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miércoles, 30 de junio de 2021

RESEÑA (by MH) ::: VIDA DE UN BRIBÓN - Wilkie Collins


 

Título original: A Rogue's Life
Autor: Wilkie Collins
Editorial: Eneida
Traducción: Diego Alonso
Páginas: 200
Fecha de publicación original: 1856
Fecha esta edición: noviembre 2014
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 12,95 euros
Imagen de cubierta: Carl Sìtzweg (1808-1885, para revista Fliegende Blätter)


Llegué a este mundo con la gran fortuna de tener por abuela nada más ni nada menos que a lady Mortimer; por madre a una hija de esa honorable señora, y por padre al doctor Juan Federico Turner. (...) Pese a todo, confieso que soy, he sido y probablemente seguiré siendo un auténtico bribón. (...) 

En Vida de un bribón acompañamos, de la mano del incomparable Wilkie Collins, a un encantador truhán a lo largo de sus más humorísticas, emocionantes y grotescas aventuras. 

Una novela optimista y entretenida por la que desfilan una galería de inolvidables personajes e insólitas situaciones con los que el autor de La dama de blanco construye un imperdible fresco y una crítica ferozmente divertida de la moral, de las costumbres y de la sociedad.

 
Qué feliz me hace terminar el primer semestre del proyecto de Reseñas Cruzadas que comparto con mi querida Undine con mi no menos querido Wilkie Collins... La premisa que usamos para definir el mes fue "Autor que leemos cada año", y es una verdad como un templo. De hecho este no es el primer libro que leo de Wilkie este año, hace unos meses leí El público, ese desconocido, un libro de no ficción que recoge algunas reflexiones del autor sobre el arte, la literatura y la cultura que no tienen desperdicio. No lo traje por aquí, igual que no traje la novela corta que leí suya las pasadas navidades, Señora o señorita, pero creedme si os digo que Wilkie forma parte de mi rutina lectora, recurro a él cuando quiero sentirme como en casa con un libro en la mano y sí, soy muy fan de este señor, como ha quedado atestiguado en las cuatro ocasiones en que lo he reseñado anteriormente. Esta es, pues, la quinta, y si los mosquitos me dejan (me están acribillando right now), os hablo de qué me ha parecido Vida de un bribón (aunque tras esta oda a Wilkie no creo que haya dudas al respecto).
 
Desde la primera línea sabemos lo que tenemos entre manos: Francis Turner está decidido a contarnos su vida y cómo las circunstancias lo llevaron a convertirse en un bribón aun siendo de noble familia. Y es que las limitaciones y convenciones sociales de pertenecer a una familia de noble estirpe como la de los Mortimer sin un penique en el banco no le deja muchas opciones: quedan descartados el ejército, la iglesia y el mundo de los negocios, y encima no hay dinero para estudiar como un caballero. Alguien avispado sugiere que mejor sería que se casara con una heredera forrada de dinero, pero por desgracia nadie le hace caso. ¿Qué salida le queda al pobre Francis? Pues tirar de talento con el pincel y ganarse la vida vendiendo divertidas caricaturas, y qué mejor que usar como modelo a su familia y conocidos de la alta sociedad. Cuando le pillan, queda claro que su familia no comparte la diversión y encima le echan de casa, es cuando empieza la existencia de bribón buscavidas de Francis, en la que ejercerá diversas profesiones muy poco legales amén de disfrutar de una breve e instructiva estancia en la cárcel, que a Francis le gusta vivir bien pero pagar poco por hacerlo. ¿Existe algo que pueda reconvenir una vida tan disipada como feliz e inofensiva? Claro que lo hay... l'amour!! Pero no os confundáis, que estamos en una novela de Wilkie Collins, y a este señor le gustaba más el misterio que a mí un té con limón, así que entre tanto jijijaja y romance, aun le da tiempo a sumergirnos en un poquillo de suspense.
 
Vida de un bribón fue publicado inicialmente en 1856 en Household Words, la revista que Charles Dickens editaba semanalmente durante la década de 1850. Aunque esta novela corto gozó de mucho éxito, Collins retrasó constantemente la publicación en formato libro porque su intención era la de continuar las aventuras del protagonista allá donde terminaba la historia original; finalmente se dio cuenta de que era un proyecto que nunca llevaría a cabo y en 1879 volvió a publicarla con algunos ligeros cambios pero manteniendo el mismo desenlace. En el momento de esta reedición, Wilkie Collins confesó que la exhuberante alegría que desprende la historia es fiel reflejo de la etapa en que escribió la novela. Vivía en París, tenía a Dickens de vecino y las compañías que frecuentaba estaban relacionadas con el arte y la literatura. Fue una época muy feliz de su vida y esa felicidad se transmite en el tono festivo, irónico y bullanguero de buena parte de la narración.

