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viernes, 5 de noviembre de 2021
Y EL LIBRO COMIENZA ASÍ... #36+37 ::: SEPTIEMBRE + OCTUBRE 2021
lunes, 4 de octubre de 2021
RESEÑA (by MH) ::: EL PAGARÉ - Francis Scott Fitzgerald
Fecha esta edición: septiembre 2021
Ilustración de cubierta: Seth, para The New Yorker (edición del 20 de marzo de 2017)
El pagaré es un relato inédito de Francis Scott Fitzgerald escrito allá por 1920 pero descubierto en 2012 y publicado por The New Yorker en 2017. Al parecer la intención de Fitzgerald era que fuese publicado en Harper's Bazaar pero nunca llegó a enviar el manuscrito. Al menos esto es lo que reza la sinopsis, pero claro, a mí me surgían muchas preguntas que no se explican ahí: ¿dónde fue hallado el relato? ¿Cómo sabían que era de Fitzgerald? ¿Cómo sabían dónde quería publicarlo? ¿Cómo sabían que nunca lo mandó? Y me he puesto a indagar, y ya que lo he averiguado os lo cuento y así no lo tenéis que buscar vosotros :)
Resulta (resultaba) que Fitzgerald escribió El pagaré a finales de la primavera de 1920, cuando apenas tenía 23 años, a petición de Henry Blackman Sell, editor de Harper's Bazaar. A pesar de su juventud Fitzgerald ya estaba empezando a saborear las mieles de la fama (ya había publicado su primer libro, A este lado del paraíso), y de ahí que recibiese encargos de este tipo y fuera ya muy conocido dentro del mundillo literario. El caso es que lo escribió y lo dejó en la oficina que Harold Ober, su agente, tenía en Nueva York, recordándole que era el relato que le habían pedido los de Harper's Bazaar. Ya en julio el propio Ober (el agente) lo envió al Saturday Evening Post, pero Fitzgerald le pidió que se lo devolviese porque quería revisarlo. Ober recuperó el manuscrito, le envió el texto escrito a máquina a Fitzgerald... y nunca más se supo, porque el autor estaba totalmente inmerso en la escritura de su novela Hermosos y malditos (que publicaría en 1922) y se olvidó del relato. El pagaré permaneció en manos de los administradores del legado de Fitzgerald hasta que fue redescubierto y vendido a la Biblioteca Beinecke (de libros raros y manuscritos) de la Universidad de Yale en 2012. Finalmente apareció publicado junto a otros muchos relatos y cuentos inéditos del autor, en una antología publicada en 2017 llamada I'd Die For You: And Other Lost Stories.
Dicho esto, el relato está narrado por un editor que no quiere darnos su nombre y que nos confiesa que, obviamente, él tiene que alimentar a su familia y que más vale libro malo que venda mucho que libro bueno que no venda un carajo. Nos habla de la nueva sensación de su editorial, el doctor Harden, investigador de fenómenos paranormales que dice haberse comunicado con su sobrino muerto y que ha plasmado su experiencia en un libro, La aristocracia del mundo espiritual. La primera edición consta de trescientos mil ejemplares, se vende como churros, y el editor decide atar en corto al escritor para otros cinco años. Cuando se dirige en tren a la localidad donde vive el doctor Harden es cuando cambia todo... No, no os he dicho nada, todo esto ocurre en las primeras cinco páginas del relato. A partir de ahí es cuando ya no se puede (no se debe) abrir el pico.
Todos los columnistas y comunistas -nunca he logrado entender ninguna de esas dos palabras con claridad- despotrican de mí porque dicen que lo único que me importa es el dinero. Es verdad, me importa muchísimo. Mi mujer lo necesita y mis hijos no dejan de gastarlo. Si me ofrecieran todo el dinero que hay en Nueva York, no lo rechazaría. Prefiero sacar un libro con una preventa de quinientos mil ejemplares antes que descubrir a un Samuel Butler, un Theodore Dreiser y un James Branch Cabell en el mismo año. A ustedes les pasaría lo mismo si fueran editores.
