martes, 12 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MB) ::: UNA PAREJA CASI PERFECTA - Emily Eden




Título original: The Semi-Attached Couple 
Autora: Emily Eden
Editorial: dÉpoca 
Traducción: Susanna González y Blanca Briones
Prólogo: Ana Belén Alonso
Páginas: 312
Fecha publicación original: 1860 (escrita en 1829)
Fecha esta edición: octubre 2019
Encuadernación: cartoné
Precio: 20,90 euros 
Ilustraciones interiores: Ackermann's Repository



Cuando la joven y hermosa Helen Eskdale conoce al soltero más codiciado, el rico aristócrata lord Teviot, ambos caen rendidos ante los encantos del otro y parecen destinados a formar una feliz pareja. No obstante, el periodo de noviazgo es tan corto que no hay tiempo para que los novios puedan conocerse bien. Tras la boda, y a pesar de que se dan todos los requisitos para una unión exitosa, los dos jóvenes se enfrentarán a los celos, el orgullo, los prejuicios y una serie de malentendidos que podrían hacer fracasar su matrimonio.

Teniendo como telón de fondo espectaculares y aristocráticas casas de campo, elegantes cenas, visitas formales e ingeniosos diálogos, la autora esboza una genuina comedia clásica inglesa que nos muestra lo difícil que es adaptarse a la vida matrimonial a pesar de que exista amor entre los cónyuges.

¡Se casaron y fueron felices para siempre!

En Una pareja casi perfecta el final feliz es el comienzo de nuestra historia: la unión de esa criatura casi divina, la hija pequeña de lord y lady Eskdale, "la bellísima Helen, tan dulce, tan alegre, el orgullo de sus progenitores, la amiga mimada de sus hermanas, el ídolo de su hermano, amada por todos con la misma ternura que ella les profesaba", con "lord Teviot, el gran partido del año, con cinco casas de campo ━cuatro más de las que podía utilizar para vivir━, 120.000 libras al año ━30.000 libras menos de las que podía gastar━, con diamantes coleccionados por las diez últimas generaciones de los Teviot, un yate que él mismo ha construido, un título de marqués y el buen aspecto de los hermanos menores más pobres. ¿Qué podía desear si no una esposa?".

Qué mejor inicio para una novela que unir a estos dos seres extraordinarios, tanto en lo divino como en lo material, si el cielo ya los ha predestinado.

En Una pareja casi perfecta, Emily Eden nos cuenta lo que ocurre a lo largo del camino de rosas y espinas que esta pareja debe recorrer para conocerse y acoplarse. En aquella época, el cortejo era un proceso en el que las parejas apenas tenían contacto y los demás eran los que dirigían sus pasos; una pareja llegaba a la convivencia solo con las referencias y las expectativas que otros les habían impuesto.

Esto es más o menos lo que les ocurre a nuestros protagonistas. Helen es la más joven de su familia, mimada por todos ellos y, al mismo tiempo, presionada para no defraudarles; se casa con lord Teviot (el mejor partido de la comarca) un tanto desencantada pues, aunque nuestro buen lord está locamente enamorado de su mujer, este sentimiento lo transforma en una especie de obsesión y pasión que su joven esposa recibe con un agobio cansino que solo provoca dudas y malas interpretaciones.

En esta pareja todo son desencuentros, pues realmente lo que dicen y lo que sienten no coincide la mayoría de las veces, y si a esto se añade que para mejorar su convivencia llenan St. Mary (una de sus cinco casas de campo) de familiares y amigos (reduciendo con ello sus espacios comunes y sus encuentros), al final su relación pasa de lo privado a lo público, y todos los que les rodean de alguna forma participan, aconsejan y los juzgan.

Esta novela fue escrita en 1829, cuando el período Regencia (1811-1820) ya había finalizado, pero se seguían manteniendo las mismas modas, política y cultura. Estamos por tanto en unos años de transición entre la época georgiana y victoriana y, en su novela, Emily Eden nos trae de primera mano un documento donde realiza un retrato perfecto y minucioso de aquellos años a través de un estilo costumbrista e irónico de los escenarios, las distintas ambientaciones, los personajes, sus clases sociales, sus códigos de conducta y la amoralidad disfrazada. Leyéndolo se hace difícil no trasladarse a esos años y a esa sociedad. Y todo contado en tiempo real.

Como buena admiradora de Jane Austen (las dos fueron coetáneas durante algunos años), la autora se inspira en su estilo pero da un paso más allá: ella se imagina qué hay detrás de los finales felices, y escribe una segunda parte llena de enredos y meollos que articulan las distintas tramas que componen el texto. Se agradece que en su caso la admiración no se convierta en imitación, sino que nos regale en cambio una historia que más parece un documento antropológico, donde las descripciones sobre los distintos aspectos físicos se entretejen con las diferentes manifestaciones culturales que forman una comunidad.

Llegados a este punto se puede intuir que el libro ¡ME HA ENCANTADO! Blanco y en botella. Un libro que refleja, admira y homenajea a Jane Austen, y encima está escrito por alguien de la época (solo me queda limpiarme las lágrimas y sonarme los moquillos). 

