Bram en Clontarf, a las afueras de Dublín. Bram es un niño enfermizo que apenas sale de su cama en el ático, casi un extraño para su propia familia, y al que no se le presupone un futuro demasiado largo. Ya al mismo nacer su vida quedó indefectiblemente unida a Ellen Crone, una hermosa joven que aparece de la nada la noche en que la madre de Bram da a luz, que salva la vida del bebé (no se sabe cómo y los Stoker tampoco preguntan) y que se queda a cargo de toda la prole Stoker. Cuando Bram tiene seis años, Nana Ellen vuelve a arrebatar a Bram de los brazos de la ansiosa muerte, pero esta vez la cura es diferente; esta vez Bram no solo sobrevive... se cura, realmente se cura. Y algo en él cambia para siempre: sus sentidos se agudizan de una manera antinatural, se siente atraído por la oscuridad, siente una extraña conexión con su sanadora y un picor que le martiriza constantemente, sus heridas se curan sin dejar rastro... y se obsesiona con Nana Ellen. Fruto de esa curiosidad, Bram y su hermana Matilda descubren algo que no deberían descubrir y que catorce años después, siendo ambos ya adultos, les hará sumergirse en un mundo de tinieblas cuando Nana Ellen vuelva a aparecer en sus vidas. Pero no lo hace sola: otro personaje siniestro, poderoso e incomprensible para los humanos aparece al mismo tiempo, y parece tener a la familia Stoker en su punto de mira, aunque quizás ya sea tarde cuando comprendan qué o a quién busca realmente este oscuro personaje.

Cuando llegamos a la tercera parte de la novela confluyen tanto la narración del pasado con el momento presente en el que Bram se encuentra encerrado en la torre. A partir de ahí asistimos a las últimas cien páginas de la historia en la que se resuelve todo y de las que, por tanto, no os puedo contar nada de nada. Sí que os puedo decir que ya estamos únicamente en el momento presente, se acabaron las memorias de cómo se ha llegado a esta situación y a partir de aquí asistimos al final desde el punto de vista exclusivo de un narrador omnisciente que nos relata cómo acaba todo. Y es un final trepidante.

Parece que he contado mucho pero simplemente es el planteamiento del libro. Apenas he rozado realmente lo que ocurre en él y así debe ser. Ya de por sí muchas de las cosas que ocurren en la historia están asociadas a la novela original de Drácula y pueden ser anticipadas, así que ir más allá es desvelar demasiado. Lo que sí os aseguro es que a mí me ha sorprendido muchísimo y para bien. Los personajes están bien construidos y cada uno cumple el papel que le toca, que en unas ocasiones es más reconocible que en otras en el mundo en que se mueven. El Dublín del siglo XIX que dibujan los autores está muy bien recreado históricamente, pero además supura ese aire tan irlandés de supersticiones, magia y oscuridad que, sumado a la ambientación tenebrosa y oscura de los pasajes que transcurren sobre todo por la noche, hacen de la lectura una gozada. Sé que probablemente pueda parecer que mi vena draculiana me nubla la objetividad, pero ya digo arriba que no todos los libros derivados del personaje me gustan. Este sí me ha gustado mucho, y lo que es, es.

No sé si será algo perceptible de manera general (yo solo puedo hablar de motu propio como apasionada del Drácula original y relectora habitual de la novela), pero creo que quien conozca bien la novela de Bram Stoker se dará un festín ante la simbiosis perfecta entre la propia historia original y lo que se narra aquí, porque no se dejan nada en el tintero. Tenemos lo que representa el caso de Lucy, tenemos a un alter ego de Van Helsing, tenemos el psiquiátrico, tenemos al médico encargado del psiquiátrico, tenemos a un recolector/comedor de moscas, tenemos el pueblo de Whitby, tenemos a los gitanos rumanos de Drácula, el viaje a través del continente europeo "en pos de"... es que hasta tenemos muchos elementos del capítulo inicial eliminado de Drácula, llamado El invitado de Drácula, y que reseñé el año pasado dentro de un volumen llamado Chin Music. Tenemos estas cosas y muchas más, pero no quiero estropearle la lectura a quien no haya leído el Drácula original y estoy intentando no irme de la lengua sin darme cuenta. También sigue el mismo estilo narrativo y casi toda la novela (a excepción de  la tercera parte) está contada a modo de diarios, cartas, memorias, cuadernos de notas, artículos de periódico... por parte de diversos personajes, que curiosamente alguien se encarga en determinado momento de clasificar y ordenar para conformar un relato con sentido y ordenado... Mina who? 