La edición no está ilustrada en su interior, pero la ilustración de la cubierta (obra de Seth, dibujante canadiense) es la original de marzo de 2017 que usó The New Yorker cuando publicó el relato. Si sois como yo, coleccionista de libros clásicos sobre libros, librerías, escritores, editores, editoriales, bibliotecas, etc... El pagaré es una magnífica adquisición. Pero es que además el relato merece mucho la pena, se lee con una sonrisa perenne (sobre todo en la primera mitad), y es una muestra más del Fitzgerald escritor que ya ofrecía destellos de genio varios años antes de su Gatsby (el Fitzgerald ser bumano es otro tema que no se debate aquí). Encantada estoy con mi regalo y muy agradecida :)
miércoles, 15 de noviembre de 2017
RESEÑA (by MH) ::: LA MUERTE DE LA MARIPOSA (Zelda y Francis Scott Fitzgerald) - Pietro Citati
Título original: La morte della farfalla
Autor: Pietro Citati
Editorial: Gatopardo
Traducción: Teresa Clavel
Diseño de cubierta: Rosa Lladó
Si pensáis en una biografía normal, os vendrán a la cabeza un número variable de páginas, pero nunca menos de unas cientos. La muerte de la mariposa consta de cien, solo cien, y podría decirse que incluye tres biografías, nada menos: la del escritor Francis Scott Fitzgerald por un lado, la de su esposa Zelda por otro, y la de la vida de ambos en común. Haceos una idea de la economía, precisión, maestría, y casi genialidad, que requiere el uso de las palabras por parte del biógrafo, porque no puede desperdiciar ni una sola de ellas. Y eso mismo hace Pietro Citati. Es lo primero que leo de este autor, y me he quedado con muchas ganas de repetir.
La muerte de la mariposa se adentra en la relación de una pareja que aunque aquí nos resulte más lejana, en círculos literarios y hollywoodienses dio y sigue dando mucho que hablar (se ha llegado a hacer alguna serie de televisión sobre el tema). Aun así, tal y como digo, para entender lo que llegaron a ser estas dos personas juntas y ese extraño vínculo que los unía, Citati se esfuerza incansablemente durante todas las páginas en hacernos comprender a Francis y a Zelda como entes individuales, ya muy complejos de por sí, que arrastraban muchos demonios internos que, juntos como pareja, y a pesar de lo mucho que se amaron, fueron incapaces de contener. Más bien lo contrario.
Acerca de esa historia de amor, no estoy seguro de nada. Como le dijo Jozan a Nancy Milford, los Fitzgerald eran ambos mitómanos y mentirosos: "Aquel par necesitaba el drama, los dos lo inventaban y tal vez eran víctimas de su inestable y un tanto morbosa imaginación".Citati describe a Scott Fitzgerald como un hombre vanidoso (aunque no orgulloso), que buscaba por encima de todas las cosas gustar. Tenía ansias de gloria, quería el éxito. Y ese querer gustar a toda costa acabó convirtiéndose en una obsesión para él. No tenía confianza en sí mismo, no se respetaba... se le define como un mitómano incurable, al igual que Balzac, que soñaba con un futuro lleno de triunfos pero vivía un presente lleno de sombras. Fitzgerald era, en sí mismo, una grieta.
Zelda Sayre era todo lo contrario, no presentaba fisuras. Lírica, enigmática, extraña, artificiosa, extravagante, vivía en su propio mundo de color y nada ni nadie le daba miedo. Toda la confianza que le faltaba a Francis le sobraba a ella, se consideraba por encima de los demás, se mostraba egoísta, confundía a los hombres que la cortejaban, interpretaba un papel... era como la reina de las mariposas que intentas cazar al vuelo y se te escapa una y otra vez entre las manos. Zelda era más fuerte que Fitzgerald. Siempre buscó un hombre más fuerte que ella, y nunca lo encontró.