¿Qué podemos encontrar entonces en Vida de un bribón? Pues algo que a Wilkie Collins le gustaba mucho hacer y además se le daba muy bien: una mezcla de géneros variopinta que van alternándose y predominando según necesita la trama a lo largo de las páginas. Por eso tenemos un comienzo fuertemente humorístico e irónico no carente de crítica social en el que la presentación que el protagonista hace de sí mismo y de sus circunstancias y avance en el mundo laboral despliega una sonrisa tras otra en la boca del lector. Este tono se mantiene hasta que entra en escena un cambio en su situación afectiva, en el que se pierde parte de esa ironía tan explícita y no solo se nos enamora, sino que Wilkie nos sumerge de lleno en un misterio con un villano maloso y corremos unas cuantas aventuras. Vamos, como decía antes, es Wilkie Collins en estado puro. Romance, humor, suspense, misterio, ironía, crítica social... de todo un poco, y todo bien barajado y repartido por toda la trama: hay espacio para las risas cuando tiene que haberlo y se nos pone misterioso cuando toca darle alas a nuestro héroe (sí, héroe, que nuestro bribón es muy bribón pero nos sale demasiado encantador como para considerarlo otra cosa). Hay quien no gusta de la literatura de este autor por considerarla menor, hay quien dice que su obra es muy irregular y llena de claroscuros... que ya, que sí, pero a mí que me los den de dos en dos (MH, cheerleader de Wilkie hasta los huesos... y mucho, mucho más de su amigo Dickens, pero a Dios no lo reseño por aquí porque me da pánico).

Os decía antes que nuestro bribón no es tan bribón, cosa que no creo que sorprenda a nadie. Es de esos embaucadores llenos de encanto e inteligentes que reconoce cuando le tienen que cantar las cuarenta y ponerle en su sitio y no siente ningún pudor a la hora de contarnos sus diversas aventuras porque sabe que, nos cuente lo que nos cuente, nos va a caer bien. Resulta infatigable en su optimismo y encantador en su insolente picaresca, y como no se guarda nada y reconoce sus debilidades tanto como sus fortalezas e inconstancias, pues lo compras como bribón adorable y te vas con él de correrías. Los primeros capítulos, que sirven sobre todo para establecer de manera firme su estatus de oveja negra dentro de su familia, los utiliza para poner patas arriba las aburridas, hipócritas e insoportables convenciones sociales que regían con pulso firme a la alta sociedad británica de la época. Todo estaba mal visto, todo era indigno de la noble cuna y el buen nombre, y ganarse la vida cumpliendo toda la ristra de condiciones y prohibiciones resultaba casi una quimera. ¿¡Cómo no iba a escoger nuestro protagonista la profesión de bribón!? Tampoco tenía muchas alternativas.
¡Qué felicidad la mía si, en lugar de ser el nieto de un barón, hubiera sido hijo de un destripaterrones y nieto de un labriego!
Y además deja sentencias como esta, que no puedo evitar compartir porque... porque sí, es que me parece brillante e inspirada. Sustituid "que se creen de ilustre cuna" por lo que os pida el cuerpo y seguro que os aparecen multitud de ejemplos aplicables a nuestros días.
¿Habéis reparado alguna vez en la penuria y mediocridad que caracteriza el lenguaje de aquellos que no dicen más que tonterías? Pues bien, en las reuniones de ciertas personas que se creen de ilustre cuna abundan este tipo de conversaciones vulgares.

Me ha resultado curioso encontrarme aquí algo que Collins varios años después desarrolló y usó de una manera mucho más predominante en otra novela suya, Marido y mujer, y no es otra cosa que la ley escocesa del matrimonio, así que debo presuponer que era un tema que o le interesaba mucho a él, o le interesaba mucho a los lectores de la época (y por si a alguno de vosotros también le interesa, la ley matrimonial escocesa de la época eran tan peregrina que si dos personas decían que estaban casadas delante de un testigo, ya estaban casados. Imaginaos la de parejas fugitivas inglesas que tendrían que recibir día sí día también en las aldeas y pueblos escoceses que lindaban con Inglaterra... con cruzar de país y decir delante de alguien que estaban casados, anda que no solucionarían deslices).

Otros temas inherentes a la época que se tratan en la novela son las cárceles de deudores (aunque en eso Dickens no tiene rival... que me perdone Wilkie si me oye), el ya floreciente mercado de la falsificaciòn de cuadros antiguos (Collins era un apasionado del arte y disfruta disertando sobre él) o las deportaciones de reos a Australia, que además es un tema que da para hablar mucho porque esos mismos reos muchas veces rehacían sus vidas en las Antípodas y lo que no habían conseguido en su país de origen lo conseguían en una tierra virgen que era oro puro en cuanto a oportunidades. Los australianos de hoy en día tienen sus orígenes tanto en los británicos que emigraron libre y voluntariamente a sus tierras como en los convictos que, antes la saturación de las cárceles inglesas, fueron deportados y obligados a cumplir sus penas de prisión trabajando en ellas.

