Fecha publicación original: 1927 Fecha esta edición: abril 2004
Encuadernación:rústica con solapas
Precio: 20 euros
Imagen de cubierta: Un corro de jóvenes estudia el Corán en el patio del Azhar, en El Cairo (Autor y fecha desconocidos)
Los Días, de Taha Husein, es “una de las obras
maestras de la prosa árabe contemporánea”, según Emilio García Gómez, el
más importante arabista español de nuestro tiempo (Premio Príncipe de
Asturias 1992). El lector descubrirá en sus páginas un precedente
extraordinariamente cercano a El edificio Yacobian, la famosa novela de
Alaa al Aswany, pero con una anticipación de ¡ochenta años!
Se narra
aquí la infancia de un niño ciego del Egipto Medio que, debido a su
extraordinaria inteligencia, es enviado a estudiar a la gran escuela
coránica de El Cairo: Al-Azhar. Su familia le alquila una habitación en
un edificio destartalado de un barrio popular de la ciudad. Allí vive el
niño con un hermano mayor, que hace a desgana de lazarillo, y se
introduce en “la ciencia” que tanto le intriga y tanto le fascina. En
condiciones de extrema pobreza su vida discurre entre los corros de las
lecciones de la mezquita y el rincón de su cuarto en el mísero caserón
donde viven los estudiantes… y poco a poco va renegando del sistema de
enseñanza oscurantista y anclada en el pasado. Esta es una historia de
sueños y de picaresca, un relato lleno de ternura y de lucha, de tesón,
de rebeldía, pero sobre todo es una crónica maravillosa de un país y de
una época, el testimonio real de los primeros años de un chico ciego que
llegaría a ser ministro de educación de Egipto, el gran Taha Husein: el
luminoso relato de un ciego.
Recibí Los días como regalo de una amiga que sabe de mi pasión por Egipto cuando ya tenía pensado hacer el reto egipcio, y enseguida supe en qué categoría lo metería. Tengo varias biografías de faraones y arqueólogos pendientes en la estantería, pero quería salirme de lo que podía ser más habitual y estas memorias de Taha Hussein me parecieron una propuesta no solo muy interesante, sino que además me han dado a conocer a una de las personalidades egipcias más reconocidas del siglo XX: lingüista, historiador, escritor, político, traductor, profesor universitario... Al mismo tiempo que leía este libro también leí a Nadia Wassef dedicándole una página entera en La librera de El Cairo, del que os hablé hace poco, así que obtuve la prueba evidente de que estaba ante una personalidad eminente en su país, donde es considerado un clásico de la literatura.
Por cierto, antes de empezar, y salvo que esté equivocada, las memorias de Taha Hussein realmente están compuestas por tres libros, pero la edición que hoy os traigo solo incluye los dos primeros: uno dedicado a su infancia, que termina cuando cumple trece años y se traslada a El Cairo para estudiar en Al Azhar, que es la época de su vida que narra en el segundo volumen.
Lo primero que hay que conocer sobre Taha Hussein, que era el séptimo de trece hijos en una familia de clase baja, es que se quedó ciego a la edad de tres años. Tenía problemas de visión, y su familia le administró unas gotas que le hicieron más mal que bien y le privaron de la vista de manera permanente. Y esto es importante saberlo porque en la primera parte de sus memorias apenas hace mención a este asunto, lo vivía como algo normal y con mucha delicadeza: su familia lo trataba con cariño, no hablaban delante de él de su ceguera y, aunque él tenía muy presente su discapacidad, conocía instintivamente cada milímetro de su entorno y se movía por él como si viese cada paso que daba. Todo cambia en la segunda parte, cuando se traslada al Azhar para sus estudios. Allí vive en una habitación con uno de sus hermanos mayores, pero este hermano tiene su vida, va y viene todo el día, y salvo los momentos en que Taha acude al Azhar para sus clases (siempre acompañado de un lazarillo porque no conoce la ciudad y necesita que lo lleven de un sitio a otro), se pasa el día completamente solo porque no puede ir a ninguna parte. Y además sufre y llora sin quejarse nunca porque no quiere ser una carga para su hermano. Pero las penas no acaban aquí, sino que en el propio Azhar ve como lo desprecian o humillan por ser ciego, y esa rudeza, esa brutalidad a la hora de hablar de su discapacidad le duele en el alma, protegido como ha estado por su familia hasta ese momento. Todo cambia con la llegada un primo muy querido que se convierte desde ese día en su compañero del alma y con el que puede ir a mil sitios y salir de su encierro, pero la soledad y el sufrimiento de este niño, el modo en que cuenta incluso que pasaba hambre porque le daba vergüenza comer de cuchara delante de los amigos de su hermano porque acababa siempre indefectiblemente manchado, han sido las páginas que con más interés he leído de este segundo libro junto con el modo en que va descubriendo su nuevo mundo a través de los olores, las voces, los sonidos y las personas que entran y salen de esa habitación.
