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lunes, 14 de septiembre de 2020

RESEÑA (by MH) ::: LA NINFA CONSTANTE - Margaret Kennedy



Título original: The Constant Nymph
Autora: Margaret Kennedy
Editorial: Alba
Traducción: Román A. Jiménez
Páginas: 342
Fecha publicación original: 1924
Fecha esta edición: septiembre 1998 
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: Descatalogado (disponible de 2ª mano)
Ilustración de cubierta: Detalle de Jeunes filles au bord de la mer (Pierre Ouvis de Chavannes)

La ninfa constante tiene como protagonista a los Sanger, una compleja familia a cuyo frente está un padre músico y compositor, completamente embebido en su propia obra y partidario de una educación antiautoritaria. Su muerte provocará el choque de su descendencia con las normas sociales. 
Ésta fue una novela rompedora y muy popular, cuando se publicó en 1924. De hecho, fue uno de los mayores best-sellers del siglo. De ella se han hechos versiones teatrales y cinematográficas así como incontables traducciones.
Os habréis dado cuenta de que este año estoy hablando de muchos clásicos en ediciones ya descatalogadas, pero que eso no os eche para atrás si os interesan. Por desgracia muchas de estas novelas jamás se reeditan, y aunque a los lectores interesados nos toca hacer un poco de cazatesoros en busca de un ejemplar en buen estado que no cueste la mitad del sueldo mensual, no fue el caso del libro que nos ocupa, que encontré sin problemas de segunda mano. Así pues, hoy os hablo de otra novela desaparecida en las librerías: La ninfa constante, de Margaret Kennedy.

Albert Sanger es un músico y compositor desconocido en Inglaterra, su país de origen, pero con mucha influencia en Europa. Sanger tiene mucho ego pero poco dinero en los bolsillos; sobrevive gracias a lo que le va prestando su vasto elenco de amistades, y así es como mantiene a su numerosa familia, compuesta por siete hijos de tres madres diferentes que viven todos juntos en una casa en los montes del Karwendel, en Austria. Sanger aboga por una educación libre y antiautoritaria, y así pasan los días sus hijos sin ningún tipo de escolarización, sin ninguna guía moral y sin ningún aprendizaje para desenvolverse socialmente. A pesar de sus apuros económicos, Sanger se permite el lujo de invitar constantemente a sus amigos a pasar temporadas en su residencia, y así es como comienza la historia, con la llegada de Lewis Dodd, compositor mucho más joven que Sanger, al que admira profundamente, y que está plenamente integrado en la familia, con la que pasa largas temporadas de manera frecuente. Tessa, la hija de catorce años de Sanger, está enamorada de él desde siempre, pero no se trata de un amor pasajero o adolescente. Está segura de que sus almas se pertenecen, que están hechos el uno para el otro, y que solo deben esperar a que ella sea algo mayor para comenzar la relación. Todo salta por los aires cuando Sanger muere repentinamente y Florence, una hermosa prima inglesa a la que no conocen, aparece en la residencia para hacerse cargo de sus primos pequeños, atrayendo de inmediato la atención de Lewis.

La ninfa constante es una sinfonía de personajes en la que, aunque todos tocan sus instrumentos a la vez, son incapaces de hacerlo de manera armónica, y eso hace que se pasen todo el libro anhelando lo que no tienen y despreciando lo que consiguen, dando vueltas unos alrededor de los otros, buscándose y rechazándose una y otra vez. Aunque hay muchos músicos en esta orquesta discrepante, tres son los que principalmente nos interesan. 

Lewis Dodd utiliza la crueldad verbal como mecanismo de defensa; es inmaduro y arrogante, se muestra hostil con el único fin de herir a la gente que tiene cerca, y dentro de ese corazón del que huye constantemente solo hay espacio para la delicada y joven (muy joven) Tessa Sanger. Cuando se casa con Florence y vuelve al mundo socializado y etiquetado del que huyó muchos años atrás, se da cuenta de su error y su mente y su corazón vuelven una y otra vez a Tessa, un sentimiento que tarda bastante en comprender. Ella, por su parte, ha crecido sin una guía de conducta y se rige, única y exclusivamente, por su instintos, sus sentimientos y su perspicacia e inteligencia. Su amor por Lewis es constante, inalterable y sólido a lo largo del tiempo (ella es la ninfa adolescente del título), se siente con todo el derecho del mundo a estar en la vida de Lewis, y tiene que aprender y asimilar a marchas forzadas unos estándares sociales y éticos que desconoce; pero no es una adolescente corrompida, conserva una dignidad y una inocencia que chocan con el mundo en el que de repente se ve envuelta y en el que se ve obligada a tomar decisiones con unas armas que no sabe usar. Y por último está Florence, esa prima que empieza la historia tremendamente segura de sí misma, con unas ganas enormes de hacer algo por sus primos, que se enamora del tímido Lewis en los montes austríacos y que no puede evitar sentir rechazo por Tessa, un rechazo que irá in crescendo a lo largo de toda la novela porque le resulta imposible abstraerse de una nube que no puede ver, pero que sí percibe. Lewis ejerce mucho poder sobre ella, tan pronto la saca de sus casillas como la seduce y la doblega, y esa dinámica, con Tessa de fondo, constante, paciente, hace de Florence el personaje con una degradación más terrible y retorcida a lo largo de la historia, degradación de la que ella es plenamente consciente.

