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lunes, 5 de junio de 2023

RESEÑA (by MH) ::: UN GUISO DE LENTEJAS - Mary Cholmondeley



Título original: Red Pottage
Autora: Mary Cholmondeley
Editorial: Nocturna
Traducción: Ricardo García Pérez
Páginas: 488
Fecha publicación original: 1899
Fecha esta edición: marzo 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 19 euros 
Imagen de cubierta:
@Vintage Images / Alamy Stock Photo

 

Una novela protofeminista sobre la emancipación de la mujer en la Inglaterra de 1899

«El hombre ha pronunciado muchas palabras sarcásticas sobre la amistad de las mujeres, y no a causa de los celos. La opinión consolidada de la mayoría de los hombres sobre este tipo de devoción podría resumirse en las palabras "mantente ocupada hasta que yo llegue"». Así arranca uno de los capítulos de esta novela cuya publicación, en la Inglaterra posvictoriana, causó un escándalo por plantear cuestiones como la emancipación de la mujer.

A la manera de una Jane Austen al alba del siglo XX, esta discípula de Henry James narra un episodio de la vida de dos amigas desde la infancia cuyos diferentes rumbos --la una es escritora y la otra, joven heredera-- se enfrentan al provincianismo del entorno rural, así como al esnobismo de la sociedad londinense a través del amor a la escritura, por un lado, y la búsqueda del amor verdadero, por otro.


Mary Cholmondeley es de esas autoras de finales del siglo XIX y principios del XX que por la razón que sea apenas es conocida en castellano. Aun así, desde hace algunos años dos editoriales (Periférica y Nocturna) están recuperando su obra, algo que debemos celebrar quienes gustamos de conocer a nuevas autoras de determinados periodos literarios. La que hoy os traigo, Un guiso de lentejas, la novela que le granjeó el éxito, fue publicada hace tres años por Nocturna (editorial de la que ya os he dicho varias veces que tiene una colección de clásicos que pasa muy desapercibida y no debería), y merece mucho la pena para entender el movimiento de las New Women a finales del siglo XIX (del que también os hablé en Historia de una tienda, de Amy Levy) y el cambio social que se estaba produciendo en cuanto al papel de la mujer en la sociedad y su libertad a la hora de escoger su camino en la vida.
 
En esta historia las dos protagonistas principales, Rachel West y Hester Gresley, son dos mujeres diametralmente opuestas unidas por una amistad que traspasa estatus sociales diferentes, caracteres dispares y una forma de ver la vida y enfrentarse a ella atípica en sí misma en ambos casos, pero igualmente divergente. Por un lado tenemos a Rachel, de clase social trabajadora y que, tras la muerte de sus padres, queda en una situación económica muy precaria. Se gana la vida como puede y comienza una relación con un hombre durante años con quien no se casa porque él busca en una esposa a una mujer con dinero y buena posición social. La suerte de Rachel cambia cuando recibe una herencia inesperada y se convierte en una de las solteras más cotizadas de Londres. Por otro lado tenemos a Hester, que sí es de clase social alta pero que tras morir la tía con la que vivía, se traslada al campo a vivir en casa de su hermano clérigo y la familia de este. Hester es escritora, ya ha publicado un libro que ha sido la comidilla de su entorno social, y en casa de su hermano está escribiendo la que será su obra maestra, en la que se está dejando la salud y sobre la que gira toda su existencia. Ambas mujeres han tomado caminos muy diferentes, pero cada una tendrá que enfrentarse a retos y dificultades inherentes a una época que estaba en pleno cambio, con un pie ya en el siglo XX pero echando siempre la vista atrás a las costumbres y tradiciones de la época victoriana.

Una vez desglosada la sinopsis, os advierto de una cosa. Al hablaros de El diamante de Moonfleet os comenté que lo había leído cinco meses atrás y con Un guiso de lentejas me pasa exactamente lo mismo. Encima tengo la mala costumbre de no tomar notas y tengo que tirar totalmente de memoria, así que me disculpáis si no entro en mucho detalle (era esto u olvidarme del tema y no traerlo por aquí...).