Dejando esto a un lado, digamos que los dos libros podrían dividirse de la siguiente manera. En el primero, que como digo transcurre hasta los trece años, nos movemos entre las clases a las que acude para aprender a leer y a escribir, ademas de a recitar de memoria el Corán (los más y los menos que tiene con el profesor, un jeta mentiroso con mucha labia y más vago que siete suelas, te sacan la sonrisa muchas veces) y su vida familiar, que tiene momentos muy tiernos y típicos de niños, pero también momentos muy duros cuando la muerte golpea a la familia. Cómo se vivía en su barrio, las tradiciones, la comida, las muy diversas religiones y ramificaciones de algunas de ellas, la gente que acudía a conversar con su padre... en este primer libro ya se atisba a un niño rebelde que no se conforma con aceptar lo que le dicen porque sí, que cuestiona las cosas, que tiene sus propias ideas y no tiene miedo de decirlo en voz alta aunque eso luego repercuta en castigos. Esta personalidad termina de explosionar en el segundo libro cuando acude a estudiar a la Universidad teológica de Al Azhar (mintiendo sobre su edad, porque como ya digo solo tenía trece años y había que tener al menos quince para que aceptaran tu ingreso). Allí, donde estudia asignaturas como Fundamentos de la religión, Derecho, Retórica, Teología, Gramática... no tiene miedo de cuestionar a los cheij (profesores), de interrumpirlos o de llevarles la contraria. Algunos se lo toman bien y ven en él a alguien con un futuro muy prometedor, pero otros no se toman tan bien que ponga en duda las enseñanzas tradicionales. De hecho queda muy patente la desilusión de Hussein con el modo en que se impartían la clases y su paulatina atracción por la Literatura, rama que acabaría estudiando con mucho más interés (según he leído, Al Azhar se negó finalmente a aprobarlo y darle su diploma y tuvo que matricularse en la Universidad de El Cairo, donde tampoco lo querían al principio por ser pobre pero donde finalmente se doctoró en Literatura... pero esto no se cuenta en este volumen, así que no entro en ello).
La vida de Taha Hussein da para hablar mucho: fue expulsado de la Universidad de El Cairo, donde era profesor de literatura árabe, tras la publicación de su libro más polémico y famoso; era defensor del faraonismo, una ideología que extraía lo egipcio de la historia árabe; fue ministro de Educación en su país y recibió el Premio de Derechos Humanos de las Naciones Unidas antes de su muerte... os invito a indagar sobre él porque fue un personaje de lo más interesante. Yo lo dejo aquí, ya os comenté en la reseña anterior que mi tiempo es muy limitado.
No creo que Los días sea un libro para recomendar alegremente porque te tiene que interesar mucho el tema. Son unas memorias, y como tales tienen momentos de todo: algunos muy divertidos, otros muy interesantes, bastantes de los que aprendes muchas cosas... pero también tienen páginas que a mí, particularmente, se me han hecho un poco cuesta arriba (todas en el segundo libro y todas referidas a las clases en el Azhar... se me hacían muy repetitivas). Pero por lo demás es un libro que se lee con mucho interés y una ventana a la vida de un hombre que fundó en España el Instituto de Estudios Islámicos... Os cuento un detalle curioso: a finales de los años 20 del siglo XX, Taha Hussein fue profesor en Egipto de Emilio García Gómez, el arabista español más importante del siglo XX y traductor tanto de estas memorias que os traigo hoy como de Diario de un fiscal rural, del que os hablé hace unos meses.
Os dejo con un fragmento del último capítulo del primer libro, donde le habla a su hija, le dice que trabaja cada día para que ella no tenga la misma vida de miseria que él tuvo en su infancia, y le da las gracias a su mujer, a quien conoció en Francia cuando acudió a estudiar en la Sorbona de París:
Así vivía tu padre cuando tenía trece años. Y si ahora tú me preguntas cómo ha llegado adonde ahora está; cómo su aspecto es aceptable y ya no provoca desdén ni menosprecio; cómo puede darte a ti y a tu hermanito la agradable vida que lleváis; cómo ha podido despertar, en el ánimo de los unos, envidias, rencores y odios, y, en el de los otros, satisfacción, afecto y estima; si me preguntas, en suma, cómo ha pasado de una a otra situación, no podría yo contestarte. Pero ahí tienes otra persona que sí puede darte la respuesta. Pregúntale y ella te dirá [...] Ese mismo ángel fue el que también se inclinó sobre tu padre, trocando su infortunio en dicha, su desesperación en esperanza, su pobreza en riqueza y su desgracia en serena felicidad.
Taha Hussein (1889-1973). «El conocimiento es como el agua que bebemos, como el aire que
respiramos». En esta frase se encierra el pensamiento de Taha Hussein. El
conocimiento frente a la oscuridad. Tras su doctorado por la nueva
Universidad de El Cairo, en 1914 viaja a la Sorbona (París), donde
obtiene la licenciatura en Filosofía. Allí también conoce a Suzanne, la
que sería su mujer, su mentor, su secretaria, su mejor amiga y la madre
de sus hijos. Recibe el doctorado honoris causa por las universidades de
Madrid y Roma, y en 1950 es nombrado Ministro de Educación de su país. A
él se debe la alfabetización de su pueblo. A un ciego.