Con un estilo sencillo, claro y cristalino, manteniendo un ritmo in crescendo en las diferentes tramas que componen la novela, Emily Eden recrea en Una pareja casi perfecta las vivencias de unos personajes redondos y profundos que se mueven de acuerdo a su papel por las distintas sociedades que componen su estatus. En ellas, la ironía y el buen humor inglés se compatibilizan perfectamente con las grandes pasiones, la política y sus campañas y los encuentros y desencuentros que viven nuestros personajes. En la novela tenemos a Helen y lord Teviot envueltos en un coro de voces (unas veces amigas y otras que más bien lo parecen) que manejan los hilos de su vida en común, al tiempo que deben atender y satisfacer a los dueños de las distintas voces... y todo ello sin perder la compostura y la educación según las reglas de la buena vecindad y de la posición social. Es un libro para leer y releer, una sola pasada no es suficiente para conocer y profundizar en todo lo que Emily Eden nos quiere contar.

Y para que esta maravillosa historia sea más perfecta, la Editorial d'Epoca la ha incluido en la colección dElicatessen, y las magníficas ilustraciones de Ackermann´s Repository sumadas a la instruida introducción de Ana Belén Alonso, envuelven una preciosa, mimada y cuidada edición.

Una joya que se disfruta con solo tenerla entre las manos. 




Emily Eden (1797-1869) Renombrada poetisa y novelista inglesa —séptima hija de William Eden, primer barón de Auckland—, célebre en su época por sus agudas descripciones de la vida social y doméstica inglesa en la primera mitad del siglo XIX. Escribió Up the Country, un relato del período que pasó en la India con su familia, y dos exitosas novelas, The Semi-Detached House y The Semi-Attached Couple, traducida ahora como Una pareja casi perfecta.

domingo, 10 de noviembre de 2019

GANADOR ::: EJEMPLAR DE "LA MEMORIA DE LAS OLAS", de Marta Currás

¡Buenos días a todos!

El miércoles acabó el plazo para participar en el sorteo de un ejemplar de La memoria de las olas, de la escritora Marta Currás, así que hoy toca dar el nombre del ganador.



Sin más dilación...


¡Enhorabuena, Paco!

Tienes 72 horas para reclamar tu premio. Mándanos un email a nuestra dirección lasinquilinasdenetherfield@gmail.com, que en cuanto tengamos los datos se los pasamos a Marta para que pueda realizar el envío.

Y no nos queda más que darle a Marta mil gracias por el ejemplar para el sorteo y desearle la mejor de las suertes en su nuevo proyecto :)


¡¡¡¡Por cierto, se acerca el 4º aniversario del blog (¡cómo pasa el tiempo!), así que pronto sorteo a lo grande!!!! 
 

viernes, 8 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MH) ::: PAISAJES ITALIANOS - Edith Wharton




Título original: Italian Backgrounds
Autora: Edith Wharton
Editorial: Guillermo Escolar Editor 
Traducción: María del Carmen Rodríguez Gil
Prólogo y notas: María del Carmen Rodríguez Gil
Páginas: 171
Fecha publicación original: 1905
Fecha esta edición: mayo 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 16,50 euros 
Diseño de cubierta: Javier Suárez



Los largos viajes a Europa, primero con su familia, más tarde con su marido, representan para Edith Wharton una alternativa feliz a la vida rutinaria, embotada social y espiritualmente, de Newport.

Desde muy joven encuentra en Europa los recursos intelectuales idóneos para una sensibilidad artística, literaria y filosófica que decae hasta la depresión, en sentido estricto, cuando su genio tiene que convivir con el día a día burgués de la cotidianidad.

La literatura de viajes de Wharton huye de un fenómeno que ya en su tiempo anunciaba sus rasgos más propios, la profanación que hace el turismo de masas del sentido histórico, estético y cultural de la obra de arte.

Así, estos Paisajes italianos no son una guía de viaje para consumo rápido, esquemático y superficial, de visitantes que saldan sus andanzas por Italia con un “yo estuve allí” que compartir en sus ciudades de origen.

A diferencia de todo ello, las páginas de Wharton son una auténtica crítica de arte, en el sentido moderno de que ofrecen una valoración informada, documentada históricamente, de las piezas pictóricas, escultóricas o arquitectónicas que describe al lector.
Creo que ya lo he dicho muchas veces así que no me repito demasiado: adoro Italia de punta a punta de la bota, he vivido allí, allí volvería a vivir, y me parece un país privilegiado para los que nos gusta viajar y perdernos fuera de rutas turísticas establecidas, porque te metas donde te metas descubres algo que enamora la vista. Así que no se me podía escapar un ensayo con un título tan sugerente como Paisajes italianos, escrito por Edith Wharton (hacía ya tres meses por lo menos que no os hablaba de esta autora, seguro que la echábais de menos xD). 

Para entender este ensayo de viajes, las zonas de Italia en que se adentra y el modo en que está escrito, creo que primero hay que conocer algunas cosas a la autora. Edith Wharton era de muy buena familia, sus padres tenían mucho dinero, y volcaban esa prosperidad monetaria en viajes que a veces duraban años por el continente europeo, y que luego continuaron tras casarse. Por esta razón Wharton estuvo en contacto con el Viejo Mundo en general, e Italia en particular, desde que fue muy pequeña. A eso se sumaba que era una mujer extremadamente inteligente, con muchas inquietudes intelecturales y artísticas, y que su sensibilidad por la belleza en sí misma, por la naturaleza y por cualquier manifestación de arte, rayaba en una precisión en el detalle y una comunión con lo que sus ojos observaban que en negro sobre blanco se manifestaban con una prosa poética, exquisita, profusa y detallada en grado sumo. Por otro lado, tantas visitas a lo largo de toda su vida favorecieron que, una vez conocidos los lugares, ciudades y monumentos famosos, esos que todo turista visita, pudiera adentrarse en otra Italia, la que no aparece en las guías y que esconde tesoros maravillosos para el visitante avezado que decida salirse de la rutina. Esa es la Italia que vamos a conocer en Paisajes italianos.

