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miércoles, 14 de octubre de 2020

RESEÑA (by MH) ::: LOS CHICOS DEL FERROCARRIL - Edith Nesbit


 
 
Título original: The Railway Children
Autora: Edith Nesbit
Editorial: Berenice
Traducción: Nuria Reina Bachot
Páginas: 304
Fecha publicación original: 1906
Fecha esta edición: octubre 2013
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 5,95 euros
Ilustraciones interiores: C. E. Brock
 

Cuando Padre desaparece de forma inesperada, y en extrañas circunstancias, Roberta, Peter y Phyllis y su madre tienen que abandonar su feliz y holgada vida familiar en Londres para ir a vivir entre estrecheces a una pequeña casita -llamada Tres Chimeneas- en una aldea en el campo. Allí los niños encuentran entretenimiento en una cercana estación de ferrocarril, y hacen amistad con el mismísimo Jefe de Estación, con Perks el Mozo o con el intrigante Anciano Caballero que les saluda puntualmente desde el tren de las 9,15. Pero no logran olvidar el misterio que ha producido tantos cambios en su vida. Madre no quiere decir nada y los chicos saben que es mejor no preguntar pero ¿dónde está Padre? ¿Volverá algún día?

Berenice publica por primera vez en español Los chicos del ferrocarril (The Railway Children), un clásico de la literatura juvenil en inglés que no ha dejado de editarse desde 1906. Considerado entre lo mejor de la obra de E. Nesbit, una magistral escritora, pionera del género infantil y juvenil, que ha ejercido influencia directa en P. L. Travers (autora de Mary Poppins), Edward Eager, Diana Wynne Jones o J. K. Rowling. C. S. Lewis ha escrito largamente sobre la influencia de Nesbit en su saga de Narnia, y hoy está considerada en Reino Unido como la "abuela de Harry Potter".
Poco a poco voy cumpliendo mi propósito de leer todos estos clásicos de carácter infantil y juvenil que conozco desde hace años sobre todo por adaptaciones televisivas y cinematográficas y que, precisamente por ya tener una idea de la historia, voy dejando aparcados en pos de leer obras inéditas o desconocidas para mí. En estas semanas le ha tocado el turno a Los chicos del ferrocarril, de la autora inglesa Edith Nesbit, y estoy tan enamorada del libro que a ver cómo os lo cuento sin enrollarme demasiado (no sé ni para qué digo esto, siempre me enrollo).
 
Cuando comienza la historia vemos que la familia protagonista vive de manera acomodada en Londres, que tienen criados, que Padre trabaja en algo relacionado con el Gobierno y que Madre es una mujer que se desvive por hacer felices a sus tres hijos: Bobbie, Peter y Phyllis. Pero un buen día aparecen dos señores, Padre se va con ellos sin despedirse, su situación financiera cambia y los tres niños, junto a Madre, tienen que mudarse a una pequeña casa en la campiña en la que tendrán que valerse por sí mismos, sin criados, sin poder asistir al colegio y con muy pocos recursos. La casita se llama Tres Chimeneas, y pronto descubren que muy cerca de allí está la estación y pueden ver pasar los ferrocarriles, así que Bobbie, Peter y Phyllis van hasta allí todos los días y se aprenden todos y cada unos de los trenes que pasan, sus horarios, sus colores, cómo se llaman, de dónde vienen, hacia dónde van, les ponen nombre... Poco a poco van incorporando nuevas cosas que hacer y se amoldan a su nueva vida, hacen nuevos amigos y corren numerosas aventuras impensables cuando vivían en Londres mientras intentan no hacer preguntas sobre dónde está Padre e intentan no darle mucho trabajo a Madre, que ahora apenas puede dedicarles tiempo si quiere escribir mucho y vender esas historias suyas a alguna revista para que puedan tener bollitos para el té.
 
Tal y como os digo, estos niños corren mil y una aventuras, y no os penséis que son aventurillas infantiles sin más, no, que estos niños, ya que se ponen, se ponen de verdad: desde evitar el descarrilamiento de un tren salvando decenas de vidas hasta meterse en un bote en llamas para salvar a un bebé pasando por meterse en túneles oscuros donde se encuentran niños heridos que hay que salvar... entre otras muchas cosas, que a estos tres hermanos no se les resiste nada. Y mientras tanto aprovechan para hacerse amigos de todo el mundo, ya sea el Jefe de Estación, el Mozo de la susodicha, el médico, la señora de Correos o los maquinistas de las locomotoras que pasan todos los días por allí. Pero si hay un amigo especial, un amigo que sobresale por encima de todos, es el Anciano Caballero, ese señor que les saluda todos los días desde su ventanilla del tren de las 9:15 (el que ellos llaman Dragón Verde) y que será determinante y muy importante en sus vidas por diversas razones que yo, obviamente, no os voy a contar. 