Y llegados a este punto creo que resulta evidente que la historia gira en torno a este triángulo amoroso, un triángulo en el que una de sus componentes empieza la historia con catorce años, así que saco yo el tema antes de que alguien me lo comente. No estamos ante nada parecido a la Lolita de Nabokov, o no al menos en el modo de plantearlo y presentarlo ante el lector. Margaret Kennedy pone límites y mucha sensibilidad en el modo en que hace avanzar la historia y, de hecho, sin poder (obviamente) ser más explícita, el final es quizás la mayor representación de esos límites. La relación entre Lewis y Tessa se mueve en el terreno de lo íntimo y lo platónico, es algo que está ahí, que todos en esa poco convencional familia dan por hecho, y que incluso resulta evidente para quienes los ven juntos y no conocen los antecedentes y ni la historia que hay detrás, pero ellos, protagonistas del drama, andan muy perdidos en cuanto a los pasos que deben dar. Lewis y Tessa se pertenecen el uno al otro, pero no estamos ante una historia sórdida ni de atracción sexual hacia una menor. Es difícil de explicar sin desvelar demasiado, pero confiad en mí: no lo es.

Aun así, si os dijese que he empatizado con alguno de los personajes os mentiría. Ni siquiera Tessa, la que representa en esta historia la bondad, piedad, constancia, amor incondicional, honestidad e integridad, me ha llevado a su terreno. No sabría deciros por qué, salvo que todos los personajes tienen un algo que me produce rechazo, unos por unas razones y otros por otras. Y ahí está la virtud del libro, que te comprometes con la historia no solo a pesar de sus personajes, sino precisamente a causa de ellos, porque si no fueran como son, si no representasen lo que representan, la historia no tendría razón de ser.

Más allá de todo esto, La ninfa constante trata muchos temas adyacentes. Enfrenta la educación estandarizada con la educación libre sin escolarización, el estilo de vida bohemio y extravagante con el estilo de vida ordenado y convencional, el arte como talento esencial (en la familia Sanger todos saben cantar, componer o escribir, pero poco más) con los conocimientos prácticos y útiles para el día a día, y, sobre todo, la libertad con la que viven y asumen sus sentimientos y su sexualidad los componentes del bohemio circo Sanger (tal y como ellos se denominan) con respecto a los demás personajes. Me ha gustado mucho el estilo narrativo de Margaret Kennedy, ese modo sutil que tiene de decir las cosas sin resultar explícita, la manera en que se sumerge en el yo interior de sus personajes y les hace enfrentarse a ellos mismos, la delicadeza con la que aborda temas muy complicados de encarar y la honradez con la que encaja todo. Estoy segura de que el final no será del gusto de todo el mundo; yo, ciertamente, no lo esperaba, y se ofrece a debate, debate que no se puede entablar desde aquí.

Os contaría más cosas, pero ya está bien. Sé que hay al menos un segundo libro que sigue a otros personajes de la familia Sanger, pero creo que jamás se ha publicado en castellano. Aun así, Ediciones del Viento anunció hace poco que va a publicar ya mismo otra obra de esta autora, La sonrisa olvidada, y eso ya es una buena noticia. También hay al menos un par de adaptaciones cinematográficas;  la más famosa se estrenó en 1943 y está protagonizada por Charles Boyer en el papel de Lewis Dodd y Joan Fontaine en el papel de Tessa (con veinticinco añazos y toda una mujer interpretando a una adolescente aniñada de catorce... imagino que de otro modo no hubiese pasado la censura de la época). La tengo en casa, pero no me ha dado tiempo a verla y traeros impresiones. Lo intentaré más adelante, pero de momento os dejo el tráiler.

 




Margaret Kennedy (1896-1967) fue una novelista y dramaturga inglesa. Nacida en Londres, acudió al Cheltenham Ladies' College antes de estudiar Historia en Somerville College, Oxford. Quizá se la conoce sobre todo por la novela de 1924 La ninfa constante, pero recibió constante aplauso crítico por sus obras, principalmente por Troy Chimneys, por el que recibió el premio James Tait Black Memorial Prize de 1953. 

La ninfa constante en su propia adaptación fue exitosa en los teatros del West End, que inauguró el Teatro Noël Coward, con Noel Coward y Edna Best en septiembre de 1926. Noel Coward tuvo un ataque de nervios durante la representación y fue reemplazado por John Gielgud. Fue adaptada a la pantalla en 1928 por Adrian Brunel y Alma Reville, dirigida por Brunel y Basil Dean, y con los actores Ivor Novello, Mabel Poulton y Benita Hume. 

Su obra dramática posterior incluía Escape Me Never en 1934, escrita para que la protagonizara Elisabeth Bergner quien posteriormente apareció en la versión para el cine, por la que fue nominada a un premio de la Academia.

jueves, 10 de septiembre de 2020

RESEÑA (by MH) ::: RICEYMAN STEPS - Arnold Bennett




Título original: Riceyman Steps
Autor: Arnold Bennett
Editorial: Singular
Traducción: Raquel Duato García
Páginas: 304
Fecha publicación original: 1923
Fecha esta edición: noviembre 2018
Encuadernación: cartoné
Precio: 23,50 euros
Imagen de cubierta: Riceyman Steps en 1924, año posterior al año de publicación de la novela (del origen de la horrenda farola troquelada no hay constancia en la edición)