Así pues, que nadie espere que Wharton nos lleve a Venecia, Roma o Florencia, por poner algunos ejemplos de grandes ciudades, salvo para comentar alguna cosa puntual, como el caso de un Presepio de terracota esmaltada que se encuentra en el Museo Nazionale del Bargello de Florencia, perteneciente a la escuela de della Robbia y que allí sigue, cien años después, porque yo misma lo he visto en persona y lo recordé al instante cuando se puso a describirlo (qué ilusión hacen estas cosas... xD). El caso es que lo que hace Wharton es contarnos precisamente sus excursiones desde estas grandes ciudades hacia destinos muy poco transitados por el turista común.
Marzo es, en algunos aspectos, el mes más exquisito del año en Italia. Es el mes de las transiciones y las sorpresas, de las vehementes lloviznas intermitentes acompañadas de un corazón dorado de luz de solar, de campos desnudos invadidos durante la noche por las flores de los árboles frutales y setos vivos que brotan de forma tan repentina como las flores del bastón de Tannhäuser. Es el mes en el que el viajero del norte, receloso de la prometida clemencia de los cielos italianos y con la amargura del invierno aún en los huesos, al encontrarse con un terreno de prímulas bajo riberas deshojadas o con la continua llama de los tulipanes a lo largo de las acequias de un huerto de olivos, aprende que Italia es Italia, después de todo, y se abraza al pensamiento del negro marzo más allá de los montes.
Así, partiendo de los Alpes, en la frontera entre los valles suizos e Italia para remarcar el contraste que supone un mero cruce de fronteras en cuanto a cultura y riqueza paisajística se refiere ("puede perdonársele a un lugar que se encuentra a más de cuatro mil kilómetros de Italia que no sea italiano, pero que aquella aldea en la misma frontera permaneciese tan imperturbable e inamoviblemente helvética era una constante fuente de exasperación. Incluso el propio paisaje había desaprovechado su oportunidad"), ponemos pie en tierras italianas y nos perdemos en esos sitios que no aparecerán en ninguna guía de viaje que se precie. Junto a Wharton visitamos muchos lugares de peregrinación y santuarios en los Alpes peninos, como la iglesia de la Madonna di Tirano (en la Valtelina) o la ermita de San Vivaldo, famosa por su serie de grupos de terracotas y que para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos de la narración porque no la conocía pese a estar en la misma Toscana (se remonta al siglo XIV, y alrededor de la ermita comenzaron a construirse iglesias y capillas llegando a formar casi un complejo de edificios que más parece un pequeño pueblo que otra cosa). La pintoresca aldea de Chiavenna, el puerto de Lovere, Tirano ("una de esas ignoradas ciudades sobre las que no se ha historiado, y que reservan para el ojo observador un tesoro de discretas impresiones"), Brescia, Andorno, Oropa, Varallo... También visitamos alguna ciudad más grande, como Parma, pero a modo de reinvindicación de los tesoros que esconde, pues la autora cree que la aparente simplicidad y la ausencia de lo superlativo minimiza su encanto a ojos del visitante, y por ello defiende que hay que esforzarse por conocerla y perderse en ella.

No me voy a adentrar detalladamente en la ruta narrada por Wharton porque es definida en grado sumo y en cierto modo debe descubrirla el lector. Pero no esperéis un relato de viajes convencional, superficial y somero, de esos que se quedan solo en lo evidente y que apenas describen lo que salta a la vista sin adentrarse realmente, de verdad, en lo que se halla ante los ojos. No, Wharton realiza un recorrido exhaustivo, pormenorizado y descriptivo hasta el detalle de todo lo que abarcan sus ojos a lo largo y ancho del paisaje que tiene delante. Y cuando a esa naturaleza se unen la arquitectura, la escultura o la pintura, se adentra también en ellas de un modo casi doctoral analizando sus peculiaridades, historia y circunstancias de tal modo que denota un profundo (profesional, diría yo) conocimiento del arte italiano, ya sea renacentista o posrenacentista. Estamos por tanto ante un ensayo de viajes en el que no solo encontramos una narrativa descriptiva de una riqueza profusa (y a veces hasta apabullante en su exuberancia) en lo que a naturaleza y paisajes se refiere, sino que la autora da toda una muestra de su faceta crítica al adentrarse en el terreno de la historia del arte en todas sus variantes demostrando que sus inquietudes, sus estudios y su formación iban mucho más allá de lo que la simple curiosidad e interés por aprender y conocer exigen.
La frontera, que cruza tierras bajas con sus granjas de tejas rojas y sus huertos de moreras, se eleva gradualmente hasta una región de susurrante verdor. Torrentes de montaña fluyen entre las orillas flanqueadas por alisos, bueyes blancos dormitan entre los setos de acacias y en los huertos de almendros y cerezos las vides tienden sus virgilianas guirnaldas de un floreciente árbol a otro. Esta tierra pastoral se despliega en dirección al oeste hacia los Alpes grayos en forma de ondulante y verde mar; pero hacia el norte se convierte de forma abrupa en la cumbre contra la que se eleva la hilera de casas que compone el esbozo de Biella. 
Los párrafos que os he ido enseñando dan buena muestra de lo que se puede encontrar en el libro narrativamente hablando. Y os voy a ser muy sincera, como siempre. Yo adoro la prosa de Edith Wharton, creo que he dado pruebas suficientes de ello en el blog porque la traigo cada pocos meses, pero sé que es una autora que a algunos lectores se les atraganta un poco y su estilo narrativo se les hace cuesta arriba (sobre todo en sus novelas). Por eso cuando reseño nouvelles o relatos os digo que os animéis con ellos porque merecen mucho la pena y la lectura es fluida y muy amena. Paisajes italianos está en otra liga, es un ensayo crítico en toda regla redactado con una prosa agradable, casi bella, pero florida y para algunos gustos lectores imagino que excesiva. El ensayo en sí mismo es fantástico, el recorrido que muestra es de esos que te llaman a coger el libro y seguirlo al pie de la letra y, en definitiva, leer a Wharton siempre es un placer por muchos motivos. Pero también es verdad que la narración es de esas que te obligan a leer un capítulo al día; la pormenorización descriptiva es de esas que piden al lector que pare la lectura para asimilar todo lo leído y darse un respiro. 