El libro comienza realmente con la historia de una infidelidad y con un personaje del que no os he hablado en la sinopsis pero que resulta crucial durante toda la novela. Este personaje es Hugh Scarlett, del que nada más abrir el libro descubrimos que se dirige a casa de lady Newhaven, mujer casada con la que inició un romance meses atrás. Hugh está dispuesto a terminar con esta relación esa misma noche, pero no se espera lo que ocurre una vez que llega a la casa... y ese algo que no se espera, ese algo que no os puedo contar aquí, condiciona no solo su propio futuro, sino el de una de nuestras protagonistas, Rachel. El futuro de estos dos personajes está irrevocablemente enlazado desde el principio hasta el final de las páginas, pero ese futuro, al mismo tiempo, no les pertenece por culpa precisamente del concepto del honor tan anquilosado en un siglo XIX ya casi desaparecido pero que seguía arrastrando estándares de conducta que no admitían ningún tipo de discusión dentro de determinados estratos sociales: antes la muerte que traer vergüenza a la familia.

Esto os lo cuento porque la pobre Rachel (uno de los dos pilares de esta novela), aun siendo enormemente rica, aun habiendo rechazado montones de propuestas de matrimonio (desde que es rica, claro... antes no quería casarse nadie con ella), aun siendo independiente económicamente y sin ninguna carga familiar, aun pudiendo hacer de su capa un sayo y vivir su vida del modo que ella quiera, se enamora del único hombre que, por circunstancias que desconoce, no puede casarse con ella (bueno, poder puede, pero lo que os decía arriba... el honor de caballero y esas cosas). A todo esto se une que Rachel es humilde y sensata, de esas que se ven catapultadas a vivir en la alta sociedad y alternar en ella pero que se siente mucho más cómoda y cercana con el trabajador de a pie que pasa dificultades para llegar a fin de mes, y eso hace que aunque tiene amistades muy fieles que darían la vida por ella, se protege mucho de todo y de todos. Es el paño de lágrimas de las personas más inesperadas (y que no merecen tal privilegio), pero ella no llora en el hombro de nadie y lo sufre todo en soledad.

Y luego tenemos a Hester, a la que también llamaré pobre Hester, que tras mudarse al campo vive en un entorno social completamente diferente al de Rachel, donde se pasa la vida escribiendo en su habitación o alternando con su hermano, su cuñada y sus sobrinos. Su hermano, un clérigo egocéntrico, provinciano, obtuso y engreído como él solo, no da ninguna importancia al trabajo y al éxito como escritora de su hermana, y no solo la infravalora sino que no admite que no quiera vivir la vida del mismo modo que la viven él y su familia. Este señor y su santa esposa son, sin lugar a dudas, los dos personajes más despreciables de la novela, y son protagonistas de una escena que aún hoy, con todos los meses que han pasado, sigue haciendo que el corazón me llore de dolor. Hester es una mujer independiente, intelectualmente muy superior a la gente que le rodea, con una profesión y una vocación a las que dedica su vida entera, pero su familia es gente horrible, de esa que sabe mejor que tú lo que te conviene y no son conscientes de sus muchas limitaciones, y ya sabemos hacia donde puede conducir algo así.

Mary Cholmondeley fue en sí misma una mujer independiente que nunca se casó y se ganó la vida como escritora, así que podéis imaginar que veía muchas cosas a su alrededor que no le gustaban, las altísimas murallas que las mujeres tenían que escalar día sí y día también cuando decidían tener una carrera profesional y las muchísimas oportunidades que se les negaban simplemente por el hecho de ser mujeres, así que con un altavoz a su disposición como era la literatura, se despachaba a gusto y criticaba todo lo que se le ponía por delante. Hablaba con absoluta libertad de todo aquello que consideraba importante; unas veces (las más) lo hacía de manera evidente, otras (las menos) era más sutil y taimada, pero solo hay que leerla para vislumbrar montones de indirectas y críticas a las convenciones sociales y religiosas que coartaban la libertad de las personas en general y de las mujeres en particular. Hay críticas obvias a la iglesia anglicana y a esa moralidad hipócrita que veía la paja en el ojo ajeno y pasaba por alto la viga en el propio; a ese deber autoimpuesto y jamás solicitado por parte de ciertos familiares sobre las mujeres solteras para decidir por ellas en cualquier aspecto de la vida, como si estuviesen incapacitadas para tomar decisiones por sí mismas y cualquier cosa que eligiesen hacer fuese fruto de una inferioridad moral e intelectual; se critica ese sentido del honor anticuado pero indestructible que visto desde fuera puede parecer exagerado o ridículo pero que era la vara moral por la que se regía la alta sociedad inglesa (su incumplimiento suponía la caída en desgracia no solo de esa persona sino de toda su familia); y tira por los suelos a esa propia sociedad hambrienta de espiritualidad y de alma, que respiraba superficialidad y tenía en el corazón la nada más absoluta.