Título original:The Golden West: Hollywood Stories
Autor:Daniel Fuchs
Editorial: Gallo Nero
Traducción: Enrique Maldonado
Introducción: John Updike Páginas:228
Fecha publicación original: 2005 Fecha esta edición: febrero 2017
Encuadernación: rústica con solapas
Precio:22 euros Imagen de cubierta:Betty Grable and her Great Dane Genghis Khan (1938)
En la primavera de 1937, Daniel Fuchs, después de haber cosechado un
gran éxito con sus tres novelas sobre la vida de la comunidad judía en
Williamsburg, llega a Hollywood para trabajar en la adaptación de uno de
sus relatos cortos. Su contrato de trece semanas se convierte en
residencia permanente y marca el comienzo de su gran historia de amor
con el cine. Escribir para la gran pantalla era un buen trabajo,
recordaría más tarde, pero incluso mejores eran las propias películas:
pequeños milagros para una audiencia masiva. En sus relatos y ensayos
desfilan productores, directores inescrutables y carismáticas estrellas
del celuloide cuyas virtudes, defectos, egos y decepciones se hacían
visibles en todo su relieve «porque la luz que el sol vertía sobre todo
espacio era de una limpieza brillante». Fuchs lo vio y lo registró todo
con gran maestría; pasaba sus jornadas laborales escribiendo guiones,
pero nunca dejó la prosa, publicando sus relatos en The New Yorker y
Collier's, así como en Commentary.
Historias de Hollywood reúne, por
primera vez, lo mejor de su trabajo sobre el séptimo arte y registra los
caprichos de la industria cinematográfica desde su Edad de Oro hasta el
progresivo declive.
Un mes más Undine y una servidora os traemos una nueva propuesta para nuestras Reseñas Cruzadas, aunque este mes de septiembre lo hacemos con una novedad: no reseñamos el mismo libro. La idea era escoger a un autor, y dentro de su bibliografía elegir a su vez una obra de ficción y otra de no ficción, repartir esos libros entre las dos y reseñar cada una el libro en cuestión. Yo escogí Historias de Hollywood, la obra de no ficción... o la que creíamos que era obra de no ficción. Y aquí viene una aclaración, porque tras leerlo he (hemos) descubierto que, estrictamente hablando, no es una obra de no ficción. Sï que recoge tres textos autobiográficos del autor, pero los otros seis trabajos que incluye son relatos de ficción. Así que sí, pero no. En cualquier caso lo he disfrutado mucho, que es lo que importa. Y os lo adelanto ya porque cada vez me cuesta más transmitir mis impresiones por estos lares y a saber lo que acabo contando.
Lo primero es lo primero. Un libro llamado Historias de Hollywood promete un viaje a la época dorada del celuloide, con sus estrellas de cine, guionistas, directores, productores, agentes... glamour y todo lo contrario, la oscura cara de la moneda cuando los focos están apagados, pero... ¿habíais oído hablar de su autor, Daniel Fuchs? Y lanzo esta pregunta al aire porque servidora es una apasionada del cine clásico, de la magia que desbordaba Hollywood en sus orígenes, pero en mi ignorancia jamás había oído hablar de él. Tampoco es que tuviera una carrera de relumbrón como guionista a pesar de vivir y trabajar durante décadas en la meca del cine, pero llegó a ganar un Oscar en 1956 por la película Quiéreme o déjame (protagonizada por Doris Day y James Cagney), y era un magnífico escritor, que es lo que nos interesa aquí.
Fuchs era un maestro que todavía no había cumplido los treinta años cuando decidió dar el salto a Hollywood. Llevaba siete años trabajando como sustituto permanente en una escuela pública de Brighton Beach (en Brooklyn) y estaba harto: mismas obligaciones que los maestros con plaza fija pero ninguno de sus beneficios y un salario paupérrimo por horas. Había escrito tres novelas con muy buenas críticas pero que apenas se habían vendido salvo entre sus conocidos y no habían tenido mayor trascendencia. Entonces apareció Jed Harris, un productor de Broadway interesado en adaptar a los escenarios su novela Tributo a Blenholt (esa misma sobre la que Undine os habla hoy en su blog), y aunque Fuchs sabía que sería demasiada suerte que todo acabase bien (spoiler: no salió... esa adaptación jamás vio la luz), decidió hacer el petate, dejar su trabajo y marcharse a Hollywood. Corría el año 1937, y allí en Los Ángeles pasó el resto de su vida trabajando como guionista, escribiendo para revistas y periódicos, y fue, a todas luces, feliz.
Feliz... Curiosa palabra para describir la vida de alguien en un lugar que encumbraba y hundía personas y carreras con la misma facilidad con que se lanza una moneda al aire. Pero sí, Fuchs fue un rara avis que jamás alzó la voz contra la mano que le dio de comer, que fue dichoso en el sur de California, que allí vio crecer sanos a sus hijos, que conservó a sus amigos durante toda la vida y que siempre agradeció a la industria cinematográfica la vida desahogada de la que pudo disfrutar, los momentos ociosos al sol que casi ningún otro trabajo regala y la oportunidad de trabajar con tanta gente a la que admiraba y respetaba. Pero claro, esa es la vida que él vivió allí, lo que no quiere decir que no fuese consciente de todo lo que le rodeaba, de la desesperación por sobresalir, del desgaste emocional en la constante lucha por cumplir expectativas y seguir siendo rentable, de la facilidad con que pasabas de ser el rey del mambo a un apestado por una salida del tiesto o unos cuantos fracasos seguidos... Ahí radica la diferencia entre las dos vertientes que ofrece este libro: la de ficción y la de no ficción, su experiencia y la de los demás.