 
Riceyman steps es una novela de libros, de miseria, de amor, de Londres... de todo lo humano. A través de unos personajes que muestran las sombras o la luz con la que cada uno alumbra o ensombrece su vida,  nos habla de los grandes temas sirviéndose de la intimidad de un matrimonio en una pequeña librería de segunda mano. Lo mejor y lo peor, la desdicha y la esperanza, florece y nos refleja.
Admiro muchísimo a Arnold Bennett, un autor denostado durante mucho tiempo cuya obra, afortunadamente, se está recuperando poco a poco. ¿Denostado por quién? Por ciertos círculos artísticos, literarios y esnobs de su propia época (y modernos, muy modernos ellos) que no gustaban de su espíritu clásico y naturalista, y si a ellos no les gustaba, no le podía gustar a nadie más, así que se encargaron de atacarlo (¿acosarlo?) públicamente una y otra vez y de condenarlo al ostracismo. ¿Quién era esta aristocracia intelectual, tal y como ellos se autodenominaban? El Círculo de Bloomsbury en general y Virginia Woolf en particular; la buena de Virginia atacó sin piedad a Bennett durante años aprovechando cada oportunidad que se le presentaba. Este tema, que se trata en el prólogo de esta edición, es de sobra conocido para quienes seguimos la vida y obra de Arnold Bennett desde hace tiempo. No voy a entrar en esto, internet está lleno de artículos sobre el tema para quien le interese. ¿Mi opinión? Ay, si yo os contara... pero no voy a hacerlo. Yo aquí he venido a hablar de Bennett.

En cualquier caso, tal y como digo, esa corriente cambió hace unas décadas y el grandísimo escritor que fue por fin comenzó a recibir reconocimiento y el lugar de honor que le corresponden dentro de la literatura. Solo os he traído a Bennett al blog con ocasión de mi especial de clásicos por Halloween en 2018, cuando os hablé de El fantasma. Tampoco es que nos haya llegado mucho en castellano de este autor por los motivos que os comento; la mayor parte de su obra está todavía inédita o completamente descatalogada, pero desde hace algunos años van apareciendo traducciones por estos lares. Os podréis imaginar que cuando salió Riceyman Steps, esa novela a una cubierta horrible pegada, se abrieron los cielos de mi alegría. Hoy me toca hablaros de ella

Estamos en 1919, en un Londres todavía en plena recuperación de la Gran Guerra. Henry Earlforward regenta una librería de viejo a los pies de Riceyman Steps desde hace un par de décadas. Su propia familia (los Riceyman, aunque él no lleve su apellido) dio nombre a esta zona de Clerkenwell, y eso le da un pedigrí del que está muy orgulloso. Supera los cuarenta años, pero una leve cojera le libró de tener que acudir al frente; durante la guerra la librería se convirtió en refugio para las mujeres del barrio que, mientras esperaban noticias de sus hombres, pasaban el tiempo leyendo novelas baratas, así que Henry sacó buen provecho de tiempos muy difíciles. Sí, las cosas le han ido bien, ha amasado mucho dinero, ha hecho del ahorro extremo su afición preferida y se jacta de no haberse enamorado nunca... hasta que la señora Violet Arb abre una pastelería justo enfrente de su librería y conoce por primera vez el amor. Es perfecta, muy femenina, con mucho carácter y una opinión sobre casi todo... pero lo mejor es que, en apariencia, comparte su sana obsesión por no gastar un penique de más. Ve en ella a su alma gemela y se casan, contratan a una criada a tiempo completo... y la vida deja de ser lo que era, porque el matrimonio es otra cosa. Henry deja a Violet a sus anchas en algunas cosas, pero le deja muy claro que nada nada de gastos innecesarios, y para Henry todo es un gasto innecesario.

El Londres de Riceyman Steps es el Londres de la zona de Clerkenwell justo después de acabar la Gran Guerra. Barrio de trabajadores, de familias numerosas hacinadas en pocas habitaciones, de soldados con neurosis de guerra y de viudas, muchas viudas. De hecho, dos de nuestros tres protagonistas son dos mujeres viudas. Una, Elsie, apenas ha cumplido los veinte años; la otra, Violet, ha pasado de los cuarenta. Ambas han vivido matrimonios en circunstancias muy diferentes y se enfrentan a su futuro solas también de un modo muy distinto. Frente a ellas está Henry, un librero que se ha pasado media vida solo sin más afición que meter oro en su caja fuerte y que no calcula los costes de meter a dos mujeres en su refugio lleno de polvo y de manías de soltero. Henry se apaña con apenas nada y no da importancia alguna a cosas como tener la bañera y la escalera llena de libros, una cama sin sábanas o una cocina que no se usa desde hace años. No le importa invertir en libros, vive por y para su librería, pero los demás gastos son superfluos, y el choque de trenes que supone su particular obsesión por el ahorro, el descubrimiento de que su mujer no comparte sus opiniones extremas sobre el dinero y la incorporación a la familia de una criada que esconde un mundo interior mucho más complejo de lo que parece, será determinante en el desarrollo de la novela.

Y es que el contexto es muy importante en la historia, pero Riceyman Steps es lo que es por sus personajes. Alrededor de ellos gira todo, y sus acciones probablemente serían las mismas tanto en esta época de posguerra como en cualquier otra época. El inicio del romance entre Henry y Violet, con su posterior boda y traslado ya como matrimonio a la librería (Henry vive como soltero en las habitaciones de arriba y ahí se muda Violeta al casarse) puede dar la idea de que ellos son los reyes de la función, pero a mi modo de ver, la gran tapada de esta historia, la que se desvela como EL personaje de Riceyman Steps, es Elsie. Elsie limpia, y limpia, y limpia, nunca pone mala cara a sus señores, es práctica, rápida en tomar decisiones... pero es un personaje que tiene un dolor enquistado desde el inicio de la trama, un dolor que solo el lector conoce pues no lo comparte con nadie, y el propio lector es testigo del modo en que Elsie da salida a ese dolor y la visibilidad que Arnold Bennett otorga a este tema. Lo cierto es que Elsie va ganando tanta importancia a lo largo de las páginas que casi acaba arrinconando a los otros dos personajes protagonistas, pero poco más puedo decir al respecto.