En fin, que me voy por las ramas... no diréis que al bueno de Wilkie no le da tiempo a tratar temas en apenas doscientas páginas, ¿eh? Y porque no os he hablado del empeño que tienen ciertos familiares por mantener vivo a nuestro Francis cueste lo que cueste, pero eso ya lo descubriréis por vosotros mismos si abrís el libro. La de risas que se echa el protagonista a costa de este tema...

Resumiendo, si no habéis leído nunca a Wilkie Collins, Vida de un bribón me parece una fantástica alternativa, y si ya lo habéis leído, pues vais a tiro fijo, no tengáis duda alguna de que os va a gustar. Es un libro corto, narrado de manera ágil y guasona que se lee en dos sentadas, y aúna muchas de las características que luego harían famoso al autor, como la mezcla de géneros y el baile continuo entre humor, romance, misterio que tan buenos momentos nos ha dado a sus fervientes admiradores. Aunque es una obra bastante temprana y anterior a los libros que le han hecho más famoso, en el momento de publicar Vida de un bribón ya había escrito varias novelas y se le nota la confianza, el aplomo y, sobre todo, lo bien que se lo pasó dando vida a la historia. Ese disfrute se percibe sobre todo en la primera mitad del libro, en la que es imposible no sonreír constantemente ante el incesante juego de palabras lleno de ironía, sarcasmo y astucia (salvando las distancias, a ratos me recordaba al Dickens de Los papeles póstumos del club Pickwick), y si luego le da por ponerse misterioso y llevarnos a ese terreno que tanto le gustaba abonar y ver crecer florido y hermoso, pues nos vamos con él y punto.

Estos seis meses iniciales del proyecto de Reseñas Cruzadas han sido una montaña rusa porque, a nivel personal, he tenido de todo: lecturas que no me han gustado, lecturas que me han dejado tibia, lecturas que hubiese disfrutado más leyéndolas en el momento adecuado y lecturas que me han gustado mucho. Vida de un bribón pertenece a esta última categoría; no sé si hace falta escribirlo con todas las palabras pero, por si acaso, ahí queda. God save Wilkie!

Venga, lo digo... si alguna pega tengo que poner es a la edición, que traduce los nombres propios o los cambia porque sí, como se hacía en las traducciones antiguas. Es algo que no me gusta nada, lo he dicho muchas veces, y leer Francis (por Frank), Roberto, Pedro o Juan (un Juan Peter aparece por ahí, en el colmo de la extravagancia) en una edición de 2014 me tira muy para atrás. Es que incluso está cambiado el apellido del protagonista, que no es Turner, como aparece en esta traducción, sino Softly, o el de su abuela, que no es Mortimer, sino Malkinshaw (y porque he dejado de mirar, que habrá mucho más). Si es una traducción antigua, que tiene toda la pinta, eso tendría que haberse corregido (y si es nueva, que lo dudo muchísimo, es muy raro, la verdad). Pero bueno, mi reto de Agatha Christie me tiene más que acostumbrada. Las ediciones de Molino curten en el tema :)

Antes de despedirme, os comentaba al inicio que con Wilkie Collins damos fin al primer semestre de este proyecto, que coincide con las seis lecturas que teníamos anunciadas hasta ahora. Aprovechamos la ocasión tanto Undine como yo para anunciar las seis lecturas restantes de la segunda mitad del año, en la que tenemos entre otras cosas una obra de teatro desconocida e inédita hasta hace poco tiempo de una autora consagrada, un libro de relatos para Halloween e incluso un giro diferente, como es reseñar cada una un libro distinto del mismo autor para establecer comparaciones entre su obra de ficción y de no ficción. Tenéis el listado justo abajo, y lo añadiré también en la entrada inicial del proyecto. Ya sabéis que estáis invitados a uniros y leer los libros que proponemos si os apetece y os llaman lo suficiente :) 
 
Reseña en casa de Undine -> aquí
 
 
 
 



Wilkie Collins nació en Londres en 1824. Muy joven entró como aprendiz en una empresa de comercio de té, que abandonó pronto para dedicarse a la literatura, campo en el que rápidamente alcanzó el éxito. Considerado uno de los padres de la narrativa policíaca, durante sus sesenta y cinco años de vida escribió casi treinta novelas y más de cincuenta relatos. Fue amigo íntimo de Charles Dickens desde que se conocieron en 1851, fecha en que comenzó una fructífera colaboración. Su novela de misterio La dama de blanco (1860) y la policíaca La piedra lunar (1868) están consideradas obras cumbres en sus respectivos géneros.

Aquejado de «gota reumatoide», se aficionó al consumo de láudano. Como resultado de esta adicción, experimentó durante toda su vida alucinaciones paranoides y declaraba que se encontraba constantemente acompañado de un doble suyo, invisible para todos los demás, que él apodaba el Fantasma Wilkie.


