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jueves, 24 de marzo de 2022

RESEÑA (by MH) ::: EL DÍA DE LA LANGOSTA - Nathanael West


 

Título original: The Day of the Locust
Autor: Nathanael West
Editorial: Hermida Editores
Traducción: José Luis Piquero
Páginas: 182
Fecha publicación original: 1939
Fecha esta edición: enero 2022
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 18 euros
Ilustración de portada: Eva Vázquez

 

 

 

Tod Hackett es artista y ha llegado a Hollywood para trabajar en los estudios como diseñador de vestuario, mientras sueña con pintar su obra maestra, La quema de Los Ángeles. Faye Greener busca triunfar como actriz y entre tanto se vende a quién pueda pagar un precio no muy elevado. Homer Simpson, abúlico y sin un objetivo en la vida, vino por motivos de salud y se limita a existir y a consumirse de amor por Faye. Earle y Miguel son vaqueros sin trabajo, viven en una chabola y organizan peleas de gallos. Adore Loomis, típico niño repelente al que su madre arrastra de casting en casting, ejerce con entusiasmo de típico niño repelente. Todos estos personajes y algunos más conviven en el Hollywood hortera y soleado de los años 30, siempre al margen del éxito, siempre en medio de la insatisfacción, configurando un pequeño universo de deseos frustrados y ambiciones engañadas en el centro mismo de la fábrica de los sueños de cartón piedra.
 
Quien más quien menos ha oído hablar de la Generación Perdida, esa que acuñó Ernest Hemingway como término para referirse a toda la generación que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial con la mochila llena de traumas, desilusiones y sueños rotos. Hoy en día es un concepto principalmente literario en el que, aparte del propio Hemingway, se encuadran reputadísimos autores como Francis Scott Fitzgerald, John Steinbeck, William Faulkner, T.S. Eliot, Gertrude Stein... y otros que no son tan conocidos por estos lares pero que en la literatura norteamericana sí tienen su nombre escrito en letras de oro. Un claro ejemplo es Nathanael West, autor de El día de la langosta, inédita hasta ahora en castellano y que, sin embargo, ha aparecido a lo largo del tiempo en varias listas que la incluyen entre las cien mejores novelas escrita en inglés de todos los tiempos.
 
¿Y qué tenemos en el El día de la langosta? Pues a un grupo de personajes de esos que te gustaría tener muy (muy) lejos en la vida real viendo la vida pasar en el Hollywood que no aparece en las películas (ni en las películas sobre las películas) en un momento indeterminado posterior al crack de 1929. Es decir, personajes muy perdidos, baqueteados, grotescos y deleznables durante la Gran Depresión norteamericana sobreviviendo en el mundillo que mejor conocía su autor: el de la trastienda sucia, árida, desesperada y descarnada de la meca del cine. Os lo estoy pintando crudo, ¿no? Es que me da que West no estaba para tonterías cuando escribió esta novela. Estos personajes no fueron creados para gustar, ni para buscar la empatía del lector ni para brillar entre las bambalinas de unas páginas que van directas al corazón de la podredumbre y el fracaso del sueño americano... nop, son unos personajes odiosos que hacen cosas odiosas y se comportan de manera odiosa desde el principio hasta el final. Y quien no es odioso acaba mordiendo el polvo porque no es capaz de soportar la presión. Así son las cosas y así se las hemos contado. Pero dejadme que os hable brevemente de ellos para ponernos en situación.