Quien haya leído varias obras de Bennett sabe que va a encontrarse con un autor nada acomodaticio. Sus novelas nunca huelen a terreno ya transitado por él con anterioridad, no es de esos autores que "una vez leído uno, leídos todos", y su capacidad para sorprender al lector es innegable (esa inteligencia para reinventarse en cada historia me recuerda mucho a Julian Barnes). Y en Riceyman Steps lo vuelve a hacer: no sé qué me esperaba pero no era lo que me he encontrado, lo que empieza siendo una cosa acaba en un plano completamente diferente, y el espectro emocional que abraza conforme se van sucediendo los acontecimientos fluye de un modo que creo que es muy difícil de predecir en las primeras cien páginas. Me ha parecido un libro magnífico con el que no hay que dejarse engañar por las apariencias.

¿A qué viene esto? Os cuento. Cuando llevaba leído un tercio del libro tenía muy claras las cosas de las que quería hablaros, hacia donde quería orientar la reseña, hacer hincapié en el humor con el que Bennett afronta las cosas del día a día de unos personajes más reales de lo que parece a primera vista si dejamos a un lado sus peculiaridades... hasta que la historia me pilló con el pie cambiado y lo que yo creía que era ya no lo era tanto. Y ya no sé cómo hablaros de Riceyman Steps sin dar pie a confusiones sobre lo que podéis esperar del libro, porque me resulta difícil hablar sin desvelar esos cambios de energía y tono de la narración. Sí os puedo decir que es una novela mucho más heterogénea de lo que podáis pensar si os adentráis en las primeras páginas; también es insólita por el modo que tiene de contar lo que cuenta. No diría que es una historia rara pero sí peculiar, sorprendente, cautivadora y con una intensidad singular que no sabes hacia donde te lleva pero vas igualmente, y cuando llegas donde el autor quiere llegar, sabes que ese final no podía ser de otra manera. Las inflexiones y los matices del libro se intercalan y fluctúan constantemente durante toda la historia, y por eso, al cerrar sus páginas, el lector tiene la sensación de haber pasado por un montón de estados de ánimo diferentes que a priori podrían encajar mal, que están de hecho destinados a encajar mal, y que sin embargo Bennett combina perfectamente. 

Riceyman Steps es, en pocas palabras (a buenas horas abrevias, diréis), un libro que huye de etiquetas. Lo que empieza con humor, ingenio, ironía y charming inglés, deriva hacia algo muy diferente para lo que no todos los lectores estarán preparados. Aborda temas muy serios que no esperas (y de los que no puedo hablar para no desvelar el avance de la trama) y lo hace de una manera que tampoco esperas, y el conjunto resultante es inquietante, pero en el buen sentido literariamente hablando. A mí me ha gustado muchísimo y me ha convencido, pero creo que es una historia para lectores sin ideas preconcebidas, que no busquen nada concreto en un libro salvo una historia que les coja de la mano y les sorprenda. No puedo asegurar que la sorpresa sea buena para todos los que se acerquen a ella, y tampoco puedo asegurar que estos personajes y sus acciones sean del gusto general, pero de valientes está lleno el mundo y a las historias diferentes hay que darles siempre una oportunidad.

Para terminar, y por si a alguien le interesa, os confirmo que esta escalinata conocida como Riceyman Steps, que une King's Cross Road y Granville Square, y que podéis ver en la cubierta del libro en una imagen de la época en la que fue publicado
(detrás de la farola...), existió realmente y sigue haciéndolo en la actualidad, aunque ha cambiado de nombre. Ahora se llama Gwynne Place, y muy cerca de allí se puede ver una placa colocada por la Arnold Bennett Society homenajeando la librería ficticia en la que tiene lugar toda la trama de esta novela. Si alguna vez vuelvo por Londres (espero, deseo, anhelo que así sea), intentaré por todos los medios visitar Riceyman Steps y añadirla a mis visitas literarias de la ciudad.





Enoch Arnold Bennett (Hanley, 1867 - Londres, 1931). Bennett nació en mayo de 1867 en Hanley, Inglaterra, lugar que le servirá de modelo para uno de los «Five Towns» de sus novelas, y que en 1910 se uniría a otras cinco grandes villas para formar la ciudad de Stoke-on-Trent, en Staffordshire.