Collins nunca se casó, pero vivió, a temporadas, con la viuda Caroline Graves. Además, tuvo tres hijos con otra mujer, Martha Rudd. En 1870, volvió definitivamente con  Graves y, hasta su muerte, en 1889, complementó ambas relaciones.


De Wilkie Collins, en 2006, Editorial Funambulista ha publicado La reina de corazones, y, en 2011, Corazón y ciencia.

 

miércoles, 3 de marzo de 2021

RESEÑA (by MH) ::: EL NARRADOR DE CUENTOS - Saki



 

Título original: The Storyteller
Autor: Saki
Editorial: Eneida
Traducción: Javier Rodríguez Huerta
Páginas: 150
Fecha publicación original: 1914
Fecha esta edición (7ª): noviembre 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 13,50 euros
Ilustración de cubierta: El ratón de biblioteca (Carl Spitzweg, 1808-1885)



Ácido, mordaz, caústico, pero extremadamente divertido, Saki cultivó la sátira social revelándose como un maestro del relato breve. Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos, nunca los olvidarás.

Noto desde hace tiempo que cada vez paso más de largo de las mesas en las librerías y que mis pasos siempre se encaminan hacia las hileras de estanterías en las que descansan los libros cuando ya han perdido el relumbrón de su debut en sociedad. Ahí, medio torcida para ir leyendo los títulos e ir sacando los que llaman mi atención, paso el tiempo. Las (mis) libreras ni me preguntan, se contentan con saludarme, preguntarme cómo estoy y dejarme después a lo mío: saben que siempre acabo acercándome al mostrador con un tesorillo entre las manos (como mínimo). Así, con mi cuerpo formando un ángulo de taitantos grados y en una posición muy poco regency, encontré El narrador de cuentos en una de las baldas a ras de suelo. Confieso que mi atención fue primero al título y luego a la editorial que lo publicaba porque, en mi ignorancia, no había oído hablar jamás de su autor, Saki. Ahora me parece imperdonable no saber quén era: El narrador de cuentos es el mejor libro de relatos que he leído en mucho tiempo. 
 
Dieciséis son los relatos que incluye esta compilación, y todos ellos comienzan con esa placidez británica de lugares comunes y tan de otra época que tanto me gustan: viajes en tren con vecinos indeseables de compartimento, reuniones en casas de campo, la hora del té, matrimonios a la hora del desayuno, barcos hundidos en costas inglesas, disputas entre vecinos, días de caza a caballo, solteros perseguidos para que pongan fin a su soltería, niños huéfanos que viven con sus tías, ingleses dándolo todo en las colonias, criados que mandan más en la casa que sus señores, gatos que forman parte de la estampa familiar... Suena todo a lo de siempre, ¿no? A personajes y situaciones sacados de cualquier libro british publicado hace más de un siglo, de esos que parecen pegados a una taza de té y abonados a una conversación trivial mientras cumplen lo que se exige de ellos en sociedad, para bien o para mal. 
 
Pues si todos estos retazos parecen tan costumbristas, algo tienen que tener que los diferencie y les haga distanciarse de lugares tan comunes, ¿no? Efectivamente, y ese algo es, ni más ni menos, que estos relatos rezuman muy mala leche. Mucha. Mala leche de esa que te hace sonreír ante escenas y hechos que son incluso un poco (bastante) crueles, y tú sabes que lo son, y te da igual, te ríes porque Saki te lo cuenta de tal manera que parece lo más normal del mundo, el deselance inevitable... admito que llega un momento que eso es precisamente lo que esperas, el giro de tuerca, el "espera y verás", porque cuando empiezas a leer y no conoces el estilo no sabes lo que te viene encima y sonríes ante lo inesperado, pero en los siguientes ya sabes para qué has pagado la entrada y se lo exiges al autor. Quieres finales geniales y sorprendentes, y Saki no decepciona.

Y esto mismo es El narrador de cuentos, relatos que empiezan tranquilitos y que poco a poco van abriéndose camino hacia la sátira, el humor muy negro, la crítica mordaz, un desprecio brillante y sugerente por lo políticamente correcto y una mordiente en la deriva de las historias tan divertida que no puedes más que visualizar a Saki cogiendo por los tobillos a la moral eduardiana, poniéndola boca abajo y sacudiéndola hasta que no le queda en los bolsillos ni una sola vergüenza. Quizás flojean un poco los dos o tres últimos relatos (flojear aquí es sinónimo de que no son tan perfectos como los que les preceden, nada más), pero de verdad que la compilación en su conjunto merece muchísimo la pena. Mi intención inicial era racionar los relatos, leer solo unos pocos al día, pero me ha resultado imposible, no contaba con la adicción que crea esa burlona inteligencia del autor que te hace terminar uno y pasar corriendo al siguiente. Me lo imagino poniendo punto y final a cada historia con una sonrisa malévola en la boca. Leed la biografía de abajo, su última frase y lo que ocurrió justo después... si le hubiera pasado a otro y se lo hubieran contado, tened por seguro que de alguna manera lo hubiese introducido maliciosamente en una historia.