En resumidas cuentas, Un guiso de lentejas es, por un lado, la historia de cómo un clérigo (que se autopercibe piadoso, de una ética intachable y superior moralmente a cualquiera solo por ser quién es y representar lo que representa) que destroza la vida de una escritora que vive por y para la literatura, ese camino exitoso que ella ha escogido para realizarse, expresarse, usar su voz y plantarse firme en el mundo (ojalá tuviese esa misma determinación para romper lazos con su hermano, pero no la tiene); por el otro es la historia de un adulterio que atrapa en su red de obligaciones sociales no solo al personaje masculino que lo ha protagonizado, sino al personaje femenino que, sin saber nada de esa circunstancia, se enamora de él, quedando también atrapada en una telaraña que no suelta a ninguna de sus presas. Como podéis ver, las protagonistas son dos mujeres a finales del siglo XIX inteligentes, autosuficientes, que podrían vivir su vida tranquilas y mantenerse económicamente sin la ayuda de ningún hombre, y que sin embargo viven supeditadas a las malas elecciones y decisiones de los hombres que las rodean (en un caso de manera voluntaria, cruel e intencionada; en el otro las cosas son más complicadas y benevolentes con el personaje masculino, que realmente está enamorado de Rachel pero está atado de pies y manos).
 
Como os decía arriba, la trama tiene un pie en el siglo XX, que respiraba por los cuatro costados los nuevos cambios que se avecinaban y los que ya llevaban un par de décadas produciéndose, pero que al mismo tiempo se resistía a a esa transición, a dejar a un lado las convenciones establecidas que llevaban décadas marcando el funcionamiento de un imperio, a dejar marchar todo eso que hasta ese momento les había funcionado bien. Es como si Cholmondeley dijese: "sí, las New Women, la independencia femenina, la libertad individual, esa nueva Inglaterra que viene pisando fuerte y donde la vida de una mujer es suya y no del hombre legalmente responsable de ella... pero eso está a un lado de la cuerda, y ese lado es todavía débil y timorato. Al otro seguimos teniendo a la vieja Inglaterra, la victoriana, la poderosa, la de la moralidad exacerbada y cicatera, y esa tiene todavía mucha, mucha fuerza y tira de su lado de la cuerda como si le fuera la vida, como si supiera que está en vías de extinción y pensase luchar con uñas y dientes hasta su último aliento". En
Un guiso de lentejas, su autora nos dice que estaban en ello, que daban pasos, que tenían claro el camino, pero que todavía quedaban muchas espinas que sortear por delante y la posición de la mujer todavía era débil en muchos aspectos.

Los Reyes Magos, por medio de una amiga bonita, me trajeron Diana Tempest las pasadas Navidades (también publicado por Nocturna), así que pronto seguiré con Mary Cholmondeley, su mirada cínica y sus dardos envenenados sobre la sociedad de su época.

Por cierto, y antes de terminar. ¿Os preguntáis a qué viene ese guiso de lentejas del título? Sin dar muchos detalles, en realidad es una cita de la Biblia (del libro del Génesis, para ser más exactos) en la que Esaú vende su primogenitura a cambio de un potaje de lentejas, y que la autora usa como símil para explicar lo ocurrido con Hugh Scarlett, su affaire con la casada lady Newhaven y el descubrimiento del amor verdadero junto a Rachel. La primogenitura en este caso sería el amor verdadero, el que siente cuando conoce a Rachel y que ha quedado vendido y supeditado a las consecuencias de su relación con Newhaven, de la que nunca estuvo enamorado (aunque él así lo creyese al principio de la relación). Que a todo esto, no os he dicho en ningún momento cuáles son las consecuencias de este adulterio y por qué influyen tanto en todo lo que ocurre en esta historia, pero es que debe ser así aunque se desvelen muy al principio de la narración. Si os lo cuentan en cualquier otra parte os están destripando algo muy importante, así que tapaos las orejas y silbad muy fuerte hasta que se pase el spoiler.