Su primera infancia estuvo marcada por la escasez, pero su familia vino a mejor fortuna cuando a su padre le ofrecieron un puesto de abogado. Bennett trabajó con él, pero pronto comenzaron las disensiones entre ambos y el joven Bennett se marchó a Londres, donde empezaría a dedicarse al periodismo. Durante un tiempo fue ayudante del editor de la revista Woman. Comenzó a escribir entonces una novela por entregas que se convertiría en Grand Hotel Babylon (1902). 
A partir de 1900 se consagraría por completo a la literatura. Su primera novela, A Man from the North (1898), en gran medida autobiográfica, fue muy bien acogida por la crítica. Le siguió Anna of the Five Towns (1902), el primero de una serie de relatos centrado en la rutina diaria de la zona de los Potteries, área industrial de Staffordshire. Entre 1903 y 1911, Bennett se instaló en París. Durante estos años publicó la novela Enterrado en vida (1908) y la que sería su obra más aclamada, Cuento de viejas, considerada una obra maestra. En 1911 viajó a América donde fue recibido como lo fuera Dickens en su época. Con un continuado éxito de crítica y lectores, Bennett siguió escribiendo obras como la serie publicada entre 1910 y 1918 formada por las novelas Los Clayhanger, Hilda Lessways, Estos dos y The Roll-Call
En 1922 se separó de su esposa francesa y se enamoró de la actriz Dorothy Cheston, con quien viviría hasta su muerte, acaecida en su casa de Baker Street en Londres, en 1931. En 1923 recibió el Premio James Tait Black por su novela Riceyman Steps.

jueves, 3 de septiembre de 2020

RESEÑA (by MH) ::: LA MONJA ALFÉREZ - Thomas de Quincey




Título original: The Spanish Military Nun
Autor: Thomas de Quincey 
Editorial: Pre-Textos
Traducción: Luis Loayza
Prólogo: Luis Loayza
Páginas: 148
Fecha publicación original: 1842
Fecha esta edición: mayo 2006
Encuadernación: cartoné con sobrecubierta
Precio: 15 euros



Catalina de Erauso, la monja vestida de hombre que recorrió la América española, debió de ser un personaje brutal, un asesino ocasional que contaba sus crímenes con indiferencia y un soldado castigado por su crueldad con los indios. En la obra de De Quincey, Catalina se convierte en una muchacha hermosa y lozana, un héroe militar, una heroína romántica que por la fuerza de las circunstancias y cierta viveza de genio -que su autor encuentra disculpable- reparte estocadas entre los insolentes pero mantiene siempre el sello de pureza y religión de sus años de convento.

De Quincey, que nunca cruzó el Canal, que nunca levantó la mano contra nadie, fue uno de los grandes aventureros ingleses, a quien una botella de láudano transportaba del silencio de su biblioteca a reinos más extraños que el Perú. El azar de una lectura lo movió a recrear los duelos, persecuciones y naufragios de una muchacha, de la sombra de una muchacha, a la que dio vida no con documentos que no se ocupó en leer, sino con su propia imaginación, espléndida y atormentada.
Hace un tiempo me propuse leer a Thomas de Quincey una vez al año, y aunque La monja alférez honra mi estantería desde a saber cuándo, no sé por qué siempre tiro para historias más góticas o de misterio, así que ya era hora de hincarle el diente. Y me arrepiento de no haberla leído antes; la he disfrutado un montón y me ha tenido con la sonrisa en la boca en muchos pasajes. Me da pena que se lea tan poco a este autor o que solo sea conocido por su archifamosa afición al opio, pero yo no cejo en mi empeño y todos los años lo invito a tomar el té en Netherfield (en el blog podéis leer las reseñas de Klosterheim y El vengador)

¿De qué va La monja alférez? Pues eso ya es más complicado de explicar. En principio se supone que es un ensayo biográfico de Catalina de Erauso, mujer nacida en San Sebastián en pleno siglo de Oro español... y digo "se supone" porque Thomas de Quincey se puso el mundo por montera y decidió contar la historia de Catalina que a él le pareció bien (un avance: se inventa muchas cosas. O las cuenta a su modo que no es el modo auténtico. O les hace un triple nudo para dejar bien a Catalina cuando no debería quedar tan bien), lo que hace que este libro tenga más de novela que de biografía, pero de eso os hablo más adelante. Primero hay que explicar quién fue la verdadera Catalina de Erauso... la de verdad.

Sin soltaros aquí la biografía pormenorizada de Catalina (para eso está Google), sí que quiero daros algunos de los datos clave que hicieron de esta mujer una figura muy, muy famosa en su época. Nació en un año indeterminado de la última quincena del siglo XVI, y fue ingresada en un convento a la edad de 4 o 5 años (de Quincey empieza fuerte abandonándola al nacer en el convento. marcando territorio desde el principio). Cuando contaba unos quince años (y siendo novicia, pues realmente nunca fue monja) se escapó, se cortó el pelo, se vistió como un hombre e inició su vida de prófuga. Tras recalar en diversas ciudades del norte de España y en vista de que su padre la estaba buscando (llegó a encontrarse con él, pero él no la reconoció), se embarcó hacia América, y ese fue el comienzo de su leyenda. Asesinó para robar, fue la única superviviente de un naufragio, habitó la celda de una prisión en varias ocasiones, volvió a matar (se llevó por delante a varios familiares), luchó al servicio de la corona y en la batalla de Valdivia masacró a cuantos indios mapuches pudo (fue entonces cuando recibió el título de alférez), intentaron casarla con señoritas enamoradas, se libró de la pena de muerte in extremis... Fue una mujer valiente con un lado violento y cruel, una superviviente que hizo lo que tuvo que hacer no solo para salvar la vida sino para ocultar su sexo en un entorno de hombres.