¿Y qué pasa con Padre? Pues sus hijos no le olvidan, pero no preguntan porque cada vez que lo hacen Madre se pone muy triste.
Que por cierto, Madre no suelta prenda hasta que no se descubre el pastel casi al final del libro, o no al menos abiertamente, aunque el lector, que es muy cuco, se imagina casi desde el principio dónde está Padre, y si pone en marcha la maquinaria deductiva, por alguna cosilla aquí y alguna cosilla allá se confirma la sospecha. En cualquier caso la autora no nos deja con la duda y tarde o temprano nos enteramos de los motivos y razones que le han llevado allá donde está, sea donde sea. Y no, de esto tampoco os voy a contar nada más.
 
Me estoy dejando lo más importante. ¿Cómo son Bobbie, Phyllis y Peter? Pues de una manera que a mí me parece dificilísima de conseguir: estos tres niños son... ¡niños! Así como os lo cuento. No son marisabidillos, no son cursis, no empalagan, no hablan como si tuvieran treinta años, no se comportan como si tuvieran cuarenta... ¡No, son niños! Y se pelean entre ellos, discuten por tonterías, se les olvida el enfado en 0,5 segundos (a veces...), razonan de esa manera que razonan los niños cuando quieren tergiversar la verdad, hacen muchas cosas buenas pero también hacen unas cuantas trastadas, son imaginativos... Los tres son muy diferentes y con sus ocurrencias se roban los planos unos a otros para repartirse el protagonismo, pero la reina de la función es Bobbie, una niña todavía pero también la mayor de los tres y a la que no se le escapa nada, la que no dice nada a sus hermanos pero no se le va su Padre de la cabeza, la que cuida a su Madre y le ofrece un hombro en el que apoyarse cuando ya no puede más. Y no, eso no quita para que tenga todas las cosas de niños que comento arriba, pero yo, como hermana mayor que soy también, la entiendo perfectamente. Llega un punto en el que tienes un pie en el mundo de tus hermanos pequeños y otro en el que se espera de ti que seas mucho más que eso y que madures antes de tiempo.

Cuando se habla de este tipo de libros infantiles o juveniles clásicos puede parecer que se cae en los mismos tópicos de siempre (niños que se enfrentan a situaciones familiares muy difíciles o tristes con optimismo y valentía, buenas acciones que tienen sus recompensa, travesuras que acaban bien...) y sí, puede ser que en el fondo todos intenten abarcar los mismos temas, pero en la forma yo creo que todos estos libros no pueden ser más diferentes (al menos los que yo he leído). Este año os he traído unos cuantos y todos tienen su propia personalidad, su propia forma de contar las cosas y unos niños protagonistas únicos, especiales y que brillan con luz propia por méritos propios sin que puedan llegar a confundirse unos con otros.
 
Y al hilo de los tópicos, os confirmo que aquí también se habla de la importancia de la amistad, de no hacer distinciones sociales a la hora de brindar nuestro afecto, de dar siempre sin esperar nada a cambio (aunque en estas historias siempre se suele recibir más de lo que se da... algo que no suele ser muy real, pero ¿qué más da?), de no dar demasiada importancia a las cosas materiales, de adaptarse a las malas circunstancias con valentía y ánimo, de no perder jamás la esperanza, de la importancia de la familia, de saber escuchar y respetar las opiniones de los demás, de intentar no herir los sentimientos de nadie, de confiar siempre en el buen corazón de la gente... Lo dicho, sí, temas universales en historias que intentan inculcar valores en los más pequeños, pero os digo yo que muchos adultos harían bien en leer estos libros y tomar muchas notas (si luego llevan las notas a la práctica ni os cuento el cambio que daría la sociedad en que vivimos).