Aun así, hay una diferencia esencial con respecto a la novela original que no deja de resultar curiosa: el propio personaje de Drácula. A ver, a mí me apasiona la historia (¿lo había dicho ya? xD), pero soy muy consciente de su punto más flojo: la poca presencia del propio Drácula a lo largo de casi toda la historia y el final un tanto precipitado y falto de acción al que se enfrenta. Es un personaje al que temer, perseguir y matar pero que, una vez abandona su castillo, apenas aparece en la historia. En Drácula, el origen es todo lo contrario... también se le teme, pero hace honor al miedo que despierta y es un personaje con una presencia abrumadora sobre todo desde la mitad del libro en adelante. Demuestra por qué el libro lleva su nombre, por así decirlo, y con eso parece que los autores quieren poner remedio a las carencias de la novela original. O quizás simplemente aquí muestran mientras que la novela original sugiere. Se puede ver de muchas maneras. El caso es que aquí vemos mucho más a Drácula y somos testigos de todo lo que es capaz de hacer, que es mucho. Muchísimo. Y es un Drácula cruel que no se detiene ante nada.

Dacre Stoker lleva años vendiendo que Drácula está basado en hechos reales acontecidos al propio Bram Stoker (hechos inexplicables, sobrenaturales), y de esa premisa nace este libro. También se comenta en las notas incluidas al final de esta edición que, debido a los recientes (en aquel momento) asesinatos de Whitechapel y al temor que despertaba Jack el Destripador, Stoker se vio en la obligación de eliminar 101 páginas, decenas de miles de palabras, acortar el epílogo, modificar el final de Drácula, alterar el texto... el Drácula que vio la luz poco tenía que ver con el Drácula que Stoker quería publicar y con la historia que él realmente quería contar, y en base a todo ese material recuperado a lo largo de muchos años, ha nacido Drácula, el origen. Repito, todo esto según Dacre Stoker, que hoy por hoy vive por y para el legado de su antepasado. Lo segundo me hace darle vueltas precisamente al punto flojo que yo le veo a la novela original y que comento justo arriba... sobre lo primero, no digo ni que sí ni que no, ni tampoco digo todo lo contrario (bueno, no digo nada de nada, pero pensar pienso muchas cosas que me ahorro, que esto está quedando muy largo xD).

Dejando a un lado esas cuestiones, Drácula, el origen es un libro muy, muy entretenido que, sin lugar a dudas, creo que disfrutarán todos aquellos que admiren la obra original de Stoker, porque el simple juego de asociar escenas, personajes y situaciones ya es un divertimento en sí mismo, y la nueva historia está perfectamente ensamblada con la ya existente, Pero es que además está muy bien narrado, la atmósfera de la historia en general es perfecta y el libro vuela entre las manos. Repito, yo lo he disfrutado mucho, y creo que al menos los lectores afines a Drácula harían bien en echarle un vistazo.




J. D. Barker es un escritor que se ha movido siempre dentro del terreno del horror. Con su primera novela, Forsaken, consiguió despertar expectación dentro del género y fue nominado a diversos premios, entre ellos el Bram Stoker, a partir de lo cual se estableció una simbiosis con Dacre Stoker, descendiente de Bram Stoker, con quien ha escrito a cuatro manos la novela Dracula, el origen. El cuarto mono ha logrado un respaldo abrumador de crítica y público allá donde se ha publicado y en España lleva ya tres ediciones.

Dacre Stoker (Montreal, 1958) es un ex-atleta y escritor canadiense. Sobrino bisnieto de Bram Stoker, participa en la gestión de la propiedad intelectual del escritor irlandés.

martes, 12 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MB) ::: UNA PAREJA CASI PERFECTA - Emily Eden




Título original: The Semi-Attached Couple 
Autora: Emily Eden
Editorial: dÉpoca 
Traducción: Susanna González y Blanca Briones
Prólogo: Ana Belén Alonso
Páginas: 312
Fecha publicación original: 1860 (escrita en 1829)
Fecha esta edición: octubre 2019
Encuadernación: cartoné
Precio: 20,90 euros 
Ilustraciones interiores: Ackermann's Repository



Cuando la joven y hermosa Helen Eskdale conoce al soltero más codiciado, el rico aristócrata lord Teviot, ambos caen rendidos ante los encantos del otro y parecen destinados a formar una feliz pareja. No obstante, el periodo de noviazgo es tan corto que no hay tiempo para que los novios puedan conocerse bien. Tras la boda, y a pesar de que se dan todos los requisitos para una unión exitosa, los dos jóvenes se enfrentarán a los celos, el orgullo, los prejuicios y una serie de malentendidos que podrían hacer fracasar su matrimonio.

Teniendo como telón de fondo espectaculares y aristocráticas casas de campo, elegantes cenas, visitas formales e ingeniosos diálogos, la autora esboza una genuina comedia clásica inglesa que nos muestra lo difícil que es adaptarse a la vida matrimonial a pesar de que exista amor entre los cónyuges.

¡Se casaron y fueron felices para siempre!

En Una pareja casi perfecta el final feliz es el comienzo de nuestra historia: la unión de esa criatura casi divina, la hija pequeña de lord y lady Eskdale, "la bellísima Helen, tan dulce, tan alegre, el orgullo de sus progenitores, la amiga mimada de sus hermanas, el ídolo de su hermano, amada por todos con la misma ternura que ella les profesaba", con "lord Teviot, el gran partido del año, con cinco casas de campo ━cuatro más de las que podía utilizar para vivir━, 120.000 libras al año ━30.000 libras menos de las que podía gastar━, con diamantes coleccionados por las diez últimas generaciones de los Teviot, un yate que él mismo ha construido, un título de marqués y el buen aspecto de los hermanos menores más pobres. ¿Qué podía desear si no una esposa?".