Saki, pseudónimo literario de Hector Hugh Munro, nació el 18 de diciembre de 1870 en el puerto de Akyab, Birmania, aunque era de ascendencia escocesa. Huérfano de madre a los dos años, fue enviado de Inglaterra y allí, bajo la férula de dos tías solteronas, padeció una de esas terribles infancias victorianas. Estudió humanidades en Exmouth y Bedford, pero tratando de emular la carrera militar de su padre se alistó en la policía birmana, destino al que pronto hubo de renunciar, pues al año de servicio contrajo unas fiebres malignas. De regreso a Inglaterra se dedicó al periodismo y fue corresponsal en los Balcanes. Su primer libro de cuentos, Reginald, se publicó en 1904. A éste siguieron Reginald en Rusia, Las crónicas de Clovis (1912) y Bestias y Superbestias (1914). Escribió también 2 novelas y 3 obras de teatro. La crítica señala como rasgos característicos del estilo de Saki la precisión (fruto, probablemente, de su paso por el periodismo), el humor y la capacidad para narrar las situaciones más inverosímiles con una aparente sencillez, tras la que se oculta un gran estilista. (1910), Al comenzar la Primera Guerra Mundial se enroló como voluntario y murió en acción, en Francia, con el grado de sargento de los Royal Fusiliers, en la madrugada del 13 de noviembre de 1916. Sus últimas palabras fueron: «Apaguen ese maldito cigarrillo». Inmediatamente después, una bala de obús le atravesó el cráneo.

viernes, 10 de enero de 2020

RESEÑA (by MH) ::: EL DIABLO EN EL CUERPO - Raymond Radiguet





Título original: Le diable au corps
Autor: Raymond Radiguet
Editorial: Eneida
Traducción: Luisa Elorriaga
Páginas: 144
Fecha publicación original: 1923
Fecha esta edición: noviembre 2019
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 14 euros
Imagen de cubierta: Ángel susurrando a odalisca (Mihaly von Zichy, 1827-1906)

El diablo en el cuerpo, poderosa novela, dulce y fiera al mismo tiempo, es una pieza fundamental de la literatura del siglo xx, que profundiza, con inigualable maestría y con una vehemente prosa, en los secretos mecanismos del amor y de la iniciación a la vida adulta. Asistimos, conmocionados, a una historia de amor turbia, intensa y compleja, que desemboca en un final tan deslumbrante como inolvidable.

Una introspectiva y aguda reflexión sobre el amor, y, en definitiva, sobre la naturaleza del ser humano.

A poco que se conozca un poco la historia de la Primera Guerra Mundial, vendrán ecos de las dos batallas que tuvieron lugar a orillas del río Marne, la segunda de ellas crucial para la contienda porque fue el detonante del armisticio que se firmaría meses después. Pues bien, si coges un libro como El diablo en el cuerpo, ambientado en plena Primera Guerra Mundial en un pueblo que está situado a orillas del Marne, a priori podrías dar por hecho que lo que vas a encontrar es algo relacionado con la guerra o con alguna de esas dos batallas... pues no. Nada que ver. Y nada más que por eso, por el quiebro que Raymond Radiguet dio al tema imperante en aquellos momentos literariamente hablando, porque dio vida a una historia ambientada en Primera Guerra Mundial, en plena zona de conflicto, con unos personajes que viven al margen literalmente del tema e incluso lo usan en beneficio propio, ya merece la pena leer esta nouvelle. Pero esa es solo una de las razones. Hay muchas más. Os cuento.

El diablo en el cuerpo narra la relación que inicia el protagonista de quince años (narrador y del que nunca conocemos el nombre) con Marthe, de diecinueve años y prometida con Jacques, que está combatiendo en el frente. Esta relación clandestina se mantiene incluso cuando Marthe se casa con Jacques, y tampoco es que se preocupen mucho de guardar las formas. Jacques solo viene de permiso cada muchos meses, y pronto todos los vecinos están al tanto de las idas y venidas de la pareja. Pero lo que realmente narra la historia es la dinámica entre ellos, una dinámica en la que un adolescente de quince años domina por completo a una mujer ya hecha y derecha como Marthe. El egoísmo del narrador, sus vaivenes emocionales, su inmadurez, sus dudas y el amor y desamor que siente a partes iguales en un carrusel de idas y venidas constantes conforman el pulso de una relación en la que él persiste en doblegar a Marthe y en modelarla a su antojo de un modo que al lector le resulta bastante sangrante. No me cabe duda que el autor no esperaba menos.