Yo creo que un libro libro infantil o juvenil se convierte en clásico cuando muchas décadas después siguen disfrutándolo tantos niños como adultos... cuando los niños ven en él lo que deben ver como niños y los adultos saben ver las miguitas de pan que dejó para ellos su autor o autora y, leyendo lo mismo, en realidad leen algo completamente diferente. Pollyanna, Ana la de Tejas Verdes, El jardín secreto, y este que hoy os traigo, Los chicos del ferrocarril, serían buenos ejemplos de estos clásicos que os comento. Y además es que la autora escribe muy bien, con un punto de ironía amable que brilla sobre todo cuando hace guiños ocasionales al lector cual narradora que sabe que tiene a su público en el bolsillo y quiere hacerle cómplice de la historia. Y, sinceramente, dudo que alguien que lea este libro no se lance a buscar más libros de Edith Nesbit como si no hubiera un mañana. Yo me he lanzado a buscar libros de Edith Nesbit como si no hubiera un mañana. Me niego a pensar que soy la única que hace estas cosas  :)
 
Voy terminando. De este libro existen dos ediciones en castellano actualmente. Yo os traigo la de la editorial Berenice, que incluye las ilustraciones originales de C. E. Brock (ilustrador que yo conocía por sus trabajos de Jane Austen y Dickens, entre otros muchos autores del XIX, y que me en-can-ta). Y ya que me pongo, os decía arriba que conocía la historia por las adaptaciones cinematográficas, así que os traigo un par de tráilers por si os pica el gusanillo: el primero es de la adaptación de 1970, y el segundo de la del 2000.
 

 

Edith Nesbit nació en Londres en 1858, en el seno de una familia numerosa y nada convencional. Cuando tenía tres años quedó huérfana de padre y eso provocó que tuviera que mudarse en diversas ocasiones, incluso fuera de Inglaterra, llevando una vida de continuo cambio. En ese periodo vivió durante tres felices años en una casa llamada Halstead Hall, en Kent —que estaba al lado de una pequeña estación de tren—, cuyos ecos encontraremos más tarde en muchos de sus libros. En 1880 se casó con Hubert Bland, activista radical con el que fundaría la Sociedad Fabiana, un grupo de filiación socialista y reformista en el que compartió amistad con G. B. Shaw, el matrimonio Webb, H.G. Wells... Su familia llevaba una vida bohemia y la propia Edith Nesbit hacía gala de indumentarias, peinados y un estilo de vida nada acordes con los tiempos. De hecho, su costumbre empedernida de fumar le provocaría un cáncer de pulmón del que moriría en Londres en 1924. 
 
Aunque su ambición era la de ser una poetisa, las necesidades económicas le hicieron dirigir su talento hacia la escritura por encargo para niños y jóvenes, en la que conseguirá enormes éxitos desde muy pronto. Con los relatos de la saga de la familia Bastable y su primer libro juvenil, The story of the treasures seekers (Los buscadores de tesoros), consiguió recursos en 1899 para trasladar a toda la familia a una antigua casa con foso, en Kent, en la que viviría durante 23 años, aunque nunca lograría una economía estable debido a su desprendida hospitalidad. Escribió novelas de terror y romance para adultos, poesía, propaganda socialista, obras de teatro y reseñas, pero hoy es conocida por los casi 60 libros escritos para y sobre niños entre 1894 y 1924, y entre los que destacan: The Story of the Treasure Seekers, Five Children and It, The Phoenix and the Carpet, The Story of the Amulet, House of Arden series, The Enchanted Castle, The Railway children... Berenice ha publicado por primera vez en español su mayor éxito, Los chicos del ferrocarril (2013) y La ciudad mágica (2014), así como Toromítico está publicando la saga de los hermanos Bastable, de los que están ya a la venta Los buscadores de tesoros y Los Seremosbuenos.

lunes, 13 de febrero de 2017

RESEÑA (by MH) ::: THE LONEY (EL RETIRO) - Andrew Michael Hurley







Título original: The loney
Autor: Andrew Michael Hurley
Editorial: Berenice
Traducción: Óscar Mariscal
Páginas: 378
Fecha de publicación original: 2014
Fecha esta edición: mayo 2016
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 23 euros


 
Cuando los restos de un niño son descubiertos durante una tormenta invernal en un tramo de la sombría costa de Lancashire conocido como el Loney, Smith se ve obligado a afrontar los terribles y misteriosos sucesos acaecidos cuarenta años atrás, cuando visitó el lugar siendo un chiquillo. Su devota madre, católica exacerbada, resolvió encontrar una curación para la discapacidad de Hanny, su hermano mayor. Así, la familia —junto con los miembros de su parroquia— peregrina hasta un antiguo santuario. Pero no todos los lugareños se mostrarán felices de recibir a los nuevos visitantes. Cuando ambos hermanos traben contacto con una inquietante pareja que vive en una casa cercana, se verán involucrados en una sucesión de perturbadores ritos. Smith siente que es el único que conoce la verdad, y que debe llevar sobre sus espaldas ese peso, no importa cuál sea el precio. 