Esta, como os digo, fue la Catalina real. ¿Cómo es la Catalina de Thomas de Quincey? Maravillosa, una mujer simplemente maravillosa, honesta, honrada, valiente, generosa, carente de rencor y temerosa de Dios, que vivía su vida con la verdad por delante: si mataba era porque las circunstancias resultaban adversas y si hacía uso de la espada para todo era porque el mundo le había hecho así. Una heroína de carne y hueso vista desde una perspectiva romántica y aventurera con una vida llena de hazañas, peripecias y peligros que consiguió superar y solventar uno detrás de otro escapando de la muerte con más vidas que un gato (bueno, todo lo que viene detrás de "una vida llena de hazañas" es cierto). ¿De Quincey realmente admiraba a esta mujer tanto como parece en su biografía o simplemente, y a falta de tiempo de informarse y estudiar sobre ella (algo que está comprobado que no hizo porque el plazo de entrega apremiaba), decidió echar a volar la imaginación y contar su versión sobre ella, una versión mucho más divertida, novelera, idealizada y llena de picaresca? Yo apuesto por la segunda opción, pero a saber.

En cualquier caso, y por si a alguien le interesa, la propia Catalina dejó escritas unas memorias que no fueron publicadas hasta 1829 (se ha discutido mucho su autoría e incluso la existencia de esta mujer, pero hoy en día está más que probada). Catalina fue una auténtica celebridad en su época, volvió a España en olor de multitudes, fue recibida por Felipe IV, más tarde viajó a Roma y fue recibida por el papa Urbano VIII, recibió permiso para seguir vistiendo como hombre las ropas de soldado, se codeó con lo más granado de la época... Y su muerte fue tan misteriosa como su vida: no se sabe con exactitud cómo murió ni cuándo lo hizo salvo que fue cuando estaba de vuelta en América (de Quincey cuenta en el libro la versión que a él le parece más enigmática, pero hay varias teorías más y a día de hoy sigue sin saberse a ciencia cierta). Fruto de esas memorias surgieron varias biografías escritas por autores como Alexis de Valon, que fue la que siguió de Quincey... pero decir que la siguió es como decir que la miró de refilón y decidió fantasear con el resto. En resumidas cuentas: La monja alférez es la versión pseudonovelada de una biografía libre basada en una autobiografía. De aquellos barros, estos lodos. Y yo, que me lo paso pipa revolcándome en los susodichos, encantada de la vida.

Mirad, sé que este libro, históricamente hablando en cuanto a precisión de los hechos y el carácter de su protagonista, hace aguas por todas partes, y que los sucesos reales se solapan con el imaginario aventurero del autor y su decisión férrea de endulzar e idealizar el carácter y la vida de esta mujer, pero me lo he pasado tan bien leyéndolo que me lo he tomado como lo que es: una prueba más del genio de este hombre. Te lo imaginas sentado a una mesa con bebida suficiente al alcance de la mano y unos cuantos oyentes repartidos alrededor escuchándole contar las andanzas de la excelsa Catalina. Y él, en su salsa, se dirige constantemente a su público, le hace partícipe de ironías y chanzas varias, se los lleva a su terreno mientras narra mil aventuras, se ofusca y hace incisos para defender apasionadamente la figura de su adorada monja ante biógrafos malignos y malpensados, rompe el hilo de la narración de manera constante para contar cualquier cosa que a él le parece que viene a cuento y retoma la historia cuando le parece bien... De Quincey era un cuentacuentos magnífico, tenía un don especial para conectar con el lector y hacerle partícipe de lo que fuese que quisiera contarle, y de ese talento hizo su seña de identidad.

La monja alférez real fue un personaje apasionante y muy cuestionable cuya misma existencia, vivencias y logros cuesta imaginar en una época distinta a la que vivió. Solo por eso merece la pena conocerla. Pero si a eso unimos la monja alférez imaginaria, la de Thomas de Quincey, esa que, además de vivir todo lo que vivió la real, tenía trazas de heroína trágica, entonces tenemos toda una novela histórica de aventuras donde los sucesos más impensables, los que parecen más ficticios y fruto de la imaginación desbordante del autor, son precisamente los más verídicos, convirtiendo la lectura en una sucesión de sorpresas, andanzas, malentendidos y cambios de escenario de lo más variopintos. Aderezamos todo esto con la narración inteligente, ágil, irónica, divertida y aguda del autor británico, y tenemos un libro que palpita, que tiene vida, que se disfruta y que se queda en la memoria de quien lo lee. Yo repetiré lectura en un futuro no muy lejano. Acabo de terminarla y ya me pide el cuerpo volver a adentrarme en ella.

No quiero recomendar abiertamente, que si luego no gusta la recomendación se me clava una espinita y duele, pero... ¿por qué no se lee más a Thomas de Quincey? ¿Por qué tiene tan poquita visibilidad? Lo sé, lo sé, la competencia es dura y los temas que trata a priori pueden no parecer interesantes, pero os aseguro que si se hacen a un lado a esos prejuicios y conocéis su forma de contar las cosas, querréis repetir. O no, a saber... lo mismo me ciega la veneración absoluta que le tengo y tras leerle decidís que nunca más. Yo seguiré en mis trece, seguiré dedicándole al menos una entrada anual en el blog (o dos, o tres, si se puede), y seguiré diciendo que es una gozada leerle. Una auténtica gozada. 

Aunque se supone que debe haber muchos retratos sin identificar de Catalina de Erauso, solo uno está confirmado como suyo, y es el que os muestro. Y termino :)


Thomas de Quincey (Manchester, 15 de agosto de 1785-Edimburgo, 8 de diciembre de 1859), hijo de un acomodado comerciante, recibió una esmerada educación, con una especial incidencia en las disciplinas clásicas (a los trece años escribía griego), a cargo de preceptores particulares. A los 17 años se escapó de casa y vivió en Gales y Londres. De regreso estudió en el Worcester Collage de Oxford. De allí arranca su proverbial adicción al opio. Las necesidades económicas (había dilapidado su fortuna) y la numerosa prole a la que tenía que alimentar (tuvo ocho hijos) le obligaron a trabajar como periodista. La mejor biografía de Thomas de Quincey nos ha sido legada por el propio escritor en tres entregas: Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), Suspiria de profundis (1845) y Apuntes autobiográficos (1853).
 