Tenemos al que podríamos llamar protagonista, Tod Hackett, cuyas idas, venidas e interacciones suelen ser las ventanas por las que accedemos a las distintas escenas que se nos narran. Todd lleva tres meses en Hollywood, es pintor y eso hace en su casa, pintar, aunque se gana el sueldo principalmente trabajando como diseñador de vestuario. El cuadro en el que trabaja en el momento en que transcurre la historia se llama La quema de Los Ángeles (¡póngame una de alegorías, por favor!), y la mujer desnuda que corre en él tiene su alter ego de carne y hueso: Faye Greener, aspirante a actriz que no pasa de extra. Todd está obsesionado con Faye, se dedica a perseguirla durante toda la novela, y como ella pasa de su estampa, le rondan pensamientos de violación recurrentes (tal cual). El caso es que Faye tiene otro interés amoroso: el cowboy Earle Shoop, que trabaja muy de vez en cuando en pelis de vaqueros y el resto del tiempo gorronea a quien puede. Este cowboy tiene un colega llamado Miguel, que cuando no está embelesado con sus gallos de pelea embelesa a Faye con sus bailes sensuales. Y luego tenemos a Homer Simpson, un pobre hombre (por llamarlo de alguna manera) enamorado (¡también!) de Faye pero mucho más inofensivo, sensible, dañado y vulnerable... carne de cañón para toda esta panda de buitres. Y Faye está a verlas venir con todos ellos y con lo que se tercie, porque de actriz le sale poco trabajo, pero practica en la vida real cada minuto del día. Y así nos ha quedado una troupe la mar de estupenda paseando por las calles hollywoodienses, esas calles donde, en palabras del propio Todd, deambula esa gente que ha acudido a California a morir, zombis que caminan sin rumbo fijo, que observan como si de una película en tiempo real se tratase a los que sí sobreviven y pelean por cumplir su sueño y que al final, fracasados, no rezuman más que odio.

Inciso antes de continuar... al parecer el Homer Simpson de esta novela fue inspiración del Homer Simpson amarillo con dos pelos en la calva que todos conocemos... imagino que será el Homer muy, muy primerizo de la serie, porque me cuesta asociar al Homer animado más conocido con el Homer de la novela. Pero tampoco soy de las que se han visto treinta y cinco veces cada capítulo de Los Simpson, así que a saber.

Sigo. Nathanael West es el segundo guionista de la época dorada de Hollywood que os traigo en poco tiempo. El otro fue Daniel Fuchs con sus Historias de Hollywood, y aunque ambos tratan temas similares, la forma de abordarlos, de exponerlos y de usarlos para contar sus historias son diametralmente opuestas. Fuchs no solo fue feliz en Los Ángeles, sino que siempre estuvo muy agradecido a un mundo que le permitó vivir con holgura, criar a sus hijos de manera segura y sana y vivir una vida cómoda que de otro modo jamás hubiese estado a su alcance... pero eso no quiere decir que no fuera consciente de lo que le rodeaba. Por eso separó su narrativa en dos vertientes: la de no ficción, en la que hablaba de sus experiencias personales, y la de ficción, en la que se sumergía en ese mundo de egos destruidos, inocencias interrumpidas, expectativas insatisfechas y carreras sin fondo contra el olvido y el desgaste emocional. Esta segunda vertiente es la que Nathanael West aborda en El día de la langosta, pero mientras que a Fuchs se le escapaba la empatía, la indulgencia y una cierta querencia por unos personajes rotos que muchas veces imploraban un abrazo más que un desprecio, West no tiene compasión alguna con sus personajes. No la tiene.
 
Lo que hace West es coger su entorno, donde él vivía, de lo que dependía para comer, y machacarlo. Cuando nos habla de los propios estudios de Hollywood y nos escenifica como se rueda una película (la que sea) lo hace desde la sátira, la burla y la ridiculización de lo mal que se hacían muchas veces las cosas. Cuando deja a ese Hollywood en el centro y se va alejando de él como si de una espiral se tratase, nos lleva hasta lo más mísero de la ciudad que se creó a su alrededor, nos traslada hasta las colinas que lo rodean, y nos narra episodios de violencia, lujuria, turbiedad, sangre o maltrato animal sin despeinarse, y lo sientes mucho más real que toda la parafernalia del celuloide privilegiado al que todos estos personajes intentan aferrarse cual moscas. Esa langosta del título no se refiere al crustáceo, sino al insecto que aparece varias veces en la Biblia en forma de plaga, y cuando se lee el libro, donde la desolación, la aridez, el agostamiento y la destrucción real y metafórica pululan a sus anchas a lo largo de todas y cada una de sus páginas, se entiende por completo la elección. Porque eso es la novela: desdicha, nostalgia, crueldad, soledad, fracaso y un vagar sin rumbo de miradas perdidas donde todos se aferran a todos como si fueran un salvavidas pinchado.
 