Proclamada un «clásico moderno», traducida a infinidad de lenguas y alabada por autores como Stephen King o Paula Hawkins, The Loney refrenda la aparición de una fresca y relevante voz en la ficción contemporánea. Una lectura inolvidable.

LIBRO DEL AÑO EN LOS BRITISH BOOK INDUSTRY AWARDS 2016

Trece libros. Trece. Acabo de contarlos. Esas son las reseñas que tengo pendientes no de colgar, sino de escribir. Nada menos. Comienzo a hiperventilar... No sabía ni por cual tirar, y me he dado cuenta de que, matiz arriba matiz abajo, todas han sido buenas lecturas. Menos una. Una se ha llevado el dudoso honor de ser la primera desilusión de 2017. Y lo malo hay que quitárselo de encima cuanto antes, así que en consecuencia aquí vengo con la reseña de The Loney. Decepción muy grande, pero no me pondré melodramática. Cuanto antes empiece antes termino.

Tendría que haber captado las señales de aviso. Que junto a la recomendación del tito King (grande) aparezca la de Paula Hawkins (sí, la de La chica del tren) diciendo que habría que hacer una peli del libro (bien se nota lo que esta señora tiene en la cabeza a la hora de escribir), tendría que haber sido suficiente para que sospechase. Pero no. Vi la portada, leí la sinopsis, me enamoré de ese aire gótico, de la sombría costa de Lancashire... y decidí quedarme con lo que decía el tito King, olvidarme de la Hawkins, taparme la nariz y, privada de oxigeno que me permitiese pensar y razonar, pagar por el libro y llevármelo.

Y la cosa es que la premisa era buena. Buenísima. Un grupo de feligreses católicos, tras muchos años sin hacer su habitual peregrinación a una región conocida como el Loney, deciden retomarla con la esperanza de que la visita al santuario de santa Ana y la semana de rezos, meditación y confesiones, curen a Andrew, el hijo de uno de los matrimonios que participan de esta semana de penitencia y oración. Dejaron atrás esta costumbre después de que el anterior sacerdote, el padre Wilfred, volviese un día conmocionado y trastornado después de un paseo y se negase a volver allí. El padre Wilfred ha muerto, un joven y moderno sacerdote se ha hecho cargo de la congregación, y le convencen para retomar viejos hábitos.

La expedición la conforman el padre Bernard junto a su perro, un matrimonio de mediana edad y sus dos hijos adolescentes (Tonto, protagonista y narrador de la historia, y su hermano Andrew, motivo del viaje en busca del milagro), un matrimonio mayor (hermano y cuñada del fallecido padre Wilfred), y una pareja joven. En un minibús ponen rumbo al Loney, lugar dejado de la mano de Dios, de donde se dice que hay regiones que no han vuelto a ser pisadas desde que arribaron a sus costas los vikingos y donde ni siquiera llegó la destrucción monástica de Enrique VIII por no saber ni que existía esa zona. 

La trama va hacia delante y hacia atrás siempre en el pasado, salvo la primera escena y la última que tienen lugar en el presente narrativo de los personajes. Dentro de la parte del pasado, se alternan el viaje al Loney junto con algunas escenas anteriores que tienen lugar en el pueblo de los protagonistas y que nos ayudan a entender a algunos personajes y, sobre todo, lo que pasó con el padre Wilfred, cuya memoria, aun estando muerto, pulula durante toda la historia como un fantasma que condiciona (muy a su pesar) el modo en que debe proceder su sucesor, el padre Bernard.