Mary Cholmondeley nació en Hodnet, Inglaterra, en 1859, y se crio en la rectoría de su padre. Si bien su familia tenía vínculos con el mundo literario (su tío era amigo de Mark Twain y varios parientes eran escritores), el carácter retraído de Mary y el grave asma que padecía la llevaron a vivir retirada y a consagrar su vida tanto a la escritura como al cuidado de sus familiares enfermos. Tras la muerte de su padre, se trasladó con su hermana a Londres, donde años después, durante la guerra, trabajaría en un hospital.

Publicó su primer libro en 1886, aunque no usó su nombre real hasta Diana Tempest (1893), que se adelanta al movimiento feminista New Woman. El éxito le llegó con Un guiso de lentejas (1899; Nocturna, 2019), cuya fantástica acogida le granjeó la admiración en todos los círculos literarios y amistades como la de Henry James. Posteriormente publicaría obras como Un inconveniente (1902), Prisoners (1906) o La polilla y la herrumbre (1912). Murió en 1925 sin haberse casado y dejando un legado literario que retrata las ansias de independencia de la mujer de la época.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

RESEÑA (by MH) ::: OTOÑO EN BERLÍN (BEATE Y MAREILE) - Eduard von Keyserling


 
Título original: Beate und Mareile
Autor: Eduard von Keyserling 
Editorial: Nocturna (colección Noches Blancas)
Traducción: Carlos Fortea
Páginas: 160
Fecha de publicación original: 1903
Fecha esta edición: mayo 2011
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 16 euros 
Ilustración de cubierta: Ante el espejo (Georg Friedrich Kersting, 1827)



 

Del autor de Princesas, Otoño en Berlín (Beate y Mareile) es considerada su obra más representativa, una novela sobre pasiones y transgresión social.


Estamos en las postrimerías de 2021 y eso implica la recta final del proyecto de Reseñas Cruzadas, pero me alegra enormemente que antes de terminar hayamos podido hacerle hueco a un escritor del que apenas oigo hablar y que tanto a Undine como a mí nos gusta muchísimo. Además, ya que estamos en otoño, hemos decidido ponernos creativas y vamos a hablaros de Otoño en Berlín, de Eduard von Keyserling (ahí, hilando fino... que no se diga xD). Esta es la segunda vez que Keyserling
pone sus pies en Netherfield, y sin esperar a que leáis la reseña os digo desde ya que he vuelto a disfrutar muchísimo leyéndolo. Por cierto, ya os hablé de ella en mi anterior reseña de Keyserling, pero quiero volver a recomendar la selección de clásicos que Nocturna publica dentro de la colección de Noches Blancas. No es muy extensa, pero pasa tan desapercibida entre el resto de sus colecciones que creo que bien merece que se llame la atención sobre ella de vez en cuando. ¿Qué contiene? Pues además de casi toda la obra disponible en castellano de Eduard von Keyserling, también tienen un par de libros de Dickens que no se pueden encontrar en ninguna otra editorial, por poner un par de ejemplos (actualmente estoy leyendo uno de ellos, Nicholas Nickleby, en una edición fantástica).
 
Eso sí, una de cal y otra de arena, como la vida misma. Con respecto a Otoño en Berlín tengo que pegarles un pequeño tirón de orejas. Ni se os ocurra leer la sinopsis de la editorial, porque las pocas frases que contiene desvelan las 30-40 últimas páginas. La sinopsis misma es un spoiler como una catedral del final del libro. Por mi parte la he borrado entera arriba, pero considero mi deber avisar. Yo la leí, y me pasé todo el libro esperando precisamente lo que se cuenta en ella. Anda que no había cosas para poner en la sinopsis sin necesidad de destripar nada...
 