En definitiva, yo he disfrutado mucho de la lectura de El día de la langosta, tanto por la temática (me encanta leer sobre el lado mísero de los focos rutilantes) como por el estilo, que es crudo, directo y nada complaciente. Y no he hablado del final porque no puedo, pero lo dicho un poco más arriba, entre alegorías anda el juego. Eso sí, ya para recomendar me hago a un lado, que cada cual saque sus conclusiones con lo dicho hasta ahora. Para mí es una lectura imprescindible para entender la realidad de una época donde no hacía siquiera falta rascar para que saliera la mugre... la miseria estaba a la orden del día, se acudía allí donde se pensaba que las cosas irían mejor para encontrarse más de lo mismo solo que viendo a otros brillar desde la barrera. Así que sálvese quien pueda y la ética y la integridad si eso las dejamos para otro día.
Muchas de las cosas que se narran en esta novela están basadas en experiencias reales vividas por el propio autor, y esa indigencia moral y material que supura toda la novela es la indigencia moral y material que se respiraba en la Norteamérica de los años 30. Esta historia no se podía contar con personajes de buen corazón, necesitaba de protagonistas que lo dieran todo ante el lector sin hipocresías ni actuaciones de cara a la galería, que te resultaran antipáticos y hasta repulsivos y que no te desilusionasen cuando tomaran decisiones muy cuestionables.
 
Por cierto, antes de terminar, una curiosidad. Francis Scott Fitzgerald murió el 21 de diciembre de 1940 de un ataque al corazón. Solo un día después, Nathanael West fallecía en la carretera junto a su mujer tras un accidente de tráfico (se saltó un stop). Fitzgerald y West amigos íntimos, y las leyendas hollywoodienses, que tanto gustan del drama y momentos para la posteridad, cuentan que West estaba tan destrozado por la muerte de su amigo que iba medio trastornado al volante de ese coche y que esa fue la causa del despiste que provocó el accidente mortal... que queda muy trágico y tal, pero teniendo en cuenta que al parecer era un conductor espantoso y que daba miedo subirse con él a un coche, digo yo que sería más bien un cúmulo de circunstancias, aunque suene menos melodramático. Pero la leyenda persiste y, en realidad, a saber si es verdad o no... el caso es que se fueron los dos al tiempo, uno siendo ya muy, muy famoso en vida; el otro, siendo más bien desconocido hasta después de su muerte y pasándolo mal económicamente, como tantos otros de su época... como tantos de sus personajes.



Nathanael West (1903-1940) es uno de los autores a los que suele encuadrarse en la mítica «Generación Perdida», junto a Ernest Hemigway, Gertrude Stein o Francis Scott Fitzgerald. Autor de novelas como Miss Lonelyhearts o A cool million, trabajó como guionista en Hollywood, un mundo que reflejó en obras como El día de la langosta. Su prematura muerte en un accidente de coche, sin haber alcanzado en vida el éxito como novelista, no impidió que su obra se revalorizase con el tiempo, inspirando a autores como Saul Bellow o Vladimir Nabokov. El poeta W. H. Auden acuñó el término «la enfermedad de West» para referirse a la pobreza espiritual del ser humano perdido en una sociedad despiadada y carente de valores.

jueves, 5 de agosto de 2021

RESEÑA (by MH) ::: EL CASO DEL SEÑOR CRUMP - Ludwig Lewisohn


 
Título original: Le cas de Monsieur Crump
Autor: Ludwig Lewisohn
Editorial: Hermida
Traducción: Martha Lucía Pulido
Páginas: 412
Fecha publicación original: 1926
Fecha esta edición: junio 2021
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 25 euros
Imagen de cubierta: Jeunne homme au piano (Gustave Caillebotte)




En Estados Unidos, durante la Belle Époque, Herbert Crump, un joven e inocente académico y músico culto de origen alemán, decide dejar a su familia para conquistar Nueva York. Tras una aventura sexual con Anne, una mujer madura, casada, manipuladora y experimentada adicta al sexo, ésta consigue atraparlo en el matrimonio y amenazar su ingenua y virtuosa vida.

La aventura matrimonial pondrá de manifiesto las diferentes concepciones del mundo de los protagonistas, que oscilan entre el arte y la vulgaridad materialista de la vida, así como la hipocresía de las convenciones sociales del modo de vida puritano que impera en América.