Aparte de su labor como guionista, Fuchs publicaba relatos de manera regular en The New Yorker, The Saturday Evening Post y Collier's. Si hacemos caso a uno de los alter egos que usa en sus relatos de ficción, lo vendía casi todo de una manera o de otra y se forjó una carrera asentada que le dio quizás más alegrías (laboralmente hablando) que su labor como guionista. Historias de Hollywood ofrece una selección de esos relatos (uno de ellos es en realidad una novela corta y se publicó como tal) además de tres ensayos autobiográficos. Os hablo primero de estos últimos y luego me voy a la obra de ficción.
Publicadas en 1962, 1971 y 1989, estas cartas autobiográficas desde Hollywood (dirigidas al editor) y tituladas Escribir para las pantallas, La réplica y Simplemente cine, respectivamente, reflejan al Fuchs que defiende la industria del cine ante aquellos que atacan a Hollywood sin haber probado nunca realmente lo que es vivir en sus tripas. Y no lo hace desde la parcialidad ni la estrechez de miras, más bien al contrario, porque es consciente de lo bueno y lo malo, pero como él bien dice, la cuestión es bastante más compleja de lo que parece. Estas cartas empezaron a publicarse cuando él ya llevaba más de veinticinco años allí, ya había ganado un Oscar y se empezaba a murmurar sobre el declive de la industria, pero echa la vista atrás y nos habla de sus comienzos, de cuando le hicieron trabajar con un escritor al que admiraba tanto, tantísimo, que quedaba irremediablemente como un idiota ante él una y otra vez (en el primer texto no nos dice quien es.... en el tercero y último se suelta la melena y da el nombre: ese escritor era William Faulkner), o te enteras de curiosidades como el modo en que los grandes estudios testeaban las películas antes de sus estrenos oficiales. Me pirran tanto estas cosas que no puedo evitar contarlo aunque esto se vaya alargando. Se iban a ciudades perdidas, poblaciones sin desarrollo donde había un cine y poco más y allí, de manera furtiva, anunciaban los preestrenos de los grandes estudios. Acudía gente sencilla con vidas sencillas que nada sabían del glamour de las grandes ciudades, y en ellos recaía la grandísima responsabilidad del futuro de muchas películas. Los estudios estaban obsesionados con estos pases, eran su testeo del producto, y películas que no convencían se estrenaron a lo grande y triunfaron gracias a la reacción de estos espectadores, mientras que otras que parecían que se iban a comer el mundo fueron guardadas en un baúl o sufrieron un cambio de 360º tras un recibimiento tibio. Sé que se siguen haciendo estos pases (aunque no es lo mismo ni mucho menos... en la era de internet lo de no tener ni idea de lo que vas a ver ya no existe), pero la idea de que el destino de películas clásicas inolvidables hoy en día recayese en las gentes de pequeños pueblos agrícolas que probablemernte no sabían el poder que tenían sus opiniones y reacciones y los muchos millones de dólares que había en juego me parece muy... hollywoodiense.
El caso es que los guionistas pasaban de un estudio a otro, estaban divididos en varias categorías que conformaban su estatus dentro del estudio (él estaba en la zona media, ni mediocre ni un guionista reputado), se pasaban los meses muertos del asco en su oficina esperando a que sus agentes les encontraran una película en la que trabajar, y cuando conseguían el trabajo y escribían el guión, la mayor parte de las veces volvían a la casilla de salida porque no gustaba el guión, porque no estaba en la categoría suficiente para darle caché a la película o porque simplemente otros intereses se cruzaban de por medio. A veces se sentía mal por estar cobrando y no estar haciendo nada, pero pronto se dio cuenta que la maquinaria funcionaba así y se adaptó a ella. No os puedo relatar todo lo que cuenta Fuchs en sus ensayos, la gente que nombra en sus anécdotas, las reflexiones que hace sobre el cine en general y la industria cinematográfica en particular porque esto se haría eterno, pero sí os puedo decir que estos tres ensayos son claves para entender la mayor parte de los relatos de ficción que los acompañan en esta edición, porque ves al propio Fuchs en los personajes principales que los protagonizan y en la gente que le rodea.
Sí os dejo esta cita que resume un poco su enfado ante el ataque que estaba sufriendo en aquel momento el sector (hablamos de finales de los cincuenta- principios de los sesenta) y su defensa de aquellos años de esplendor, creatividad y magia como parte de la esencia misma del espíritu norteamericano (atención a los nombres que aparecen, directores de culto hoy en día que en su época tiraban a los pies de los caballos):
¿No
es cierto que gran parte de lo que sabemos del mundo proviene de estos
hombres, de sus películas y su inteligencia? ¿No es cierto que tienen un
efecto sorprendentemente penetrante?, ¿que gente de todos los países
del planeta corre deseosa a ver sus películas para compartir su
virilidad, su realismo, su entusiasmo y su capacidad de manejar la vida?