Cuando llegan al Loney, las descripciones de aquellos páramos sombríos, la lúgubre ambientación, los vecinos hostiles y misteriosos que aparentemente no quieren forasteros rondando por allí (o que son raros, sin más)... el autor comienza bien. De veras. Comienza bien. Pero luego no sé qué pasa que... no pasa nada. Básicamente. Creo que es la única manera de definirlo. No sé en qué queda ese comienzo, esa preparación, esa anticipación de que algo va a explotar, porque no explota nada. Cada vez que comienza una escena en la que crees, esperas, intuyes que algo puede pasar... esperas en balde. De hecho recuerdo una escena concreta que tratándola bien, con verdadero manejo del suspense, era un bombón... y no pasa NADA. El autor crea un ambientación fantástica que conduce hacia la nada más absoluta. Nada, no sé si lo he dicho. Nada de nada. Y sí, una buena ambientación es un pilar imprescindible en una novela que quiere calificarse como gótica o de suspense, pero eso hay que saber sustentarlo por algún sitio. Debe tener un propósito, estar encaminada hacia algo. Y sí, lo está, el propósito está claro, pero jamás se alcanza. A mí me ha dado la sensación leyendo el libro de que Hurley lo tenía todo en la cabeza, pero que no ha sabido plasmarlo en papel ni con la suficiente fuerza ni con la necesaria intriga (y me dan igual todos los premios del mundo que le hayan dado). La sensación como lectora de estar esperando constantemente que pase algo que nunca llega es bastante frustrante.

Cuando comienza el libro, además del misterio que encierra el Loney, mi interés radicaba principalmente en un personaje, Andrew, porque lo que conocemos de él al principio, en su edad adulta, no tiene nada que ver con lo que sabemos de él cuando nos están narrando su adolescencia, parte troncal de la narración. Y eso también es un buff considerable. Yo no quiero que me lo den todo mascadito, pero a ver, si toda la narración tiene como finalidad ese momento, esa circunstancia, ese instante... qué menos que ahondar algo, lo que sea, en ese tema. Sí, sabemos lo que pasa, las consecuencias, lo que cambia después de eso y gracias a lo que se consigue, pero el autor nos escatima absolutamente todo lo demás, todo lo relacionado con esa situación... todo lo que rodea a esa casa queda sin explicar. Abre incógnitas, muchas, y no cierra ninguna. Y si no evitase siempre spoilear los libros, os las enumeraría una detrás de otra. Son unas cuantas.

Así que, por resumir un poco mi percepción del libro, podría definirse como la espera constante de algo que justifique la fama que tiene. Y de verdad que he leído el libro de cabo a rabo esperándolo, pero mientras pasaba las páginas, la sensación de globo que se desinfla hasta quedar totalmente espachurrado es lo que mejor define la cara que se me quedó al terminarlo. Tiene personajes dignos de las mejores novelas de terror, como la odiosa madre de esos niños, cuyo fanatismo religioso pone incluso en peligro a su hijo menor sin importarle nada lo más mínimo, y que acosa sin descanso al padre Bernard con su mente cerrada y anclada en el pasado. Eso, junto con la ambientación en el Loney, con unos vecinos creepy, con el apasionamiento enfermizo por la religión, con una leyenda sobrenatural que ronda sobre una de las casas... No dejo de pensar lo que hubiese hecho el tito King, por poner un ejemplo, con todas estas premisas, pero de nada vale fantasear. Se hizo cargo de ellas Andrew Michael Hurley, y así nos luce. 

Supongo que no hace falta repetirlo en cada reseña pero esto es solo mi opinión, y estoy segura de que mucha gente disfrutará de esta historia (de hecho, supuestamente mucha gente ya la ha disfrutado. De hecho, más supuestamente aún, está considerado un clásico moderno), y las cosas que a mí no me han convencido para otros lectores no supondrán ningún problema. Pero vamos, que a título personal me veo incapaz de decir lo contrario a lo que he dicho: terminé el libro con la sensación de que no había leído nada, me faltaba historia por todas partes.

  

Andrew Michael Hurley (1975) ha vivido en Manchester y Londres, y ahora tiene su sede en Lancashire, donde enseña Literatura Inglesa y Escritura Creativa. Ha publicado dos colecciones de cuentos en Lime Tree Press. 

The Loney (El Retiro) es su primera novela, publicada en 2014 por Tartaruss Press, una pequeña editorial independiente, como edición limitada de 300 copias. Hoy es el autor revelación del año en Reino Unido y gran parte del mundo.