Publicada en 1926, fue rechazada por todos los editores estadounidenses, que sólo vieron en la obra la provocación y el escándalo, como lo haría treinta años después Lolita de Nabokov.


Ya sabéis mi pasión por
los clásicos desconocidos y rescatados, así que no os extrañará mi interés por El caso del señor Crump, una de las publicaciones más recientes de la editorial Hermida que además me venía de perlas para mi reto de clásicos. Y es que esta novela de Ludwig Lewisohn fue rechazada en 1926 por todos los editores estadounidenses, que se negaron a publicarla y, por tanto, prohibieron su publicación en  Estados Unidos durante muchos años. Lewisohn tuvo que irse a Francia para publicar por primera vez su libro, y posteriormente apareció en Alemania con un prefacio de Thomas Mann (ahí es nada). Hasta Freud dio su visto bueno a la novela (a la que tildó de obra maestra), lo que no deja de tener su aquel dada la complejidad psicológica del personaje femenino de la historia (lo que hubiese dado el bueno de Sigmund por tener a una mujer así en su diván). A Estados Unidos no llegó hasta dos décadas después, en 1947, y ni siquiera se atrevieron con la versión íntegra; los americanos leyeron la versión mutilada y retocada en aquellos pasajes considerados indecorosos y vergonzantes.
 
De todos modos, no sé si la alusión en la sinopsis de la editorial al escándalo de la Lolita de Nabokov puede despistar a algunos lectores que piensen que esta novela va por los mismos derroteros en cuanto a trama e historia y que sus protagonistas son una preadolescente y un hombre ya maduro. Tengo que dejar claro que no es el caso, que esta historia no tiene nada que ver argumentalmente con Lolita, y que la comparación alude simplemente (¡nada menos!) a la crítica frontal y sin paliativos a la sociedad y moral estadounidenses de la época.
 
Herbert y Anne son los dos protagonistas principales de El caso del señor Crump, y conocemos someramente la vida de ambos hasta que sus destinos quedan fatalmente entrelazados. Herbert Crump pertenece a una familia de músicos de origen alemán. Él también se dedica a la música, pero el enorme apego que siente por sus padres le impide echar a volar y cruzar el charco para formarse en Europa. Permanece en su país y eso hace que sus inicios como músico estén llenos de favores, clases particulares y pequeños pasos. En uno de estos impases se enamora de una joven cantante, que le rompe el corazón. En este momento frágil, perdido y de baja autoestima conoce a Anne Vilas, una mujer casada con tres hijos y veinte años mayor que él (aunque reconoce muchos menos) que le adula, le hace sentirse interesante e importante y pronto lo arrastra a una relación clandestina en la que el sexo prevalece sobre cualquier otra cuestión. Herbert sabe que no ama a Anne, pero ella está decidida a divorciarse y casarse con él a toda costa, y usa lo que sabe que más daño puede hacerle: el amor que siente por sus padres. Le tiende una trampa emocional de la que Herbert no puede escapar si no quiere ser la ruina social de sus progenitores, y este es el comienzo del fin: un matrimonio infernal que el propio Herbert define en cierto momento como una verdadera prostitución en la que él está totalmente esclavizado y a merced de su esposa.
 
Y todo esto que os he dicho no es nada, absolutamente nada, comparado con las escenas y diálogos que contiene este libro. Cuando comienzas a leer, antes de que tenga lugar este matrimonio, y empiezas a encontrarte abortos voluntarios, hombres que salen de camas de niñas, alusiones a masturbaciones en mujeres adolescentes, adolescentes que se prostituyen, padres que intentan abusar de sus hijas, mujeres adictas al sexo, hijos bastardos, relaciones sin matrimonio de por medio... crees que estás leyendo el motivo para el rechazo que sufrió este libro en suelo americano apenas comenzada la década de los años 20. Pero no, nada que ver. O al menos tiene muy poco que ver. La razón principal explota en la cara cuando Anne empieza a asomar la patita y a dejarnos ver el tipo de persona que es, el tipo de existencia que planea para Herbert y como el cinismo de la sociedad le va a permitir salirse con la suya. Y no será porque el propio Herbert no nos pone sobre aviso al comienzo del libro, pero el lector no se espera lo que viene, el extenuante vía crucis emocional de su personaje enredado en una tela de araña tan densa que resulta imposible respirar a través de ella.