Paisajes italianos no es un libro que se lea de una sentada a pesar de sus escasas 170 páginas. Al contrario, le exige al lector esfuerzo y mucha atención e interiorización de lo que está leyendo si no quiere cometer el error de leer por leer. Yo lo he disfrutado mucho, paso a paso, buscando los lugares de los que hablaba, las iglesias que nombraba, tal pintura, tal edificio, tal plaza... leía un capítulo y paraba, y si tenía que releer un párrafo porque sentía que había perdido el contenido informativo en el continente profuso, lo releía. Os doy el aviso sobre el estilo en que está escrito porque debo hacerlo, porque sé que no será del gusto de todo el mundo y porque sé que no todos los lectores están interesados en depositar tanto esfuerzo en un libro, pero para aquellos que sí lo estén y quieran viajar por una Italia desconocida, en la que cada particularidad del paisaje tiene su lugar en la visión conjunta que la autora percibe en el camino, visión que despliega a lo largo de las páginas con belleza, conocimiento y sabiduría... que no lo dejen pasar. Lo cerrarán deseando poner rumbo a Italia e intentar mirar el mundo como ella lo hacía.

Por cierto, no puedo despedirme sin nombrar, porque bien se lo merece, a la traductora del ensayo, María del Carmen Rodríguez Gil. Un trabajo simplemente maravilloso de un texto enormemente complicado que no pierde en la traslación ni un ápice de su complejidad ni de su exquisitez y belleza. Un placer.






Edith Wharton (Edith Newbold Jones, de soltera) nació en 1863 en Nueva York, en el seno de una familia de la alta burguesía. Pasó gran parte de su infancia en Europa, primero en París y luego Alemania y Florencia. Desde pequeña dio muestras de una inteligencia e imaginación excepcionales. De adolescente escribió poemas y en 1877 un cuento: «Fast and Loose». Con 23 años se casó con Edward Wharton, doce años mayor que ella, con quien no compartía ningún interés intelectual ni artístico (acabó divorciándose en 1913). En 1891 apareció su primer relato, «Mrs Manstey’s View» en el Scribner’s Magazine, donde se recogerían regularmente sus textos. En 1897 publicaría The Decoration of Houses, en colaboración con su amigo el arquitecto Ogden Codman, que tuvo un éxito inmediato. En 1902, se instala en The Mount, la casa que los Wharton habían construido en Lenox, pero pronto regresará a Europa, y en 1903 conocerá en Inglaterra a su «queridísimo maestro» Henry James, con quien mantendrá una gran amistad hasta la muerte de éste en 1916. En 1905 aparece La casa de la alegría; en 1907, se instala en París, y ya nunca abandonaría su querida Francia. Durante la Primera Guerra mundial fundó los American Hostels for Refugees, por lo que fue condecorada con la Legión de Honor. En 1920, La edad de la inocencia obtiene el Premio Pullitzer. En 1923 se convirtió en la primera mujer doctor honoris causa por la Universidad de Yale. El 11 de agosto de 1937 padeció una crisis cardíaca que le causó la muerte. Sus restos reposan en el cementerio de Versalles. Su última novela, inacabada, The Buccaners, se publicó póstumamente en 1938.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

RESEÑA (by MB) ::: EL ÚLTIMO SECRETO DE LOS DEVERILL - Santa Montefiore





Título original: The Last Secret of the Deverills
Autora: Santa Montefiore
Editorial: Titania 
Traducción: Victoria E. Horrillo 
Páginas: 416
Fecha esta edición: octubre 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 21 euros 
Diseño de cubierta: Luis Tinoco



Estamos en 1939 y los nubarrones de la II Guerra Mundial se ciernen sobre Europa. En Irlanda muchas cosas han cambiado y una nueva generación de la familia Deverill se halla a punto de desplegar las alas. 

Bridie Doyle ha dejado atrás sus orígenes humildes y es ahora condesa di Marcantonio y dueña del castillo de Deverill. Su felicidad, sin embargo, corre peligro cuando se pone en duda la identidad de su marido, cuyas continuas infidelidades son un secreto a voces. 