Volviendo a Otoño en Berlín, la historia nos lleva hasta Kaltin, una casa solariega situada en la campiña. Allí viven el matrimonio formado por Günther y Beate junto a la madre y la tía de ella. Günther y Beate se conocen desde niños, pero hasta el momento de contraer matrimonio han vivido unas existencias muy diferentes. Él, brillante militar del ejército báltico hasta el momento de dejar el servicio a muy temprana edad, se ha paseado por la vida sin privarse absolutamente de nada, y tantos son los placeres gozados y las mujeres conquistadas que llega un punto en que se cansa de todo y decide sentar cabeza. Ahí es donde entra Beate, compañera de juegos en la infancia, virtuosa, religiosa, sosegada y criada para refrenar sus pasiones. En ella cree encontrar la tranquilidad que necesita y, tras casarse, se van a vivir a Kaltin. Günther no puede ser más feliz, por fin tiene lo que quiere, encuentra belleza en todo lo que mira, embelesa a todo aquel que se propone y cree haber encontrado por fin su sitio... hasta que su naturaleza veleidosa, frívola y hedonista se hastía de tanta tranquilidad y echa de menos las pasiones que reinaban en su vida tiempo atrás. Es entonces cuando aparece Mareile, la tercera en discordia en aquellos juegos infantiles de tantos años atrás; Mareile, tan distinta a Beate; Mareile, rebosante de sensualidad y deseosa de complacer sus instintos; Mareile, que siempre estuvo enamorada de Günther. 

Otoño en Berlín es una historia de personajes tan imperfectos como la vida misma, y a ojos del lector eso hace que brillen con sus muchos claroscuros. Günther, que vive para ser adorado, que se deprime si no es el centro de atención y si una mujer hermosa está con cualquier hombre que no sea él, que existe por y para sus pasiones, ejemplifica a esas personas que siempre quieren lo que no tienen y siempre quieren estar en cualquier otra parte. Vive una vida privilegiada y licenciosa, se cansa, se busca una mujer recatada, se convence de que lo que más le conviene es la vida tranquila en el campo, y cuando se aburre de tanto idilio pastoril, se entrega a sus deseos sin detenerse a pensar en nadie que no sea él mismo. Beate es una mujer pura, ingenua y virtuosa que aparece y desaparece en la narración con la misma prudencia y recato con la que se conduce en su matrimonio: sin ánimo de molestar, interiorizando todo lo que le duele, siempre agazapada. Y luego tenemos a Mareile, esa hija del mayoral de la finca que siempre tuvo envidia de los señores de la casa, que se ha convertido en una belleza adorada por todos los hombres que la rodean y que un buen día decide vivir una vida sin velos en búsqueda constante de la felicidad, plena de sensualidad y anteponiendo sus deseos a cualquier convención social o sentimientos de terceras partes afectadas.

Si algo me gusta de Keyserling es que casi siempre consigue que me repatee uno de sus personajes. En Otoño en Berlín ese personaje ha sido Günther; ese andar por la vida como si fuese el ombligo del mundo, totalmente sometido a sus instintos y ciego ante el egoísmo de sus actos, le ha convertido en carne de cañón para mis ojos en blanco y mis velas negras. Y que Mareile, tras proclamar su dedicación a una vida sin tapices que coarten el autoconocimiento de su erotismo, tan orgullosa, salvaje, libre... se deje mangonear por este señor, ha hecho que nos llevemos regulero algunas veces. No sé si os pasa a vosotros esto de cerrar un libro, pensar en los más y los menos que has tenido con los personajes en muchos tramos de la lectura y descubrir que lo has disfrutado todo de tal manera que no cambiarías absolutamente nada. Que lo que está en las páginas tiene su razón de ser y que los sentimientos que te ha producido son los correctos. Keyserling gustaba de crear personajes moralmente cuestionables, no le gustaban los personajes facilones que andaban en línea recta, y esos desvíos de lo socialmente aceptable son los que justifican sus tramas y los que convierten en palpitantes unas historias que languidecerían en otras manos con menos talento.
 
Nostálgica, vulnerable, sensual... como todas las obras de Keyserling, es una historia de personajes que refleja a la perfección las contradicciones de la época en que fue escrita, ese cambio de siglo en el que las transgresiones sociales se daban la mano con el aferramiento a las antiguas costumbres. Eso es Otoño en Berlín: la contraposición entre la mujer que decide vivir su sensualidad sin ataduras y el sexo con libertad, y la que ha sido educada para controlar sus pasiones e inhibirse ante su marido. El personaje masculino en esta historia (narcisista, egocéntrico, inmaduro) tiene mucha presencia pero solo como hilo conductor entre las dos mujeres. Ellas son las protagonistas y ellas monopolizan el título original: Beate y Mareile, Mareile y Beate. Dos visiones diferentes de cómo era la realidad de las mujeres en la decadente aristocracia alemana de finales del siglo XIX y principios del XX; la insatisfacción de la mujer en el matrimonio, la liberación de la mujer fuera de él, la búsqueda de la felicidad aislada de las convenciones sociales... temas recurrentes en la historia de la literatura que seducen bajo el amparo de la excepcional prosa de Keyserling.