Erudito, original, transgresor, imaginativo, laberíntico y crítico, no sólo literario sino de la sociedad de su tiempo, constituye una referencia fundamental para la estética del Decadentismo.

Su biblioteca, integrada por más de 5.000 volúmenes, contenía obras de Homero, Sófocles, Píndaro, Horacio, Tito Livio, John Milton, Robert Burton, John Donne, Francis Bacon, Jonathan Swift, Francois Rabelais, Laurence Sterne...

De ella dijo: Los libros son los únicos artículos de propiedad en los que soy más rico que mis vecinos.

miércoles, 26 de agosto de 2020

RESEÑA (by MH) ::: HACE CUARENTA AÑOS - Maria van Rysselberghe




Título original: Il y a quarante ans
Autora: Maria van Rysselberghe
Editorial: Errata Naturae
Traducción: Regina López Muñoz
Epílogo: Natalia Zarco
Páginas: 88
Fecha publicación original: 1936
Fecha esta edición (2ª): diciembre 2012
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 12,90 euros 



Estamos a finales del siglo XIX, en una playa del Mar del Norte donde nacerá una pasión absoluta y singular entre Émile y Maria. Será ésta quien nos cuente, cuarenta años después, cómo fue aquel breve y fascinante amor hecho a medias de exaltación y de sumisión. Lo fugaz y lo eterno, así como lo imposible —pues ambos están casados—, marcan esta poderosa historia que nos recuerda en ocasiones a Stendhal y a Flaubert y que se anticipa a las novelas de Marguerite Duras o a las películas de Ingmar Bergman.

Pocas veces se ha dicho tanto y tan bien sobre el amor arrebatado y sobre su engarce en la realidad, aunque sea ésta una realidad de escritores y pintores bohemios al margen de «lo convencional»… y en el límite de lo onírico, como en algunas grandes obras de William Shakespeare.


Una joya secreta de la literatura europea del siglo XX.

Una historia de amor escrita con una elegancia absolutamente única.

No me preguntéis cómo di con este libro, porque no lo recuerdo. Solo sé que cumplía las dos máximas que más me suelen llamar en la mesa de una librería: era un clásico y había estado inédito en castellano hasta el momento de esta edición. Encima no había oído hablar jamás de la autora, así que todas estas condiciones juntas para mí suelen ser compra segura. Y ahora me veo aquí, en la tesitura de hablaros de él, y resulta muy complicado porque todo lo que se cuenta en este relato es muy íntimo, muy personal y muy real; adolece de esa belleza que se disfruta desde fuera pero que resulta fácil mancillar si no se manipula con cuidado, y no dejo de preguntarme que quién soy yo para intentar diseccionar esa intimidad en palabras que en ningún caso le podrán hacer justicia.

Las imágenes que nos han llegado de Maria van Rysselberghe son retratos en su mayor parte pintados por su marido, el pintor belga Théo van Ryssselberghe. Maria amó a su esposo, pero también hubo un momento en el que amó profunda e intensamente al poeta Émile Verhaeren. Émile, también casado, era mayor que Théo, más maduro, pero pertenecían al mismo grupo de amigos. Por determinadas circunstancias Maria y Émile vivieron juntos, a solas, sin sus respectivas parejas, durante unas semanas en una casita junto al mar, y apenas unos dias en su mutua compañía sirvieron como ascuas para un fuego que ardió mientras ellos lo permitieron. Cuarenta años después de aquellas semanas, cuando todos los implicados han fallecido (Émile, su esposa, y el propio marido de Maria, Théo), y estos recuerdos íntimos no podían hacer daño a nadie, Maria habló sobre ellos, les brindó una existencia invisible hasta entonces. Aun así evita dar nombres reales, Émile se convierte en Hubert, y de este modo asistimos al amor entre Hubert y la narradora de esta historia.

Sabemos desde el principio que el amor entre Hubert y Maria es un amor condenado al fracaso, una relación extinta desde su nacimiento y que, sin embargo, está viva de principio a fin. Rezuma embriaguez de los sentidos y del intelecto, y un apasionamiento que a veces tiene mucho de mansedumbre en el caso de Maria. Hubert es el que marca el compás, el que lo inicia todo dando voz a lo que hasta ese momento solo eran sentimientos contenidos y horas compartidas junto a un libro, y el que, llegado, cierto momento, tiene que decidir si antepone la fidelidad a la infidelidad. Maria no se ve capaz de tomar ninguna de esas dos decisiones, pero las acata: no se resiste cuando la infidelidad es un hecho, ama a través de poemas y palabras, y no se humilla cuando hay que tomar una decisión que ninguno quiere tomar. Ambos afirman amar a sus cónyuges y no estar dispuestos a renunciar a ellos, pero al mismo tiempo no pueden evitar amarse como lo hacen, complementarse como lo hacen, sentir que una parte de ellos ha florecido gracias a lo que el otro ve en ellos. Así que, sabiendo que es una relación efímera, que jamás tendrá consistencia ni futuro fuera de esa casita junto a la duna, se entregan a ella en alma (sobre todo en alma) para hacer de esas semanas algo inolvidable.