Muy cerca de allí vive la antigua amiga de Bridie, Kitty Deverill, junto a su devoto marido, Robert. La vida de Kitty da un vuelco con el regreso inesperado de Jack O’Leary, su gran amor, al que nunca ha olvidado. Pero ¿habrá entregado Jack su corazón a otra? 

Martha Wallace llega a Dublín con la esperanza de conocer a su madre biológica. Tras ver frustrados sus intentos de encontrarla, conoce por casualidad con JP Deverill, el vástago de los Deverill, y todo cambia para ella.
 

Vidas que se entrelazan y secretos desvelados: la cautivadora historia de la familia Deverill alcanza así su dramático y emocionante desenlace. Tercera y última novela de “Crónicas de los Deverill”.

     ⏤Como todos los Deverill. Dime, Kitty, ¿cómo lo hacéis?
     Ella suspiró y pensó en las muchas ocasiones a lo largo de su vida en que había tenido que levantarse del suelo, sacudirse el polvo y seguir adelante.
En El último secreto de los Deverill, Santa Montefiore nos trae la tercera entrega de la trilogía Las crónicas de Deverill, cuya saga se completa con las dos novelas anteriores: Canciones de amor y guerra y Las hijas del castillo Deverill. En ella conocemos a una familia irlandesa de origen inglés que se estableció en las antiguas tierras de los O'Leary, y nos invita a sumergirnos y a recorrer las vidas y las muertes de los habitantes a lo largo de sucesivas generaciones de este afamado castillo, situado en las verdes colinas de Irlanda. Sabremos de sus infancias y juventudes, de las relaciones que los envuelven y los enlazan, y de todo el amor, celos, amistad y rencores que emergen de sus vidas, todo situado en el contexto histórico de las épocas en que les ha tocado vivir.

De los dos primeros libros no comentaré nada, pues lo mejor que se puede hacer es leerlos y disfrutarlos. Mi opinión se basará y se concentrará en El último secreto de los Deverill, donde la autora cierra las vidas de aquellos que protagonizaron los dos libros anteriores.

Estamos en 1939. Tenemos a una tranquila y casada Kitty Deverill; a Bridie Doyle, la hija de la cocinera, que ha vuelto a Irlanda como la condesa di Marcantonio, dueña y castellana del castillo Deverill; y a Jack O'Leary que, después de un largo periplo por Nueva York y Buenos Aires, también regresa a Irlanda, casado y con hijos. Todos han vuelto a Ballinakelly ocupando lugares diferentes y distintos a los que por clase parece que les corresponde. De alguna manera estos tres personajes, ya maduros y calmados, aceptan el destino que les ha tocado, pero otra cosa es que su pueblo, las gentes que los conocen, acepten sus circunstancias.

En esta novela romántico-histórica vemos que, a pesar de todo lo pasado, de los rencores y las grandes ofensas, los protagonistas intentan seguir adelante. Como dice Kitty, "se levantan y se sacuden el polvo", porque esa es la manera y forma que conocen para sobrevivir y que la familia pueda convertirse en estirpe, en una saga. Y lo que se ve en este libro es que aquellos que no lo hacen, que se entregan a su destino sin luchar, poco a poco van desapareciendo y se diluyen en el final de sus vidas para simplemente dejarse morir.

Lo que les unió y separó a lo largo de sus vidas sigue latente y, cuando despierta, los efectos se amplifican, salpicando también a sus descendientes. Al final son parte de su esencia, influyendo y direccionando sus distintas reacciones y relaciones. En la mayoría de los personajes el perdón no viene acompañado del olvido, por lo que no dejan de reactivarse los viejos amores y los viejos rencores, influenciando a aquellos que vienen detrás. Esta entrega llega para cerrar los temas y las tramas que han sucedido en los libros anteriores, y para mostrar cómo a lo largo de los años sus personajes han evolucionado para recalar otra vez en su tierra, Ballinakelly, donde los ausentes llegan para reencontrarse con sus raíces y sus ancestros y donde, a pesar de sus pasados entrelazados, cada uno ocupará su espacio con una disimulada y frágil calma.

Paralelamente conocemos la historia de sus cachorros, los hijos de los anteriores. Sabremos de JP Deverill, un joven atractivo y romántico de orígenes oscuros al que no se le ha contado toda la verdad, y que se enamora de Martha Wallace, norteamericana adoptada que busca a sus padres en Ballinakelly. Los dos llegan a conocerse y a enamorarse, emergiendo en el proceso secretos enterrados. Cuando los mayores toman conciencia de la situación ponen fin a la relación imposible, tal y como siempre han hecho. Entonces llega la Segunda Guerra Mundial y JP se alista como piloto de la RAF, mientras que Martha vuelve a América con su familia adoptiva. Viviremos la guerra desde el avión de combate del joven Daverill y a través de las cartas que escribe a su hermana y a Alana, la hija de Jack O'Leary

A lo anterior se suma la parte mágica de la historia, representada por los fantasmas de los Daverill, que siguen recorriendo el castillo gracias a la maldición de la última O'Leary que ocupó esas tierras.

Con lenguaje claro, sencillo y un estilo muy bonito para un romance épico, Santa Montefiore nos cuenta que, a pesar del peso del pasado, la vida sigue fluyendo para aquellos que no se rinden a sus circunstancias, para los que las aceptan y para los que creen que se las merecen. Ellos crearán nuevas oportunidades y podrán decir que siguen viviendo. Por el contrario, aquellos que viven de sus recuerdos y se dejan llevar por ellos, simplemente languidecerán y morirán.