Quizás para entender lo que quería contar Lewisohn habría que irse al mismo final, porque supone un zarpazo en toda regla a la sociedad americana, su hipocresía moral, la ausencia de presunción de inocencia y unas leyes que tildaban de inmoralidad y destrucción del hogar estadounidense todo aquello que hiciera tambalear la pantomima de ideal de vida americano que habían convertido en su eslogan permanente. La verdad era lo de menos; la realidad era lo de menos; las personas eran lo de menos. El manejo de la opinión pública lo regía todo. Y tampoco creo que hayan cambiado demasiado las cosas: vemos todos los días como se pisotea en los medios de comunicación a cualquier personaje semipúblico que saque un pie fuera del tiesto, y como la audiencia ávida de miserias ajenas se lo pasa pipa con el escarnio... pero ese es otro tema.
Anne, honestamente pienso que eres la bruja de corazón más negro que existe en el mundo entero.
Tiene que transcurrir casi todo el libro para que Herbert le dedique estas palabras a su esposa, y aun así se quedan enormemente cortas después de haber leído cientos de páginas de tortura emocional por parte de esta mujer hacia un marido que peca de pusilánime y que paga durante toda su vida un error de juicio y la falta de carácter propia de la juventud. Resulta inevitable caminar durante toda la novela al lado de Herbert, un hombre humillado, sometido, ninguneado, extorsionado y oprimido por su mujer y por los hijos de esta durante años... y aunque entiendes las razones que le mantienen ahí (que empiezan siendo de tipo familiar y acaban siendo de tipo profesional para evitar escándalos cuando comienza a ser un músico reconocido), sufres como lector y desearías que se dejase de tanto remilgo y huyese como alma que lleva el diablo, ¡y al carajo con la estrecha y farisaica sociedad que protege al mismísimo demonio! Porque eso es Anne, una mujer pérfida carente de vergüenza, empatía y escrúpulos. Quiere a Herbert para ella sola, lo aparta de su familia, lo arruina económicamente, lo chantajea emocionalmente, lo degrada profesionalmente, lo humilla en reuniones sociales en cuanto no recibe su ración de sexo y tergiversa constantemente la verdad creando una leyenda en torno a ella y su relación con Herbert que nada tiene que ver con la realidad. ¿Y quién va a poner en duda a una mujer tan aparentemente devota de sus hijos y su marido?
Qué extraño. De veras siente ternura por mí, pero la existencia de ese sentimiento depende de que yo esté aquí, que sea su objeto, su cosa, su esclavo, su prisionero, fusionado con su familia, sirviendo sus intereses; depende también de la exclusión de mis padres, de la exclusión de mi arte excepto como medio impersonal de traer comida, de la exclusión de mis amigos, de mis intereses, de mis ocupaciones fuera de estos muros. Funciona con los instintos más primitivos de la esposa y madre animal hacia su macho. Si fuera joven y la madre de mis hijos, ese comportamiento sería lo suficiente malo, irritante y aplastante. Considerando su edad y Bronson, Luella y Eileen Vilas, es grotesco, una verdadera caricatura de la vida de familia.
Herbert busca una salida a esta prisión a través de su pasión, la música, y resulta curiosa la manera en la que el autor plantea este tema dentro de la novela. Asumiendo el relato como si fuese una biografía novelada de un personaje real, va introduciendo las obras que Herbert compone a lo largo de su vida, la situación personal en la que vive cuando surgen en su cabeza, si son un éxito, si no lo son, donde las presenta, por cuáles sigue siendo recordado... Además del Herbert Crump personaje crea al Herbert Crump compositor, y a veces tienes que recordarte que de nada te va a servir buscar tal o cual composición en internet, porque no la vas a encontrar.
 