No puede considerarse autobiográfica, pero lo cierto es que esta novela está basada en la experiencia personal del propio autor, que inició una relación a la misma edad de quince años con una joven un par de años mayor que también tenía un novio soldado en el frente en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial. Esa relación fue la base de El diablo en el cuerpo, y quizás sea porque él mismo caminó por esos senderos antes que su personaje, quizás sea porque la fuerza de la narración es sorprendentemente lúcida, pero lo cierto es que Radiguet disecciona el despertar sexual del protagonista, el adulterio y las consecuencias del amor cuando no se sabe todavía amar de una manera que deja un poso tan amargo como fascinante. El narrador se aburre, titubea, quiere lo que no tiene, ya no quiere lo que sí tiene, cuando pierde lo que tiene lo quiere de vuelta, cuando lo recupera se vuelve a aburrir y vuelta a empezar... Nada de amores que trascienden lo sublime, aquí todo es mundano, intenso y muy representativo de los cambios que se estaban produciendo a nivel social en Europa.

Al leer El diablo en el cuerpo al lector no le cabe duda que está ante un clásico porque la factura es la que corresponde a su época a nivel formal y, sin embargo, de la lectura emana constantemente la sensación de que el autor está intentando escapar de ese clasicismo, que no quiere esa etiqueta. La prosa no es nada rebuscada ni florida, va al grano, cuenta lo que quiere contar sin que ello afecte a la calidad de la narración; lo ambienta en plena Gran Guerra y al tiempo casi desprecia la propia ambientación, como si la cosa no fuera con sus personajes y como si, de hecho, la utilizasen para su propio beneficio (y esto nos puede parecer ahora normal, pero en aquellos tiempos era algo escandaloso: lo normal era glorificar a los héroes de guerra, no usarlos como mera excusa); el personaje principal es odioso en muchos momentos, un déspota adolescente que manipula al personaje femenino y vicia una relación en la que la única que tiene todas las de perder es ella.. y cuando tienes esa visión tan negativa de un personaje que te está diciendo lo odioso que es en primera persona, que se está abriendo en canal ante el lector en toda su crueldad y toda su inmadurez, comprendes lo mucho que Radiguet quería romper con el canon clásico. En esta historia es el amor (o el ideal del amor) el que está en guerra, y en la guerra todo vale.

Esta nouvelle, que se basta y se sobra con sus 144 páginas para desglosar todo lo que os cuento arriba, me ha llevado también a conocer a su autor. Quizás os sorprenda lo que os voy a decir, pero Raymond Radiguet escribió El diablo en el cuerpo con tan solo 17-18 años, y os aseguro que si lo leéis no percibiréis esa edad sorprendemente temprana en que fue concebido. Y el caso es que no le dio tiempo a escribir mucho más, porque Radiguet murió con veinte años de fiebres tifoideas. El diablo en el cuerpo, junto con El baile del conde de Orgel (que espero leer más pronto que tarde), son su legado literario, y resulta imposible no elucubrar sobre lo que podría haberle dado este escritor a la literatura si la salud le hubiese respetado. Solo una persona de gran talento es capaz de concebir una historia como esta, de la manera en que lo hace, a una edad tan temprana: visto desde una perspectiva moderna, es una lectura inteligente y valiente para la época, así que no puede sorprender el impacto que produjo en su momento.

La polémica rodeó a este autor, las malas lenguas decían que inició una relación con Jean Cocteau con el único fin de "meter la cabeza" en el ambiente cultural parisino de la época, pero leyéndolo sabes que su momento le hubiese llegado de un modo u otro. Raymond Radiguet vivió deprisa, escribió más deprisa todavía y se fue al otro mundo vaticinando con exactitud la fecha de su muerte. El protagonista de El diablo en el cuerpo, a su imagen y semejanza, intenta madurar a marchas forzadas, se equivoca una y otra vez en el proceso de convertirse en un hombre y, como si vaticinase la temprana muerte de su creador, arroja una reflexión hacia el final del libro que abre una ventana a lo que se le podría estar pasando a Radiguet por la cabeza en el momento de escribirla en cuanto a la dilación de su propia existencia:
Un hombre desordenado que va a morir, y no lo sabe, comienza de repente a poner orden a su alrededor. Su vida cambia. Clasifica los papeles. Se levanta pronto, se acuesta temprano. Renuncia a sus vicios. Sus allegados se alegran de aquella transformación. Y por ello su muerte súbita les resulta más injusta, si cabe. Hubiera vivido feliz. Y así, la nueva paz que se había instalado en mi vida se había convertido en un presagio de mi penitencia.




Raymond Radiguet nació el 18 de junio de 1903, en Saint-Maur-des-Fossés, pequeña localidad cercana a la capital francesa, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un conocido dibujante y caricaturista en revistas satíricas. Raymond, el mayor de siete hermanos, comienza sus estudios, pero su pasión por la literatura le convierte en un estudiante mediocre. Durante su infancia y primera juventud es un lector voraz, en particular de la literatura de los siglos XVI-XVII, y de la obra de Mallarmé, Rimbaud, Stendhal o el Conde de Lautréamont. A los quince años abandona definitivamente los estudios y se dedica por entero a la escritura. Se relaciona con la vida artística parisina, donde frecuenta a Max Jacob, Picasso, Juan Gris y Modigliani. Es en esta época cuando conoce a Jean Cocteau, que sería su mentor y su gran amor. 