Se conocieron en 1918 y se casaron en Nueva York en 1920. Vivieron para amar y ser amados, eran derrochadores, despilfarradores... brillaban como se brillaba en aquella época, con luces de neón. Pero llegó un momento en que, en ese matrimonio, acabaron siendo cuatro: Francis, Zelda, el alcohol y la esquizofrenia. La enfermedad mental de Zelda, latente desde la infancia, explotó cuando se obsesionó, a los 27 años, con convertirse en una bailarina de éxito, una Pavlova. Comenzó a torturarse con repetir los movimientos una y otra vez hasta la extenuación, se infringía castigos corporales buscando la perfección, y la esquizofrenia, hasta entonces agazapada, encontró vía libre para manifestarse.
Fitzgerald siempre se consideró culpable de la enfermedad de su esposa; su alcoholismo alejó a Zelda, la empujó hacia el abismo, y Zelda acabó convirtiéndose en una ciudad fantasma que vivió su vida a partir de entonces saliendo y entrando de clínicas, hundiéndose y resurgiendo de intentos de suicidio, escondiéndose tras falsas curas. Y Fitzgerald bebía, bebía, bebía, porque era la única manera en que podía sobrevivir a su complejo de inferioridad, el único modo que conocía para despertar sentimientos en los demás, para que se preocupasen por él... bebía porque era lo único que sabía hacer bien aparte de escribir.
Al principio de la reseña os decía que en La muerte de la mariposa se condensaban tres biografías en una. No es del todo cierto. Son realmente cuatro las biografías que incluye (o tres biografías y una bibliografía, si hay que ser ajustada), porque la obra de Fitzgerald acapara su particular número de páginas, su correspondiente vivisección y su inevitable protagonismo. Suave es la noche es la novela que Citati defiende como obra maestra del autor, a la que define como la arquitectura de lo efímero, la estructura oculta de las cosas hecha libro. El gran Gatsby apenas se menciona.
Tras leer una sola página resulta evidente que este autor, en sí mismo y más allá de su faceta como biógrafo en este libro, es un escritor maravilloso, que trabaja con las palabras de un modo perfeccionista, cuidado, elegante, maestro y, aun así, accesible para el lector. Pero estas escasas cien páginas no deben dar a entender que es una lectura rápida, porque no lo es. El hecho de que cada palabra sea imprescindible, que no sobre nada, convierte a esta lectura en una carrera de fondo, de esas que lees unos minutos y te obligas a cerrar el libro marcando con el dedo la página en la que te encuentras porque necesitas parar y recapacitar sobre lo que acabas de leer y las personas sobre las que estás leyendo... Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre representan a la felicidad y la desdicha peleando con uñas y dientes. Su único crimen fue buscar la felicidad, y está claro que la desdicha ganó de calle la guerra.
Os digo más. Es imposible hacerse una idea real de lo que se cuenta en esta biografía, de quiénes eran Zelda y Scott, si no se lee. Hay que leerla. Porque se puede intentar resumir lo que en ella se narra, captar retazos, agarrar frases, rescatar destellos, en un intento por conformar un retrato verosímil de estas dos personas y su vida en común, pero es imposible hacerlo como lo hace Citati, imposible acercarse a la perfección de estas cien páginas. Y también es imposible que yo os cuente lo que fue la vida de estos dos personajes en una reseña que no se alargue hasta el infinito, así que lo dejo aquí. Con mi recomendación absoluta, por si no había quedado claro.

Autor de espléndidas biografías, como Goethe, Alejandro Magno, Tolstói, Kafka o Leopardi, Citati ha contribuido con ellas a la renovación del género biográfico, que, a partir de los años setenta y debido a la mescolanza entre biografía novelada y novela biográfica, estaba prácticamente agotado. Citati consigue dar una vuelta de tuerca a la propia obra biográfica al convertir al autor en personaje de la obra literaria.
Como crítico literario, Pietro Citati no es menos conocido, pues cabe destacar sus ensayos La luz de la noche, Ulises y la Odisea, y El mal absoluto. Ha obtenido los premios Strega, Médicis y Grinzane Cavour, entre otros.





