Qué mejor inicio para una novela que unir a estos dos seres extraordinarios, tanto en lo divino como en lo material, si el cielo ya los ha predestinado.

En Una pareja casi perfecta, Emily Eden nos cuenta lo que ocurre a lo largo del camino de rosas y espinas que esta pareja debe recorrer para conocerse y acoplarse. En aquella época, el cortejo era un proceso en el que las parejas apenas tenían contacto y los demás eran los que dirigían sus pasos; una pareja llegaba a la convivencia solo con las referencias y las expectativas que otros les habían impuesto.

Esto es más o menos lo que les ocurre a nuestros protagonistas. Helen es la más joven de su familia, mimada por todos ellos y, al mismo tiempo, presionada para no defraudarles; se casa con lord Teviot (el mejor partido de la comarca) un tanto desencantada pues, aunque nuestro buen lord está locamente enamorado de su mujer, este sentimiento lo transforma en una especie de obsesión y pasión que su joven esposa recibe con un agobio cansino que solo provoca dudas y malas interpretaciones.

En esta pareja todo son desencuentros, pues realmente lo que dicen y lo que sienten no coincide la mayoría de las veces, y si a esto se añade que para mejorar su convivencia llenan St. Mary (una de sus cinco casas de campo) de familiares y amigos (reduciendo con ello sus espacios comunes y sus encuentros), al final su relación pasa de lo privado a lo público, y todos los que les rodean de alguna forma participan, aconsejan y los juzgan.

Esta novela fue escrita en 1829, cuando el período Regencia (1811-1820) ya había finalizado, pero se seguían manteniendo las mismas modas, política y cultura. Estamos por tanto en unos años de transición entre la época georgiana y victoriana y, en su novela, Emily Eden nos trae de primera mano un documento donde realiza un retrato perfecto y minucioso de aquellos años a través de un estilo costumbrista e irónico de los escenarios, las distintas ambientaciones, los personajes, sus clases sociales, sus códigos de conducta y la amoralidad disfrazada. Leyéndolo se hace difícil no trasladarse a esos años y a esa sociedad. Y todo contado en tiempo real.

Como buena admiradora de Jane Austen (las dos fueron coetáneas durante algunos años), la autora se inspira en su estilo pero da un paso más allá: ella se imagina qué hay detrás de los finales felices, y escribe una segunda parte llena de enredos y meollos que articulan las distintas tramas que componen el texto. Se agradece que en su caso la admiración no se convierta en imitación, sino que nos regale en cambio una historia que más parece un documento antropológico, donde las descripciones sobre los distintos aspectos físicos se entretejen con las diferentes manifestaciones culturales que forman una comunidad.

Llegados a este punto se puede intuir que el libro ¡ME HA ENCANTADO! Blanco y en botella. Un libro que refleja, admira y homenajea a Jane Austen, y encima está escrito por alguien de la época (solo me queda limpiarme las lágrimas y sonarme los moquillos). 

Con un estilo sencillo, claro y cristalino, manteniendo un ritmo in crescendo en las diferentes tramas que componen la novela, Emily Eden recrea en Una pareja casi perfecta las vivencias de unos personajes redondos y profundos que se mueven de acuerdo a su papel por las distintas sociedades que componen su estatus. En ellas, la ironía y el buen humor inglés se compatibilizan perfectamente con las grandes pasiones, la política y sus campañas y los encuentros y desencuentros que viven nuestros personajes. En la novela tenemos a Helen y lord Teviot envueltos en un coro de voces (unas veces amigas y otras que más bien lo parecen) que manejan los hilos de su vida en común, al tiempo que deben atender y satisfacer a los dueños de las distintas voces... y todo ello sin perder la compostura y la educación según las reglas de la buena vecindad y de la posición social. Es un libro para leer y releer, una sola pasada no es suficiente para conocer y profundizar en todo lo que Emily Eden nos quiere contar.

Y para que esta maravillosa historia sea más perfecta, la Editorial d'Epoca la ha incluido en la colección dElicatessen, y las magníficas ilustraciones de Ackermann´s Repository sumadas a la instruida introducción de Ana Belén Alonso, envuelven una preciosa, mimada y cuidada edición.

Una joya que se disfruta con solo tenerla entre las manos. 




Emily Eden (1797-1869) Renombrada poetisa y novelista inglesa —séptima hija de William Eden, primer barón de Auckland—, célebre en su época por sus agudas descripciones de la vida social y doméstica inglesa en la primera mitad del siglo XIX. Escribió Up the Country, un relato del período que pasó en la India con su familia, y dos exitosas novelas, The Semi-Detached House y The Semi-Attached Couple, traducida ahora como Una pareja casi perfecta.