Creo que es una vergüenza, una estupidez, que tengamos, como está de
moda en la actualidad, el hábito de ridiculizar a estos hombres y a su
sector. ¿Es apropiado ignorar con tanta indiferencia a Ford, Stevens,
Wilder, Mankiewicz, Huston, Zinnemann, William Wellman, Howard Hawks,
Sam Wood, Clarence Brown, Victor Fleming, William Van Dyke, King Vidor,
Raoul Walsh, Henry Hathaway, Henry King, Chaplin, Lubitsch, Goldwyn,
Selznick, Milestone, Capra, Wyler, Cukor o Kazan? Eran una tropa
chabacana, pendenciera y ensimismada. Lo que produjeron una fiesta
continua en aquellos días repletos de sol, brillantes, fue un fenómeno
desbordante de vitalidad y pasión, algo tan nuestro como los
automóviles, los rascacielos o las autopistas, e igualmente irrefutable.
Las generaciones próximas, al echar la vista atrás, sin duda descubrirán
que los mejores y más sólidos esfuerzos creativos de nuestras décadas
fueron destinados al cine, y es hora de que alguien dé un paso adelante y
lo diga.
Escribir para las pantallas: una carta desde Hollywood (1962)
Me está quedadon esto muy largo, lo siento de veras, pero espero que me perdonéis si dedico otro par de párrafos a los relatos. Seis en total, algunos de apenas quince páginas, otros que alcanzan las casi ciento treinta y que tienen peso y consistencia propios de novela corta. Tal y como os decía arriba, muchas veces podemos reconocer en el narrador de la historia o en el protagonista a un alter ego de Fuchs, ya sea como guionista en busca de una oportunidad mientras sufre porque cobra sin hacer nada, ya sea como un maestro al que un productor de Broadway excéntrico y poco fiable saca de la vida anodina y le da el empujón para mudarse a Hollywood. Al ver en esos personajes a Fuchs y reconocerlo, inconscientemente el centro de interés se traslada a todos los personajes con los que interactúa, a sus descripciones, sus personalidades, sus excentricidades, las batallas dialécticas que presenciamos y las batallas que se pelean fuera de plano y contra las que no se puede hacer nada, la vida en los estudios, las fiestas, las cenas, quién era tal y quién era cual, quién está en la cresta de la ola y quién ya no es bien recibido, a quién hay que arrimarse y quién ha pasado a la historia... Muchos de los personajes y las situaciones los reconoces de su vida real porque los nombra en los ensayos; otros sabes que están basados en hechos totalmente verídicos pero te quedas con las ganas de saber quienes fueron sus protagonistas reales. En esos relatos están volcados los conocimientos, experiencias, conocidos y situaciones de muchas décadas de vida en la meca del cine, y no puedes evitar sonreír cuando te encuentras la misma frase usada en dos relatos completamente distintos, porque sabes que alguien le dijo esa frase a Fuchs en alguna ocasión y no la olvidó jamás, hasta el punto de repetirla y ponerla en boca de personajes de historias completamente diferentes (esa frase, por si os interesa es "Nunca escribas sobre personas que no pueden manipular sus destinos").
Estos relatos, más allá de guiones, directores, productores, fiestas y demás, nos habla de la fauna que acudía a Hollywood como moscas a la miel. Allí acababa todo el mundo: los que querían triunfar, los que tenían buena percha y querían salir de sus barrios marginales, gente famosa en otros ámbitos (como el deporte) que hacían un buen matrimonio y acababan en Hollywood llevando a cabo los trabajos más variopintos, gente de capa caída en el mundillo que no eran capaces de alejarse de las luces de neón y malvivían de lo que podían... Hay muchas mujeres fuertes en estos relatos, mujeres que apoyaron a sus maridos cuando peleaban por ganarse un hueco entre los grandes y que luego eran despachadas cuando esos mismos maridos, una vez ricos e inmersos en la vorágine hollywoodiense, rodeados siempre de mujeres jóvenes y perfectas, perdían la cabeza y se largaban. Esas esposas muchas veces se quedaban en California, montaban sus negocios y medraban por sí mismas, haciéndose su propio hueco y viviendo a su manera de la industria. También sorprende la de don nadies que se ganaban su porción del pastel a base de casarse con mujeres ricas y usar su dinero para montar las productoras. Eran sus mujeres quienes financiaban las películas, no ellos. Pero también tenemos muñecas rotas, actrices completamente secas emocionalmente, quebradas bajo el peso de la presión de lucir siempre perfectas, de soportar el escrutinio público, de pasar por multitud de operaciones, de sufrir dieta tras dieta (o, cuando ya resultaba imposible perder el peso a tiempo, meterse en un quirófano para que les sacaran la grasa directamente para presentarse al día siguiente en plató). Actrices que se ponían ante la cámara cuando no eran más que unas crías y que llegaban los cuarenta completamente extenuadas tras haber conseguido éxito tras éxito y la imposibilidad de mantener el ritmo... actrices que vivían constantemente inmersas en el pánico, que se rompían y llevaban una vida de marido en marido buscando a alguien que realmente las quisiera. Para el público, los que leían las noticias y los chismorreos, estas mujeres eran una malcriadas y unas engreídas, cuando el terror era real, los gritos de auxilio verdaderos, la ausencia de anonimato un obstáculo insalvable.