Resulta complicado transmitir el tono de la novela sin desvelar demasiado, y creedme si os digo que lo que os he contado apenas roza la superficie del agujero negro que es este matrimonio desigual e infeliz en el que Herbert intenta abrir puertas, una detrás de otra, que Anne tiene cerradas con llaves lanzadas hace tiempo al mar. El caso del señor Crump es una muy buena novela (una propuesta políticamente incorrecta incluso en nuestros días, yo diría que hasta arriesgada por parte de la editorial en los tiempos que corren) que se devora por lo bien planteada que está la trama, por unos personajes complejos que no dejan indiferente al lector y porque no puedes dejar de leer para averiguar en qué termina todo. El matrimonio, la familia, el instinto sexual, el arte, los misterios de la vida, la infidelidad, las malas decisiones, la ausencia de carácter, la crueldad, el maltrato psicológico dentro del matrimonio, la degradación moral... son muchos los aspectos sobre los que reflexiona una narración que, aun sin ser en primera persona, se adentra constantemente en la cabeza de Herbert, lo que nos permite ser testigos de ese abanico mental por el que transcurre su existencia, una existencia que mastica su juventud y sus sueños y vomita una resignación gris y derrotada que choca frontalmente con el optimismo de color de rosa de la sociedad usamericana. No es de extrañar que no le perdonasen a Lewisohn que mostrase la otra cara de la moneda, esa que es oscura, depravada y feroz, y donde pasan cosas malas, vaya por Dios. ¿El final? Habrá a quien no le guste, pero yo lo he esperado durante toda la novela; no me imaginaba otro.
 



Ludwig Lewisohn (Berlín, 1882-Miami, 1955) fue novelista, traductor, editor y crítico. Nace en el seno de una familia judía que se traslada a Charleston, South Carolina, cuando él tiene 7 años. En 1924 se instala en París, donde se publicará en inglés su obra Crump, censurada en Estados Unidos. En 1934, ante la ascensión del nazismo en Europa, regresa a los Estados Unidos con el proyecto de mantener viva la cultura judía; es un momento de intensa correspondencia con Thomas Mann. A pesar de la censura de la que sus obras son objeto, es nombrado profesor de Literatura en Brandeis University (Boston), donde continuará hasta su muerte su intensa actividad de traductor del francés y del alemán al inglés. Escribió prefacios para sus traducciones en los que presenta su posición profesional. Entre sus obras, las novelas Crump (1926) y Stephen Scott (1930) se caracterizan por lo que Ludwig Lewisohn llama «disociación imaginativa»: una especie de ausencia momentánea que se convierte en estrategia de carácter proustiano y que, junto a las referencias musicales constantes, marcan el estilo característico del autor. Vale la pena mencionar la obra biográfica en dos volúmenes Goethe, the Story of a Man (1949), que Lewisohn va tejiendo a partir de traducciones de cartas y documentos de sus contemporáneos escritos en alemán, pues su estrategia afirma la traducción literaria como una actividad que sobrepasa los límites de lo lingüístico y de lo estilístico.

domingo, 31 de julio de 2016

RESEÑA (by MH) ::: LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVIENTES - John Russo




Título original:  Night of the living dead
Autor: John Russo 
Editorial: Hermida Editores
Traducción: Hernán Sabaté 
Prólogo: George A. Romer
Páginas: 193
Fecha publicación original: 197
Fecha esta edición: febrero de 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 17,90 euros
Ilustración de cubierta:  Sebastián Cabrol


(Lectura válida para el MES TEMÁTICO DE HUMOR Y FANTASÍA organizado por Laky en su blog, Libros que hay que leer)

Publicamos la novela basada en la película del mismo título, estrenada en 1968 y rodada en blanco y negro, que originó uno de los fenómenos más impactantes de la moderna cultura popular: los zombis, muertos que se levantan de sus tumbas y atacan a los vivos. Su autor, John Russo, quien escribió el guión de la película, relató magistralmente el clima de tensión que se inicia con la aparición del primer muerto viviente en un cementerio de Pensilvania, la atmósfera claustrofóbica y la sensación de catástrofe de proporciones casi cósmicas. 

No sé si le pasará a todo el mundo, pero aunque en verano leo bastante más, también me cuesta mucho más sentarme delante del ordenador a escribir las reseñas. Hace tanto calor que intento encenderlo lo menos posible, y así me pasa, que tengo montones de reseñas pendientes de escribir. Y lo que me da miedo no es el trabajo pendiente, sino que se me olvide todo lo quiero decir sobre ellos.

Tal es el retraso, que tengo pendiente de reseña al menos 3 libros que podría meter dentro del mes temático de HUMOR y FANTASÍA en el que participamos en julio, y teniendo en cuenta que estamos a 31, pues dos se van a quedar sin poder ser incluidos. Y encima esta reseña va in extremis.