Así que reitero lo dicho al principio de la reseña: he disfrutado mucho de la lectura y me parece una obra muy notable tanto por la forma como por el contenido, pero no creo que sea una novela para todo el mundo (algo que, todo sea dicho, creo que puede aplicarse a toda la bibliografía de Keyserling). Otoño en Berlín es una historia pausada preñada de esa melancolía que no puede achacarse a nada en concreto pero que impregna cada una de las líneas como una bruma persistente imposible de disipar. Avanzas en la lectura, y los actos y decisiones de los personajes te parecen mundanos, vivos, inherentes al ser humano y a sus muchos defectos, pero al tiempo entrevés ese segundo escenario que Keyserling esconde tras el primero, como un cuadro al que hay que quitarle la capa superficial de pintura para acceder a la imagen que realmente quiso pintar su autor. Aquí nada es tan evidente como parece, los personajes callan más de lo que dicen y  algunos viven en un mundo interior que les cuesta mostrar ante el lector. No es que le impidan verlo, sino que le piden que se esfuerce en comprenderlo. Por eso es de esas historias en las que parece que ocurren pocas cosas, o que ocurren despacio, o que semejan insustanciales de cara al conjunto de la trama, pero esas mismas cosas forman un entramado de gran inteligencia narrativa que no tiene ni un hilo suelto. Y no puedo dejar de mencionar la naturaleza, ese personaje siempre presente en la obra del autor que él siempre describe de un modo exhuberante y visual como parte intrínseca de todo lo que ocurre en ella.
 
He intentado no dar ni una mísera indicación de hacia donde se dirige la historia, así que lo dejo aquí por si acaso. Repito lo dicho arriba, apenas se habla de Eduard von Keyserling y no me queda otra que pensar que es porque apenas se leen sus obras. Tengo reparos en recomendárselo a quien prefiera acción sobre personajes, porque no sé si encajaría bien con su forma tan personal de contar las cosas, pero al mismo tiempo me resisto a no intentar que le deis una oportunidad. Me gustaría que le dieseis una oportunidad. Ojalá os guste si le dais esa oportunidad. 
 
Reseña en casa de Undine -> aquí



Eduard Graf von Keyserling nació en el castillo de Paddern, cerca de Hasenpoth (Aizpute), Curlandia, en 1855. Miembro de una antigua y noble familia alemana del Báltico, y familiar del filósofo Hermann Keyserling, estudió en la Universidad de Dorpat, pero fue obligado a abandonar sus estudios debido a un incidente que le alejó de los círculos aristocráticos. Tras mudarse a Viena, continuó estudiando y empezó a familiarizarse con las ideas sociales del naturalismo. Fue entonces cuando comenzó a publicar.
 
Posteriormente se trasladó a Múnich, de donde, a excepción de una corta estancia en Italia, ya no saldría. Allí frecuentó nuevos círculos artísticos, entre los que se encontraban L. Corinth, M. Halbe, R. Kassner y F. Wedekind. Durante esta etapa escribiría muchas obras de teatro, pero lo que le condujo al verdadero reconocimiento fueron sus novelas. 
 
Ya enfermo de sífilis, en 1904 publicó la novela Un ardiente verano (Nocturna, 2010). En 1908 se quedó ciego y hubo de dictar sus últimas novelas a sus hermanas, hasta su muerte en 1918.

viernes, 2 de marzo de 2018

RESEÑA (by MH) ::: LOS NIÑOS DE LOS BELLOS DÍAS - Eduard von Keyserling




Título original: Feiertagskinder 
Autor: Eduard von Keyserling 
Editorial: Nocturna (colección Noches Blancas)
Traducción: Carlos Fortea
Páginas: 125
Fecha de publicación original: 1918
Fecha esta edición: mayo 2011
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 14 euros 
Ilustración de cubierta: Joven en una barca (James Tissot, 1870)


 
Melancólica, soñadora, la joven Irma es una de esas personas que contemplan la vida como si de una obra de teatro se tratara y que, en lugar de tomar parte en ella, desempeñan su papel desde el otro lado del telón. Su marido, el barón Ulrich von Buchow, es todo lo contrario: un hombre pragmático y con los pies en la tierra. Mientras Ulrich centra su atención en la finca y la educación de sus dos hijos, Irma siente que, poco a poco, el deseo de cambiar su vida por otra más interesante se va apoderando de ella... hasta que, de improviso, un trágico acontecimiento da un vuelco a la situación y provoca que todos los conflictos lleguen a su punto álgido.