Mi recomendación con esta trilogía es que no la comencéis in extremo rex, como he hecho yo. Aunque tiene su encanto viajar desde el final al principio, en este caso solo conocemos el final perdiendo la fuerza y la gracia de unos personajes cuyas vidas parecen de lo más interesantes. Por mi parte, en este punto solo me queda recorrer el camino de vuelta (algo que sin duda haré), pues los Darevill ya forman parte de mi literatura romántica.

 A mi padre








Santa Montefiore nació en Inglaterra en 1970 y creció en una granja en Hampshire. Ha escrito varias  novelas que han sido traducidas a más de veinticinco idiomas y se venden en  todo el mundo, entre ellas las exitosas A la sombra del ombú y La golondrina y el colibrí, publicadas por Umbriel. Vive en Londres con su marido, el historiador Simon Sebag-Montefiore, y sus dos hijos.

lunes, 4 de noviembre de 2019

RESEÑA COMBO (by MH) ::: EL COLECCIONISTA - John Fowles




Título original: The collector  
Autor: John Fowles
Editorial: Sexto Piso
Traducción: Andrés Barba 
Páginas: 300
Fecha publicación original: 1963
Fecha esta edición (2ª): abril 2018
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 19,90 euros
Ilustración de cubierta: Shannon Freshwater
Frederick Clegg es un hombre solitario y anodino que colecciona mariposas. Miranda Grey es una radiante e inteligente niña bien que estudia arte en Londres. Frederick, que admira a Miranda pero es incapaz de abordarla con normalidad, la secuestra y la aloja con todas las comodidades en un sótano en su propiedad, una trampa perfecta acondicionada como una jaula de oro. Fowles recrea un intenso duelo psicológico donde captor y prisionera intercambian papeles con refinamiento y crueldad, cada cual defendiendo sus propios objetivos: Miranda desea recuperar su libertad, Frederick quiere ser aceptado como un igual por el objeto de su obsesión. El resultado es una novela magistral que, haciendo gala de un engranaje tan milimétrico como febril, ha sido leída por cientos de miles de lectores.

La editorial Sexto Piso reeditó el año pasado este clásico moderno (lo publicaron en su primera edición allá por 2011) y en cuanto lo vi en mi librería me hice con él, que ya sabéis que me gusta irme hacia atrás y leer esos libros pioneros cuyos parámetros sentaron las bases para mucho de lo que leemos hoy en día. El libro esperó pacientemente su turno en la estantería y este verano por fin me adentré en sus páginas. Os cuento.

Frederick Clegg es un joven peculiar, asocial, que apenas tiene relación con nadie salvo con su tía y su prima, con las que vive desde que sus padres murieron cuando él era niño, y que aparte de su trabajo como funcionario, solo se interesa por su colección de mariposas... bueno, y por Miranda, una hermosa muchacha estudiante de Arte a la que solo conoce de vista, con la que jamás ha hablado, pero que ocupa cada uno de sus pensamientos. Cree que si Miranda se molestara en conocerlo se daría cuenta que están hechos el uno para el otro, pero en cierto modo sabe que Miranda está en otra liga y lo acepta; se conforma con observarla, seguirla, o con entrar en las mismas cafeterías y pubs que ella entra y estar a unos pocos metros mientras ella disfruta de la compañía de sus amistades. Desea, anhela, sueña e imagina, pero no cruza límites. Hasta que un día le sonríe la fortuna monetaria y empieza a ver luz en el oscuro túnel: ahora tiene los medios para forzar ese encuentro, tiene la capacidad adquisitiva para crear un escenario en el que Miranda pueda conocerle y enamorarse de él tanto como él lo está de ella... que Miranda se adentre en ese escenario de manera voluntaria o no es indiferente. El dinero da a Frederick la oportunidad de pasar del deseo al hecho, del pensamiento al acto, y cuando secuestra a Miranda y se la lleva al búnker que ha decorado, amueblado, equipado y dispuesto en su honor, piensa que el comienzo de su relación será un camino de rosas... y está muy equivocado porque se le ha pasado por alto algo muy evidente: que no conoce a Miranda. No la conoce nada en absoluto.

No creáis que os he destripado la historia porque esto es solo el planteamiento. Se sabe desde la sinopsis que Frederick secuestra a Miranda porque eso no es lo importante, lo importante es lo que sucede a continuación. A partir del secuestro es donde realmente comienza la trama: cuando empieza la lucha de voluntades entre ellos, secuestrador y secuestrada... cuando empieza el juego del gato y el ratón y ambos roles saltan de un personaje a otro una y otra vez. Y es que os decía arriba que esta historia fue pionera en el momento de su publicación hace ya casi 60 años. ¿En qué fue pionera? En lo que hoy llamamos thriller psicológico, aunque vistas las múltiples, variadas y a veces surrealistas derivaciones que ha tenido este género, seguramente aquel que se acerque a esta novela con la mentalidad del lector actual y pensando en lo que hoy se considera thriller psicológico, se llevará un chasco. Y, sin embargo, es una joya. De las que relucen, de las que te hacen devorar el libro. Y la trama es mucho más moderna de lo que pueda parecer por el año en que fue publicada.