El caso es que cuando leí todo aquello que podía incluirse dentro de la categoría de fantasía, y vi la palabra zombie, supe que había llegado el momento de sacar hueco para un libro que compré hace meses y que todavía no había podido leer. Compré La noche de los muertos vivientes básicamente por la mítica película de 1968, dirigida por George A. Romero y guionizada tanto por él como por John Russo, autor del libro que hoy nos ocupa. Y es que esta novela sigue el camino contrario en cuanto a la relación habitual entre el cine y la literatura: en este caso, primero fue la película, y luego, varios años después, llegó la adaptación novelada del guión de esa película.

Creo (estoy segura, vamos) que no soy la única que suele protestar ante ciertas adaptaciones al cine o la televisión de muchas novelas. Por muy buena que sea la película o serie, por muy detallista o bien ambientada que esté, por muy bien perfilados que estén los personajes y bien escogidos los actores que les dan vida... el libro siempre es mejor. Y esto lo dice una cinéfila compulsiva. Pero es que también soy una lectora compulsiva, y en esta "guerra de compulsiones", las adaptaciones cinematográficas siempre tienen las de perder. Y suelto todo este rollo porque íncluso en este caso, en el que la novela de Russo no es el origen sino la consecuencia de una película, y que por tanto parte de unos cimientos que no son los literarios y el orden es el inverso... incluso en este caso, como iba diciendo, la novela supera con creces, con luces de neón, a la película a partir de la cual cobra vida. Es que admito que he intentado volver a ver la película después de haber leído el libro, y ya nada es lo mismo. Se me queda corta. He echado constantemente en falta muchos de los detalles que el libro ofrece, sobre todo en lo relacionado con los personajes. Y tengo que admitir que tengo esta peli en mi dvdteca desde hace años (soy tan ecléctica en gustos literarios como en cinéfilos. Tengo de todo y me gusta de todo, como en botica), y por tanto no es una peli que no conociese o que no me gustase... pero ha sido leer el libro y ser consciente de todas esas deficiencias que tienen las adaptaciones cinematográficas a la hora de dar vida a una novela. Aunque en este caso el orden sea el contrario, repito, al final siempre gana la literatura.

Hay que dejar claro desde el principio que sí, que a pesar del intenso y extenuante estudio sociológico del que ha sido objeto esta historia como exponente de la naturaleza humana, no deja de ser, al fin y al cabo, una historia sobre zombies, así que a quien no le gusten las historias un tanto truculentas, pues mejor ni acercarse, porque tanto la novela como el libro son muy explícitos en cuanto a esos detallines de comer carne humana, desmembrar, y tal... Pero a quien le guste el género del terror, quien disfrute leyendo clásicos del género, debe leer este libro, porque la historia que nos narra Russo es el origen de todo ese mundo zombi que, sobre todo desde hace dos décadas, está llenando salas de cine y sentando a muchos delante de la televisión o de la pantalla de un ordenador. Aquella noche de finales de los años 60 en la que los muertos se levantaron de sus tumbas y caminaron en pos de carne fresca que llevarse a la boca fue el comienzo de todo un género que después ha llegado a ser de culto y que también ha enraizado en la literatura. Y esta adaptación novelada de Russo sobre su propio guión era necesaria e imprescindible en castellano para los amantes del género. Treinta años hemos tenido que esperar hasta que Hermida se ha hecho cargo de su edición.

Hoy en día estamos tan saturados de ver zombies de todo tipo, condición y origen en cine, televisión y literatura, que muchas veces nos olvidamos de cómo eran hace cincuenta años, cuando vinieron al mundo. Por aquel entonces eran torpes y lentos, pero también empecinados y constantes. Pacientes, capaces de acechar a su víctima a la espera de circunstancias mejores, pero brutales cuando conseguían a su presa. Carecían de intelecto, de un desarrollo del pensamiento, pero hacían gala de un proceso de causa-efecto en algunas de sus acciones (eran perfectamente capaces de coger una piedra grande y hacer uso de ella, por poner un ejemplo). Con el transcurrir de los años y la variación de sus incontables versiones, los hemos visto aumentar de velocidad hasta correr como liebres, pero también les hemos visto perder mucha de esa paciencia y perseverancia, y tampoco llevan bien eso de usar objetos que no sean sus propios dientes y manos. En cierto modo, y sin generalizar, el zombie ha involucionado desde que Russo y Romero le dieron vida. Son mas rápidos, sí, pero han perdido ciertas características humanas que en su origen atesoraban. Los hemos deshumanizado, y ahí es donde comenzaron a alejarse de su versión original. Los muertos vivientes de Romero y Russo tenían también mucho, muchísimo, de humanos. Y eso era mucho más aterrador que verlos correr como conejos.