Los niños de los bellos días, última novela de Keyserling y una de las que escribió ya ciego, habla de amor y celos, vacío interior, grandes esperanzas y, a modo de prólogo del divorcio, el fracaso de un matrimonio.


Creo que la publicación de clásicos de la editorial Nocturna pasa bastante desapercibida entre sus novelas de otras temáticas más comerciales, pero lo cierto es que existe y, aunque no  muy extensa, es muy buena. No solo tiene publicados dos maravillosos Dickens que no pueden encontrarse en los catálogos de otras editoriales más orientadas a este género, sino que hace unos años recuperaron buena parte de la obra de un autor bastante desconocido por estos lares como es Eduard von Keyserling. A esa recuperación pertenece esta novela que hoy os traigo, la primera que leo suya (y última que publicó... empezando al revés), pero no será la última. Me ha gustado mucho, aunque creo que no es de esas novelas para recomendar a todo el mundo.

Irma von Buchow languidece en su mansión campestre. Ella, junto a su marido, sus dos hijos y su padre, pertenecen a la aristocracia terrateniente alemana, pero en esta casa cada cual se toma su lugar en la vida de una manera totalmente distinta. Ulrich es el cabeza de familia, y sobre él recaen todas las responsabilidades, ya no solo del hogar familiar, sino de sus tierras, sus finanzas, las gentes que trabajan para él, y hasta las deudas de su hermano Achaz, un vivales que habla mucho y hace más bien poco. Ulrich es un hombre serio, grave, que trabaja de sol a sol por sacar su renta adelante y adora a su esposa, aunque le cuesta expresar sus sentimientos. Ulrich es el que tiene que cargar todo el peso del mundo sobre sus hombros mientras los demás viven libres de preocupaciones.

Sin embargo, Irma, como digo arriba, languidece... porque ella quiere, claro, porque lo tiene todo al alcance de la mano. Podría hacer mil cosas, pero escoge no hacer ninguna. No le interesa nada, no le satisface nada, su marido le aburre, rechaza a su hija Isa, lo de ejercer de esposa del terrateniente es demasiado esfuerzo... Irma solo quiere a su precioso hijo Uli, por el que se desvive, y reír, bailar, disfrutar de la naturaleza y de las cosas bonitas... y todo eso solo lo tiene cuando su cuñado Achaz aparece por casa. Achaz, que ríe, ríe, ríe, y cuenta muchas anécdotas de la gran ciudad, y es muy simpático, y agradable, y seductor, mientras dilapida la fortuna de su hermano, le critica a sus espaldas por su devoción al trabajo (aunque sea ese trabajo el que pague sus continuas deudas de juego) y, en definitiva, le echa mucha jeta a la vida. Pero a Irma todo eso le da igual. Achaz es todo lo que Ulrich no es. Achaz es la luz de los días de fiesta, es la fiesta en sí misma... y su marido es el gris de los días laborables: le deprime.

El espíritu de Emma Bovary pulula por las páginas de esta novela de manera persistente, aunque con diferencias. Esa insatisfacción crónica, ese persistente querer estar en cualquier otra parte, esa frustración constante con la realidad que le rodea, ese mundo de fantasía donde la protagonista cree que todo será mejor que su verdadera existencia... Irma podría tenerlo todo para empatizar con el lector, quien podría entender sus ansias por escapar de los valores burgueses que le atan a un marido que no ama; un lector que podría acompañarla en su lucha por la libertad, por la felicidad, en una época donde la mujer pertenecía a su marido y lo de la separación o el fracaso matrimonial, sobre todo si era la mujer la que lo provocaba, se consideraba amoral (más aún en la alta sociedad). Irma podría tenerlo todo... pero yo no la he soportado. 