La novela está dividida en tres partes. En la primera Frederick nos cuenta en primera persona su versión de cómo ocurre todo, y para ello nos da unas pinceladas de su vida hasta el momento en que gana las quinielas y decide que, ya que es rico, puede hacer muchas cosas que antes serían impensables: una de esas cosas es poder comprar una casa y habilitarla para tener a alguien secuestrado en su interior. Ese alguien es Miranda, una joven estudiante de Arte con la que jamás ha hablado pero con la que está obsesionado. ¿Su plan? Obviamente secuestrarla, y conseguir con el tiempo que deje de verle como a su secuestrador, le conozca y se enamore de él. Para eso la colma de caprichos y de atenciones (es su manera de que el secuestro no parezca "tan" secuestro y de tenerla contenta... según él) y deja pasar el tiempo, a ver si todo discurre como él cree que debe discurrir.

La segunda parte es el diario de Miranda durante su cautiverio. Gracias a esos caprichos que os comento arriba y que Frederick le concede, Miranda consigue tener papel en el que ir escribiendo un diario secreto donde contar el día a día de su secuestro, lo que le pasa por la cabeza, lo que opina sobre Frederick, sus miedos iniciales (cree que tiene motivación sexual), cómo todo va derivando en algo totalmente distinto, su percepción sobre la gente que ha dejado fuera, si hubiese hecho algunas cosas de manera distinta de haber sabido lo que le iba a pasar... Así conocemos a una Miranda en las Antípodas del ideal recatado, sumiso y tontorrón que había imaginado Frederick, y precisamente en esa discordancia entre lo que él esperaba de Miranda y lo que realmente es Miranda, radica la lucha de voluntades en la que se convierte todo este cautiverio.

En la tercera parte, la más breve porque es la que da conclusión a la historia, volvemos a Frederick, que es el que da un final a la historia... o algo así. No os puedo decir más sobre esta parte, pero ese final, que en realidad no lo es, resulta tan genial desde el punto de vista literario como desasosegante desde el punto de vista moral.

Esta fue la primera novela publicada por Fowles (¿os sorprende que os diga esto? xD) y tanto el modo de plantearla como la estructura que escogió resultaron totalmente innovadores en su momento. Y hasta esa tercera parte en la que todo queda claro, Fowles juega con el lector, que obviamente tiene claro en la cabeza lo que está pasando, lo que está bien y lo que está mal, pero al mismo tiempo, al leer de primera mano al secuestrador durante toda la primera parte, atraviesa un paraje de ambigüedad que en realidad dista mucho de ser cierto. Es como si el lector quisiera transitar por un camino en medio del bosque y el autor le cogiera del brazo e intentara que cogiese ese otro sendero estrecho sin señalizar que se esconde entre los árboles. El lector no hace ni caso al autor y sigue por su camino, pero siente su mano sobre el brazo durante toda la lectura.
 
Sí que es cierto que la segunda parte, la narrada por Miranda, es más lenta, más ardua de leer por repetitiva en cuanto a los pensamientos que ella plasma sobre el papel, que se repiten una y otra vez en ciertas ocasiones, pero es que precisamente ahí radica su autenticidad, su realismo. ¿No os parece natural que una mujer secuestrada durante semanas, meses, cuya única ocupación sea la de pensar y darle vueltas a la cabeza, se enroque y reincida en pensamientos y reflexiones que le preocupan y se aferre a ellas una y otra vez? Es lo que hacemos en situaciones de estrés de la vida diaria, pensar las cosas más de lo necesario, así que imaginaos en una situación como un secuestro y la presión psicológica que eso conlleva... realmente es lo único que se puede hacer: pensar. Así que sí, el diario de Miranda es algo más pesado que la narración de Frederick, pero creo que el autor da en el clavo al plantearlo de esa manera.

Ese diario, por cierto, esconde una de las claves de este secuestro. Porque cuando leemos a Frederick leemos a un hombre que intenta todo el rato justificarse por sus acciones y cuyo eje gira alrededor de la mujer que tiene secuestrada, de la que no consigue lo que quiere y sobre la que comienza a descargar su frustración. Pero el diario de Miranda es otro mundo, un mundo mucho más complejo, en el que, dejando aparte sus reiteraciones sobre lo que ha dejado fuera, sobre lo que le gustaría hacer y ya no sabe si podrá, descubrimos a una mujer de clase acomodada, clasista, intelectual y muy inteligente (mucho más que su secuestrador), culta, formada y versada en el mundo. Y, a lo largo del secuestro, Miranda casi termina por despreciar más a Frederick por no estar a su altura, por no saber darle conversación, por no saber de arte, de literatura, de música, de política... que por su rol de secuestrador. Y este desprecio que es general por los que no han tenido las mismas oportunidades que ella, por aquellos que son inferiores en inteligencia, la sensación de superioridad desde la que observa el mundo, son parte importante de la trama, porque Miranda es la víctima pero no por ello busca agradar al lector, no se le otorga el rol de víctima que da pena sin más (que hubiese sido lo más fácil), y ese es otro de los senderos poco transitados por los que el autor quiere llevarnos.

Tanto la novela como su adaptación cinematográfica (de la que os hablo abajo) fueron muy polémicas en su día porque, por desgracia, se convirtieron en ideario de cabecera de varios psicópatas, secuestradores y asesinos en serie a lo largo de varias décadas, que argumentaban que esta historia había sido la inspiración para sus crímenes. Sobre esto no voy a entrar, hay mucha información en internet sobre ello si os interesa, pero os lo nombro aquí para que os hagáis una idea de la importancia, relevancia y fama que tuvo en su día El coleccionista.