Pero una vez que comienzas a leer la novela, te das cuenta que lo de menos son esos muertos vivientes, o el por qué se han alzado de sus tumbas, o qué les hace comportarse como se comportan (supuestamente es una sonda dirigida a Venus que ha caído en el mar... una explicación como otra cualquiera). Ellos ya no tienen control sobre sus acciones. Quienes importan son quienes sí las tienen y cómo hacen uso de ellas: los supervivientes, los que luchan en este Apocalipsis necrófago contra esas cosas muertas... ellos son lo que interesa de esta historia. Y ahí es donde la novela le gana por goleada a la película. Estamos dentro de la mente de todos ellos, los conocemos más, somos testigos de sus miedos, decisiones, reflexiones e inquietudes; o de la ausencia de todo ello cuando la mente se niega a procesar algo que no entiende. La película no va tan lejos... no puede. Es muy difícil transmitir visualmente todo el curso de pensamientos de Ben, por poner un ejemplo; ser conscientes de todo aquello que le mueve. Y por eso la novela mejora a la película; somos testigos de la historia de unos cuantos supervivientes, de cómo se enfrentan a sus atacantes, y lo hacemos de una manera pausada pero constante e intensa, como un relato objetivo y minucioso de los hechos que poco a poco, in crescendo, va subiendo en tono y magnitud, tanto fuera como dentro de la casa, hasta llegar a un final despiadado que no concede tregua ni absolución alguna a la raza humana... la que está viva, me refiero. La que realmente importa.

Tanto Russo como Romero han negado siempre la crítica social así como el componente racial. En el componente racial les creo: Ben, el protagonista, es negro, pero es algo que ni define ni condiciona a su personaje nada en absoluto. Es negro porque lo es y punto. El color de su piel es totalmente intrascendente en su historia personal y en su participación en la historia. Ahora, en la crítica social y humana dudo mucho más que no fuese algo intencional, porque está latente casi desde el principio. Y si no fue premeditado, si no era su propósito, desde luego más redondo no les podía haber quedado. La raza humana no queda bien parada; esa brutalidad, ese egoísmo y esa debilidad no tienen excusa. Y el desamparo que sufrimos de manos de los que deben protegernos cuando llega la hora de las vacas flacas y tienen que demostrarlo, menos. 

Entiendo que muchos lectores a los que no les guste la temática hagan gestos de repelús con solo pensar en leer un libro así. Pues dejadme deciros que os perderíais una muy buena historia; hay que ver más allá de los zombies. Ellos lo mueven todo, lo dinamitan todo, son la razón de existir de esta novela... pero la esencia de la historia es cómo nos enfrentaríamos a ellos. Con quién. A quién dejaríamos fuera. Si nos comportaríamos como entes individuales o como parte de una sociedad, de un grupo. Si nos movería el egoísmo o el sálvese quien pueda. Si seríamos civilizados o nuestro comportamiento sería más propio de los seres a los que nos enfrentásemos. Si seríamos humanos o monstruos.

La noche de los muertos vivientes, a decir verdad, invita a no albergar muchas esperanzas.


John A. Russo (1939), acreditado a veces como Jack Russo o John Russo, es un guionista y director de cine estadounidense que se hizo célebre a raíz de la película de terror de La noche de los muertos vivientes, que en 1968 dirigió George A. Romero, y en la que participó como guionista.
Además de guionista de la película, ha dirigido tres películas: The Majorettes, Midnight y Santa Claws.
Ha realizado varios papeles diversos como actor, y además es a la vez escritor de varios libros publicados en inglés, de los que les ofrecemos el más famoso escrito hasta la fecha. 


Miss Hurst