El amor entre Hubert y Maria es un amor de paseos, de conversaciones, de frases robadas de libros. No es un amor consumado ni un amor físico... es la conjunción de dos almas gemelas que tejen su ternura y su pasión en torno a detalles e instantes prendidos en el día a día de una elegancia y sutileza exquisitas, tan ingrávidos que apenas seríamos conscientes de su existencia si no fuese porque ellos se empeñan en darles consistencia y dimensionalidad en voz alta. Porque así es la prosa de Maria: delicada, sutil y melancólica. Lo que cuenta es importante tanto para el lector como, sobre todo, para ella, pero el modo en que lo cuenta es lo que confiere a este relato el aura de lienzo semitrágico que lo impregna todo. Hace cuarenta años es como tener un cuadro frente a nosotros y poner un pie dentro de él, luego el otro y, una vez dentro, contemplar desde lo más profundo de sus pinceladas y gestos lo que se esconde detrás de esos dos enamorados que pasean del brazo junto al mar en colores ocres y azulados. Maria cuenta su historia, quizás no es la historia que muchos querrían leer, pero es la historia que fue y que no tuvo ninguna oportunidad de ser de otra manera.

Como lectora del siglo XXI no he dejado de sorprenderme durante toda la lectura por la libertad con la que al parecer vivieron aquellas semanas juntos. Estamos hablando de un hombre y una mujer, no solo no casados entre ellos sino casados con otras personas, viviendo a solas en una casa a finales del siglo XIX con la aparente connivencia y beneplácito de todo el mundo (sus correspondientes cónyuges, familiares que visitan, amigos que se pasan por allí...). Se les presupone una mentalidad abierta y bohemia, son todos artistas en sus respectivos campos, pero en cierto momento se da a entender que la esposa de Hubert sufre, sospecha... así que esa sensación de libertad en cierto modo se resquebraja y te preguntas qué circunstancias pudieron propiciar un momento así en sus vidas. Maria no da más explicaciones salvo que ella estaba allí y él necesitaba pasar tiempo junto al mar. Insuficiente desde el punto de vista histórico y social, pero más que suficiente para ella, cuyo interés al escribir estas páginas descansa, obviamente, en otras cosas.

Ya os lo decía en el primer párrafo, Hace cuarenta años respira intimidad, las entrañas del nacimiento de un amor en la cotidianidad de dos personas que viven juntas y aisladas cuando ese amor comienza a respirar. No se sustenta en encuentros fruto de la separación, en momentos arrebatados fruto de la contención, en gestos robados a la vista de la gente... Ambos se saludan en el desayuno, salen a pasear, se buscan a través de los ventanales cuando uno de ellos tiene que ausentarse, se retiran después de la cena y se declaran su amor buscando las palabras exactas en las cartas de Flaubert o los versos de Baudelaire... y entonces da comienzo un nuevo día. Maria van Rysselberghe evitó a toda costa otorgarle un tono superfluo, ampuloso y grandilocuente a algo que para ello significó tanto, y el lector que se acerque a este relato no debe buscarlo. A este lienzo hay que acercarse con respeto, porque Maria nos abre las puertas de su corazón sin diques que la protejan, y con cariño, porque sus protagonistas lo hacen lo mejor que pueden sabiendo que todo tiene un fin. Ellos se empeñaron en ser felices durante aquellas semanas, y debieron conseguirlo, porque cuarenta años después, Maria fue capaz de evocarlas con una precisión admirable.
El corazón sobre el que tan hondo marcaste tus pasos, amplia sombra, consiguió reverdecer de nuevo; sin duda, tanto o más que antes. Pero nadie logró ocupar el espacio del que tú te adueñaste. Nadie estuvo a la altura; nadie tenía ni la exigencia ni la generosidad necesarias.
Puesto que solo yo sobrevivo; puesto que, después de tantos años, mis recuerdos pueden ver la luz sin herir ya a nadie a mi alrededor, te los regalo, querida sombra. Es lo más hermoso que he cosechado para regalarte, y la sed que me dejaste sigue siendo tuya.
(20 de julio de 1894 - 29 de julio de 1934)



Maria van Rysselberghe (Bruselas, 1866 – Cabris, Alpes marítimos, 1959) es una de las más fascinantes escritoras «secretas» de todos los tiempos, una autora de culto de breve obra cuya leyenda ha seducido a numerosos lectores a lo largo de los años. Hija de una familia culta ligada al mundo del arte belga, y casada con el pintor Théo van Rysselberghe, fue también la amiga más cercana de André Gide, quien la bautizó como la «Petite Dame» por su pequeña estatura y presencia física. A partir de 1918 emprendió la tarea de registrar día a día y hasta la muerte de Gide (1951) todo aquello de lo que era testigo en la vida del escritor: frases, acontecimientos, el ambiente en el que vivía, la génesis de sus obras, su postura ante los sucesos de su época, su vida íntima… Durante un tercio de siglo llenó diecinueve gruesos cuadernos de «Notas para la historia auténtica de André Gide». Hoy en día esa crónica es conocida como Los cuadernos de la Petite Dame y, publicada por la editorial Gallimard, constituye un documento irremplazable para el conocimiento de toda una época de la literatura francesa y, en general, europea. Pero su obra no se compone exclusivamente de estos cuadernos: animada por Gide, escribió, al menos, dos textos fundamentales, traducidos por Errata naturae: Para un ruiseñor y Hace cuarenta años.