No he podido con ella, lo siento. Me ha parecido egoísta, muy egoísta, irresponsable e inmadura. No le he perdonado el trato que le da a su hija, o más bien el trato que no le da. Emma Bovary tampoco llegó a sentirse nunca madre, no sentía ningún apego por su hija, pero lo de Irma es peor: decide ser madre de uno solo de sus hijos, el que se parece a ella. Ama a su hijo Uli por encima de todas las cosas: es tan alegre, tiene tanta luz, es tan guapo... a su hija Isa, solo una niña, simplemente la desprecia porque se parece a su padre. Irma la considera una personita gris, cuando ella solo quiere luz, luz, luz... Y esa niña, totalmente ignorada por una madre que no soporta que ni la toque, y sola, completamente sola, vagando por las páginas en busca de un gesto de cariño, de un abrazo, de un beso, me ha roto el corazón. Supongo que me ha vuelto a pasar lo de siempre, que el autor quiere que empaticemos con un personaje y yo me he ido por el lado contrario. 

Tampoco he soportado a Achaz, dicho sea de paso, pero él no es realmente el protagonista de la novela ni el que quiere darnos pena a través de las páginas. Juega el papel de hermano encantador que siempre dice que va a cambiar pero que nunca lo hace, que solo pronuncia palabras vacías y que hace bueno el dicho de que "el camino hacia el cielo está pavimentado de buenas intenciones". Es egoísta y ya, no busca justificaciones ni insatisfacciones que valgan para engatusar al lector. Simplemente es el instrumento para que la trama desencadene en lo que desencandena. Irma y él son tal para cual: egoístas, solo piensan en ellos mismos sin importar a quien arrastren detrás.

Que conste que yo solo os transmito lo que he sentido con los personajes, que eso es independiente de la calidad de la novela, que es fantástica. De hecho me gusta cuando los personajes me hacen amarlos u odiarlos. No necesito que me caigan bien si la historia es buena y Von Keyserling recrea una trama llena de anhelos, tristezas, celos y traiciones que no cuenta nada nuevo, porque la insatisfacción de la mujer en el matrimonio ya era una temática muy habitual de la época, pero lo hace con una prosa excepcional, elegante, contenida y contando mucho en pocas páginas. Las descripciones de la naturaleza son tan visuales, tan descriptivas, que rebosan impresionismo. Y la sutileza de la narración es, en sí misma, bonita de leer. No encuentro otra manera de explicarlo.

Los niños de los bellos días está imbuido de melancolía, de amargura, de un querer estar en otra parte, de tener lo que no se tiene, de creer que se debería estar haciendo algo distinto a lo que se hace... de una insatisfacción constante que, tras un suceso trágico que ocurre a mitad de la historia, explosiona. En la novela pasan más cosas de las que no os he hablado, porque en una novela tan corta no se puede decir mucho más sin desvelar cosas importantes, pero el espíritu es el que os cuento. Y es una lectura muy recomendable, pero quien la afronte debe ser consciente de que se va a adentrar en una narración pausada y nostálgica, donde pasan grandes cosas agazapadas detrás de aparentes nimiedades, y que es muy de personajes, para bien o para mal.



Eduard Graf von Keyserling nació en el castillo de Paddern, cerca de Hasenpoth (Aizpute), Curlandia, en 1855. Miembro de una antigua y noble familia alemana del Báltico, y familiar del filósofo Hermann Keyserling, estudió en la Universidad de Dorpat, pero fue obligado a abandonar sus estudios debido a un incidente que le alejó de los círculos aristocráticos. Tras mudarse a Viena, continuó estudiando y empezó a familiarizarse con las ideas sociales del naturalismo. Fue entonces cuando comenzó a publicar.
 
Posteriormente se trasladó a Múnich, de donde, a excepción de una corta estancia en Italia, ya no saldría. Allí frecuentó nuevos círculos artísticos, entre los que se encontraban L. Corinth, M. Halbe, R. Kassner y F. Wedekind. Durante esta etapa escribiría muchas obras de teatro, pero lo que le condujo al verdadero reconocimiento fueron sus novelas. 
 
Ya enfermo de sífilis, en 1904 publicó la novela Un ardiente verano (Nocturna, 2010). En 1908 se quedó ciego y hubo de dictar sus últimas novelas a sus hermanas, hasta su muerte en 1918.