Al oeste de las Rocosas, esa novela corta que os he comentado antes, trata este tema. Fuchs se mete de tal manera en la cabeza de sus extenuados protagonistas que el lector acaba tan agotado como ellos; me parece una inmersión realmente fascinante en la mente de una actriz sola, vapuleada emocionamente y totalmente perdida.
Adele
había comentado el particular vértigo, esa emoción extrema, grotesca,
quizá un delirio, que en ocasiones se apoderaba de los artistas y los
desquiciaba en pleno trabajo. Claris sabía a qué se refería. Lo había
visto de vez en cuando: el artista agotado, titubeando y bañado en
sudor, completamente enfervorizado, con los ojos desbocados y tensos.
Provenía del pánico, del puro temor al fracaso y a la humillación.
Al oeste de las Rocosas (1971)
No
sé si para disfrutar de Historias de Hollywood tienes que ser una
apasionado del cine clásico y la época dorada de Hollywood... aunque si
me preguntáis a mí, os diría que sí. No me imagino a alguien que no
sienta mariposas en el estómago cuando aparece en la pantalla el logo de
RKO, de la Paramount o de Metro Goldwyn Meyer, disfrutando de un viaje
como este a las tripas que las vieron nacer. Tampoco me imagino
disfrutando de este libro a alguien que no se trague de principio a fin
esos títulos de crédito iniciales, larguísimos, donde solo vemos nombres
y más nombres acompañados de una banda sonora que ya en muchas
ocasiones promete gloria y que no da paso a la acción propiamente dicha
hasta que toca, ni un segundo antes (si eres de los que adelantan los
créditos, tres velas negras). Tienes que vivir la magia del cine y estar
interesado en las excentricidades, sombras, luchas de egos, vidas
desenfrenadas y dinámicas extravagantes que hacían posible esa magia.
Aquí
no hay nada bueno. Toda esta pantomima falsa, el correr de un lado para
otro, las apuestas y el alcohol, los bichos raros y los locos que ves
por aquí: todo eso hace pensar a la gente que Hollywood es una gran
broma, cuando en realidad no tiene ninguna gracia. Esto no pasa porque
sí. Todo el mundo está muerto de miedo todo el tiempo. Las grandes
estrellas, los guionistas, los productores, incluso los peces gordos:
todos temen levantarse una mañana y descubrir que han perdido el toque
mágico con el público. Es miedo. Y echa a perder todo lo que es normal y
sencillo.
Florida (1939)
Lo
dice Fuchs, estas películas nacieron de batallas que enfrentaban a todo
el equipo creativo involucrado en cada película, cada uno peleaba por
lo suyo, todo lo mejor que podían hacer acababa en la cinta y luego
quedaba esperar la reacción del público, ese público que buscaba una vía
de escape tras la depresión financiera y se asomaba a las pantallas anhelando esos momentos que cortan la respiración y parecen de otro mundo. Voy a leer sin duda Tributo a
Blenholt, me he quedado con muchas ganas de Fuchs, y aunque él dice en
cierto momento de estos textos que sabe que sus novelas no eran especialmente buenas,
que simplemente estaban bien, he leído lo suficiente de él aquí para
saber que no se daba la importancia que merecía y que estaba muy alejado
del prototipo prepotente y egocéntrico hollywoodiense. Vamos, que no me creo ná, seguro que es un libro fantástico (a ver qué nos cuenta Undine -> reseña aquí).
Os dejo el tráiler de la película con la que ganó el Oscar al mejor guión en 1956, Quiéreme o déjame (Love me or leave me)... el nombre de Daniel Fuchs no aparece, dicho sea de paso.
Daniel Fuchs nace en Nueva York en 1909. En los
años treinta su trilogía de Williamsburg, un retrato de la comunidad
judía en Brooklyn, conoce un repentino éxito. Se muda a Hollywood en
1937 y trabaja para la industria cinematográfica durante casi cincuenta
años. En 1956 recibe el Óscar al mejor guión original por Quiéreme o
déjame, película protagonizada por Doris Day. Muere en Los Ángeles en
1993.
Título original:Lark Rise to Candleford Autora:Flora Thompson Editorial: Hoja de Lata Traducción: Pablo González-Nuevo Páginas: 640
Fecha de publicación:marzo 2020 Encuadernación:rústica con solapas
Precio: 28,90 euros
La Trilogía de Candleford es un clásico de la Inglaterra rural victoriana inspirado en la infancia y juventud de Flora Thompson.
Cuenta la historia de tres comunidades vecinas de Oxfordshire: la aldea
de Juniper Hill (Colina de las Alondras), donde Flora creció;
Buckingham (Candleford), una pequeña ciudad cercana, y el pueblo de
Fringford (Candleford Green), donde Flora consiguió su primer trabajo
como oficinista de correos. A través de la mirada de Laura, una niña de
la aldea que va creciendo a lo largo de los tres libros, la obra captura
un mundo aún marcado por las cosechas, los viejos juegos infantiles y
un sinfín de canciones al alba en la taberna del lugar. Un mundo que se
desvanece porque el campo se mecaniza, las
muchachas regresan con ideas modernas de servir en la ciudad y las
endiabladas bicicletas invaden la campiña para desconcierto de las
viejas generaciones.