Quien fuera considerado por la crítica como el nuevo Rimbaud, por su precocidad creativa, enfermó, a la temprana edad de 20 años, de fiebres tifoideas que acabaron con su vida el 12 de diciembre de 1923. Dejó escritos, además de algunos poemas sueltos, dos poderosas novelas: El diablo en el cuerpo y El baile del Conde de Orgel.

Radiguet presagió su muerte, tal y como indica Cocteau en el prefacio de El baile del Conde Orgel. El día 9 de diciembre de 1923, proclamó: Dentro de tres días seré fusilado por los soldados de Dios.

viernes, 13 de julio de 2018

RESEÑA (by MH) ::: EL VENGADOR - Thomas de Quincey




Título original: The avenger 
Autor: Thomas de Quincey  
Editorial: Eneida
Traducción: Pilar López Losada 
Páginas: 90
Fecha publicación original: 1838
Fecha esta edición: noviembre 2009
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 11,95 euros
Ilustración de cubierta: Estudio para la balsa de la medusa (1819, Théodore Géricault)

 

Aquella serie de terroríficos acontecimientos que estremecieron a nuestra tranquila ciudad universitaria situada en el nordeste de Alemania, durante el año de 1816, posee en sí misma algo demasiado memorable para ser relegado al olvido sin su correspondiente crónica [...]

Así comienza El vengador, novela inédita en España del genial y heterodoxo Thomas de Quincey, cuyo espíritu transgresor queda reflejado en las siguientes irónicas palabras:Si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes

Thomas de Quincey es de esos autores que hay que conocer más allá de sus novelas, sus ensayos y, en definitiva, su obra como escritor. Él, en sí mismo, podría ser el personaje de muchas novelas de su época. Nacido en una familia adinerada, y con una educación a la altura de grandes eruditos (de hecho fue un gran erudito), en un acto de rebeldía se escapó de casa con 17 años renunciando a todos sus privilegios. Fue un adolescente fugitivo, siendo rico malvivió donde pudo en la pobreza absoluta, convivió con una prostituta de la que se enamoró perdidamente, y alimentó una aversión a las grandes ciudades como Londres que le duraría toda la vida. Tras su regreso a casa se marchó a estudiar a Oxford, se convirtió en un adicto al opio tras un terrible dolor de muelas, dilapidó su fortuna y comenzó a trabajar como periodista para sobrevivir, convirtiéndose en un excelente observador crítico de la sociedad y el tiempo en los que le tocó vivir. Y lo más curioso es que cada aspecto de su vida lo conocemos gracias a él, porque él mismo se encargó de contarlo todo con pelos y señales. Lo de radiar la vida propia hasta el tuétano y sin vergüenza alguna, esa lacra de la sociedad actual donde la intimidad es una utopía, ya lo hizo de Quincey hace sus buenos 200 años. Todo un precursor de lo peor de la modernidad.

El caso es que de Quincey es conocido sobre todo por sus artículos y sus ensayos, unas veces autobiográficos y otros dando muestras de su profundo conocimiento sobre criminología, entre otras muchas cosas. Tengo intención de leerlo todo más pronto que tarde, pero es que tenía ganas de leer algo suyo y lo primero que se me cruzó por delante fue esta novela corta de ficción, El vengador, inédita en España hasta esta misma edición que os traigo. Y os lo digo desde ya: la he disfrutado muchísimo.

Nuestro narrador es un profesor universitario de una ciudad situada en la campiña alemana. La historia que nos cuenta transcurrió años atrás, en 1816, y los hechos fueron tan extraordinarios que se ve en la necesidad de ser su cronista. Al tratarse de un lugar tan pequeño, nuestro narrador conoció a todos los implicados: asesinos y víctimas... y creedme, hubo muchas víctimas. Os cuento con toda tranquilidad que son diez los casos de asesinato que vamos a conocer en esta historia porque se dice desde el principio, pero en algunos de esos casos hubo múltiples víctimas... en algunos de esos casos de asesinato se exterminaron a familias enteras... Diez casos de asesinato, pero más del doble de muertes. El desconcierto, el pavor, el terror y la desconfianza se apoderaron de este pequeño municipio, hasta que un día los asesinatos cesaron. Solo nuestro narrador sabe por qué, y esa es la historia que se dispone a contarnos.

Imaginaos: esta historia tiene sus correspondientes introducción-nudo-desenlace, se nos presentan a ciertos personajes e incluso tenemos alguna escena de sociedad, se narran diez casos de asesinato, el terror social que provocan y además se resuelve la historia y acabamos conociendo la identidad de los asesinos... y tenemos por delante la exigua cantidad de 80 páginas que no piden ni una sola más, porque se queda todo cerrado y perfectamente explicado. En serio, me quitaría el sombrero si llevase uno. Estas novelas cortas de menos de cien páginas que te narran más que otros libros de quinientas me fascinan.