No os puedo decir más que es un muy buen libro tanto en el planteamiento como en la ejecución, y que todo aquel que guste del suspense y/o el thriller psicólogico debería leerlo para conocer los orígenes del género. Dejando a un lado las alusiones a la época y el avance tecnológico sufrido en las últimas décadas que obviamente está ausente en esta novela, la historia, la complejidad de los personajes y la relación entre ellos bien podrían formar parte de una historia actual.






Título original: The collector
Año: 1965
Duración: 119 minutos
País: Reino Unido
Director: William Wyler
Guión: Stanley Mann, John Kohn
Basada en una historia de: John Fowles

Reparto: Terence Stamp, Samantha Eggar, Mona Washbourne, Maurice Dallimore, Edina Ronay, Kenneth More



     
Freddie Clegg, un empleado del Banco de Londres, es un hombre introvertido y triste que se dedica a coleccionar mariposas. Su vida cambia bruscamente cuando le toca la lotería, pues entonces decide secuestrar a Miranda Grey, una joven estudiante de arte por la que se siente atraído desde hace tiempo. Compra una casa en las afueras de Londres y retiene a la chica en el sótano un mes. Durante ese tiempo afloran en los dos personajes sentimientos encontrados.





Leí el libro este verano, y he retrasado tanto esta entrada porque estaba empeñada en hacer una reseña combo y no encontraba el momento para ver la película. Por fin he podido sentarme dos horas a verla (bueno, mentira... dos ratos de una hora, lo de dos horas seguidas sentada viendo una película hay épocas de mi vida que me parece ciencia-ficción), así que os cuento brevemente.

Se nota mucho, muchísimo, que detrás de las cámaras está un grande como William Wyler (a quien siempre le estaré eternamente agradecida por películas como Carrie, La loba o la Cumbres borrascosas de Laurie Olivier), quien cuando rodó esta película en 1965 estaba considerado como uno de los tres mejores directores de Hollywood  (de hecho fue de las últimas películas que rodó, se retiró cinco años después). Estrenada solo dos años después de publicarse el libro, es una muy buena película donde todo el peso recae sobre los dos actores principales, Terence Stamp y Samantha Eggar, porque salvo una aparición de escasos 2 o 3 minutos, ellos son los únicos que aparecen en pantalla durante las dos horas... y se la comen. Están espléndidos.

La película en su inicio no se anda con rodeos ni con monólogos del secuestrador. Con solo un par de escenas nos ubica a Frederick y cómo es su rutina, lo insignificante que se siente, lo solitario que es, su amor por las mariposas y al grano, el secuestro. A partir de aquí es muy fiel al libro en lo que se refiere al avance de la relación entre estos dos, al tira y afloja constante entre ellos, a los intentos de escapada de ella, a la desconfianza de él, etc... lo dicho, fiel, todas las escenas importantes están en la película, sabe cuando recortar sin que la historia se resienta... con un par de excepciones.

Una es algo que resulta imposible de trasladar a la pantalla, y es la voz narradora. En el libro conocemos los puntos de vista de ambos en todo momento porque ellos son los narradores de sus propias historias. Eso (salvo una voz en off que aparece al principio y otra al final) no puede adaptarse al cine, y por tanto se queda en el camino una complejidad en los personajes que, aunque bien tratada en pantalla, no llega ni de lejos a la profundidad de la novela. La otra es Miranda... a mí me ha dado la sensación viendo la película de que tuvieron miedo de trasladar la Miranda literaria a la cinematográfica porque, precisamente al no poder plasmar en la pantalla todo lo que se le pasa por la cabeza (tal y como sucede en el libro), corrían el peligro de que el espectador no conectase con la víctima... como si la víctima fuese a parecer menos víctima si no resultaba agradable al espectador. Así que vemos mucho del complejo de inferioridad de Frederick, pero nada de los desprecios y desmanes de Miranda (y repito, al tomar esa decisión le restaron complejidad al personaje, lo que es una pena).

En cualquier caso, y dejando aparte cosas menores como estas (ya sabéis que siempre intento comparar libro y peli más que dar una opinión sobre la peli en sí misma, y siempre me quedo con la sensacion de que la literatura tiene menos prejuicios que el cine, ya sean adaptaciones de hace años como actuales), el guión mantiene el final del libro (¡gracias!) y sus actores hacen un trabajo fantástico, aunque fue Samantha Eggar la que se llevó de entre los dos el mayor reconocimiento por su personaje (y perdonadme la superficialidad, pero qué rematadamente guapo era Terence Stamp en aquella época... demasiado guapo para el papel y lo que representa, diría yo).

Muy recomendable si no la habéis visto todavía :)



John Fowles (Leigh-on-Sea, 1926 - Dorset, 2005) es uno de los escritores británicos más importantes del siglo XX. Estudió en la Bedford School y en la Universidad de Oxford. Fue profesor de inglés en Francia, Grecia e Inglaterra, y desde 1963 se dedicó exclusivamente a escribir. Su producción literaria comprende poemarios, ensayos, adaptaciones teatrales, relatos y sobre todo novelas, que le valieron un amplio prestigio internacional. Entre ellas destacan El coleccionista (1963), La mujer del teniente francés (1981) y El mago (1965).