Trilogía de Candleford fue el último libro que compré antes de que se decretase el estado de alarma el 14 de marzo y nos cambiase la vida. Ya conocía la obra de Flora Thompson desde hacía mucho tiempo gracias a la maravillosa serie que la BBC emitió entre 2008 y 2011. Cuando eres una apasionada de las producciones de época, y sabes que están basadas en algún libro inédito en castellano, siempre tienes la ilusión de que la traducción llegue en algún momento (porque de eso vivimos las ilusas como yo, de la ilusión), y esperé, esperé, esperé... Llegué a comprarme una edición inglesa preciosa e ilustrada que guardó como un tesoro en la estantería y, cuando menos lo esperaba, la estupendástica editorial asturiana Hoja de Lata decidió hacernos un poco más felices a muchos lectores (al menos a mí me hizo más feliz, generalizo para circunvalar el egocentrismo xD). El caso es que en pleno confinamientome propuso mi querida Mónica Gutiérrez que leyésemos conjuntamente el libro, y nos pusimos manos a la obra. Terminamos la lectura allá por mediados de mayo... y mirad cuándo os traigo la reseña. Se juntaron muchas cosas que me tenían bastante descentrada, tuve que dejar el blog un par de meses por motivos personales, luego vino el verano... hasta ahora. Y sufro, sufro mucho porque cuanto más se alejan las sensaciones iniciales más me cuesta escribir estas líneas.
"Menudas películas te montas, pues escribe la reseña y andando", estaréis pensando. Ya. ¿Qué problema tengo? Que me cuesta horrores hablaros sobre libros que son muy especiales para mí. El miedo escénico es muy grande, sé que no voy a estar a la altura, que no voy a saber transmitiros todas las cosas que hacen de esas lecturas algo maravilloso a mis ojos... que lo que yo veo en ellos se va a quedar en mí y no voy a saber expresarlo con palabras, y si a eso se junta el tiempo que ha pasado y los muchos meses malos con las reseñas, pues esto es un sinvivir (¡dramas, que eres una dramas, MH!).El caso es que tenía dos opciones: no hablaros de Trilogía de Candleford y quitarme de encima esta presión, o hacerlo y confiar en que sepáis ver más allá de lo que yo os cuente mal contado sobre ella y percibáis la joya que es. Me he decidido por lo segundo, porque si no os hablase sobre este libro me pesaría en el alma. Y aquí estoy, dos párrafos introductorios después, empezando a hablar del libro. Profesionalidad en hibernación, oiga.
La primera entrega de la trilogía, Lark Rise (Colina de las Alondrasen la traducción), aun siendo autobiográfica, nació como novela (o al menos era la intención inicial de la autora), pero su editorial, Oxford University Press, no publicaba ficción en aquella época y por eso fue catalogada desde el principio como autobiografía... pero claro, como ya digo realmente estaba novelada con las licencias que eso supone a la hora de escribir un libro, así que el resultado es una autobiografía encubierta muy particular en la visión que ofrece sobre la vida de la propia autora. Los tres libros se publicaron por separado desde los años 1939 a 1943 y que se volvieron a publicar, ya en un solo volumen conteniendo toda la trilogía, en 1945, y esos tres libros (Colina de las Alondras, Camino de Candleford y Candleford Green) abarcan etapas distintas en la vida de la autora; por eso acompañamos a Laura (así se hace llamar en los libros) desde que es una niña hasta que con apenas catorce años y medio entra a trabajar en una oficina postal como ayudante, y la vemos madurar en su nueva vida, ya como una jovencita independiente alejada de su familia. Os cuento sobre cada uno de los tres libros.
Colina de las Alondras (Lark Rise en su título original, Juniper Hill en la vida real de Flora) nos introduce en la vida de una aldea en el extremo noreste de Oxfordshire que vive del trabajo en el campo. La familia de Laura vive en la última casa de la aldea y, aunque luego sus paredes acogerán a muchos más churumbeles, ella y su hermano Edmund (alter ego de Edwin, hermano real de Flora) son los únicos niños de la casa al comienzo de la historia, y es a través de sus avispados ojos que conocemos las rutinas del día a día en la aldea, las costumbres de los aldeanos, cómo eran las cosechas, los días de fiesta... La vida era muy dura y el cobro del jornal cada semana era vital para la supervivencia de las familias, pero los ojos de estos niños retratan una existencia feliz, sin complicaciones, donde todo se resolvía de la mejor manera posible y siempre había una mano amiga a la que acudir en caso de necesidad. Todos eran iguales, no había rivalidades y vivían satisfechos en ese microcosmos de la campiña rural profunda de finales del XIX.