¿Y qué podemos encontrar en El vengador? Ciertamente no es una novela de asesinatos ni de un asesino en serie, y sé que puede parecer incongruente dada la carnicería que sugiere la sinopsis que os he hecho. Se cataloga a esta novela como de terror, pero a mí me parece más una novela con tintes góticos modernos donde el autor explora temas que fueron recurrentes en sus ensayos y en su obra: la violencia, la crueldad, el derramamiento de sangre, la venganza, la reacción a lo desconocido dentro de una comunidad pequeña, los motivos del asesino, la justicia con su balanza y su espada y la desigualdad con que usa ambas cosas... De Quincey era experto en criminología y en esta novela resulta evidente, pero lo curioso es la forma que tiene el autor de exponerlo.

La narración de los hechos bien podría estar sacada de un periódico de la época. Como el periodista que era, de Quincey da voz precisa y contenida a su narrador a la hora de explicar los crímenes: lo hace en detalle pero de forma desapasionada y profesional, como un atestado policial en el que hay que explicar por dónde entraron los asesinos, qué hicieron, en qué orden; cómo reaccionaron las víctimas, qué hicieron, en qué orden; cómo salieron los asesinos de la casa; cómo se descubrieron los asesinatos... Por eso comento arriba que nadie espere un libro de sangre y muerte, porque la narración es mucho más aséptica. No es hasta el final, cuando conocemos las razones de la mente criminal detrás de todos estos asesinatos (porque su identidad la intuimos casi desde el principio), que la narración gira hacia lo que realmente buscaba el autor: el enfrentamiento entre la ética, la ley y la justicia, ya sea impartida por métodos legales o tomada por la propia mano, además de la denuncia de ciertos hechos que no os puedo desglosar aquí porque os contaría mucho más de lo que puedo contar.

¿Es lícito tomarse la justicia por la mano, por mucho que los motivos lo justifiquen, si la verdadera justicia, esa que se supone que nos ampara a todos, lo que hace en realidad es actuar en nuestra contra? De Quincey plantea el dilema moral y leyéndolo bien pareciese que toma postura, pero eso ya lo dejo a criterio de quien se adentre en sus páginas.

La prosa del autor es preciosista pero pulcra y sencilla de leer, y la narración te va atrapando conforme se va desglosando el día a día de esta comunidad envuelta en el terror, en la que el caos y el miedo a lo desconocido se apoderan hasta de la misma policía. A mí me ha gustado mucho la narración, que está escrita del tirón sin división alguna entre capítulos, y la historia me ha absorbido. Algunos de los asesinatos se detallan de tal manera que seguramente están inspirados en otros muchos casos de asesinatos reales que el autor conocía. ¿El final? Me ha sorprendido por la temática que aborda, no era la que esperaba en absoluto, y es más moderna, más actual, de lo que podría parecer.

Me quedo con muchas ganas de seguir leyendo a de Quincey. Seguramente lo próximo sea un ensayo que hace años que tengo en el punto de mira y para el que nunca saco tiempo, Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Me pirra el título, porque deja intuir el espíritu transgresor e independiente de su autor, y además creo que dice mucho del enfoque con el que narra los asesinatos en la historia que hoy os traigo.


Thomas de Quincey (Manchester, 15 de agosto de 1785-Edimburgo, 8 de diciembre de 1859), hijo de un acomodado comerciante, recibió una esmerada educación, con una especial incidencia en las disciplinas clásicas (a los trece años escribía griego), a cargo de preceptores particulares. A los 17 años se escapó de casa y vivió en Gales y Londres. De regreso estudió en el Worcester Collage de Oxford. De allí arranca su proverbial adicción al opio. Las necesidades económicas (había dilapidado su fortuna) y la numerosa prole a la que tenía que alimentar (tuvo ocho hijos) le obligaron a trabajar como periodista. La mejor biografía de Thomas de Quincey nos ha sido legada por el propio escritor en tres entregas: Confesiones de un inglés comedor de opio (1821), Suspiria de profundis (1845) y Apuntes autobiográficos (1853).
 
Erudito, original, transgresor, imaginativo, laberíntico y crítico, no sólo literario sino de la sociedad de su tiempo, constituye una referencia fundamental para la estética del Decadentismo.

Su biblioteca, integrada por más de 5.000 volúmenes, contenía obras de Homero, Sófocles, Píndaro, Horacio, Tito Livio, John Milton, Robert Burton, John Donne, Francis Bacon, Jonathan Swift, Francois Rabelais, Laurence Sterne...

De ella dijo: Los libros son los únicos artículos de propiedad en los que soy más rico que mis vecinos.