Camino de Candleford (en este caso la ficticia Candleford representa a la población auténtica de Buckingham) sigue ahondando en las costumbres, peculiaridades y rutinas de los vecinos de la aldea de Colina de las Alondras (en algunos casos repite alguna cosilla del primer libro), pero ya salimos a conocer mundo y viajamos a poblaciones vecinas como la citada Candleford, donde viven algunos parientes del padre de Laura y Edmund. Es aquí donde vemos el contraste existente entre la pobreza y limitaciones de la aldea y una población mucho más avanzada y próspera con sus calles asfaltadas y sus casas espaciosas y lujosas, contraste más llamativo si cabe porque ambos lugares apenas estaban separados por unas millas de distancia. Laura abre los ojos a un mundo nuevo tanto socialmente como en el transcurrir del día a día, e incluso en algún momento tiene el pensamiento traidor de que le hubiese gustado nacer allí en lugar de en la aldea. Pero sobre todo es aquí donde Laura se adentra en serio en el mundo de la literatura, algo que en su casa resulta complicado porque solo hay unos pocos libros que ya ha leído una y otra vez. El desván de su tío Tom en Candleford será su fuente de tesoros, y yo al menos sentí como propia la emoción de Laura al leer por primera vez a Elizabeth Gaskell, Jane Austen o Charles Dickens.
Candleford Green (Fringford en la vida real de la autora) supone el salto de Laura hacia una nueva vida alejada de su familia, teniendo que ganarse la vida con apenas catorce años y medio. Durante los dos libros anteriores ya se nos había contado cómo las niñas se marchaban a servir con apenas doce o trece años a las casas de los alrededores que podían permitirse tener servicio (enviaban esos salarios casi completos a casa para contribuir a la economía familiar), pero el futuro de Laura está destinado a ser diferente cuando se cruza en su camino una amiga de su madre. Esta amiga, la señorita Dorcas Lane, es una mujer soltera muy adelantada para su época que regenta con mano de hierro varios negocios heredados de su padre en Candleford Green. Uno de esos negocios es la oficina postal; allí es donde entra a trabajar Laura como ayudante y allí es donde nos quedamos hasta que llegamos al final de las páginas del libro. Candleford
Green es una población mucho más estructurada y con una vida (y unos
problemas) muy diferentes a los de poblaciones más pequeñas y alejadas
de las grandes ciudades, y aunque conocemos todas esas cosas, también se nos narran las anécdotas que surgen detrás del mostrador, los nuevos vecinos de Laura, sus primeros pretendientes amorosos (que incluyen pretendientes enamorados de sí mismos xD), la vida alejada de sus padres, la correspondencia que mantenía con su madre (perdida en su totalidad, según comenta en cierto momento)... vemos crecer a Laura y como con esa madurez también llega la ambición de un futuro que colme sus ansias por aprender y no estancarse en una vida que en aquel momento ya ofrecía a las mujeres muchas más posibilidades.
Dicho todo esto, quiero puntualizar que los libros no tienen la trama de una novela propiamente dicha, sino que cada capítulo está dedicado a un tema concreto que desarrolla, pasando a otro tema completamente diferente en el siguiente capítulo, y aunque cada libro supone un cambio cronológico en la edad de la protagonista, dentro de cada libro hay saltos hacia delante o hacia atrás según lo que quiera contar. Como comento más arriba, la estructura narrativa es particular, así que no esperéis una novela con un comienzo, un nudo y un desenlace. Todo lo que cuenta, salpicado de anécdotas y detalles muy concretos, sería imposible narrado de una manera tan restrictiva.
Al lector le resulta evidente que Flora Thompson tiene un recuerdo muy idealizado de todos aquellos años. A ella no le duelen prendas y lo reconoce en algún momento de la narración, y no resulta difícl asociar ese regreso suavizado al pasado con los durísimos momentos que estaba viviendo cuando escribía la segunda y tercera novelas, ya cumplidos los sesenta años e inmersa en la Segunda Guerra Mundial. Volver a su infancia y adolescencia fue para ella un bálsamo, un escape al horror de la contienda, y ese cariño y ternura por una época muy dura pero también muy feliz, traspasa las páginas y se hace un hueco en tu corazón. Porque la vida era una lucha constante, sobrevivían con apenas nada en condiciones muy difíciles, se trabajaba de sol a sol y, aunque le cuesta, llega al punto en el que reconoce que aquello no era el jardín del Edén y allí también pasaban cosas malas, y había maltratos, moría gente, etc... La genialidad estriba en que lo narra de tal manera que los ojos observadores son sin duda los de la niña que fue pero el tamiz y perspectiva son los de la mujer adulta que sigue mirando con esos mismos ojos y sabe contar lo que observaban con ingenio, inteligencia y mucho sentido del humor.
Yo creo que la base del éxito que tuvo esta obra desde el mismísimo momento de su publicación está precisamente en algo que resulta muy patente desde que comienza la narración: la familia de Flora Thompson era muy independiente del resto de la aldea, y Flora, desde su nacimiento, contempló todo ese mundo desde fuera con mirada aguda y metódica, igual que se observa la naturaleza y las maravillas que se producen en ella. Los padres de Flora estaban demasiado preparados para la vida que llevaban: el padre era carpintero, un oficio muy por encima en aquellos años al de agricultor, y la madre había trabajado en una casa parroquial y había recibido una educación, por lo que sabía leer y escribir. Acabaron en esa aldea tras casarse y allí vivieron toda su vida, pero no pertenecían a ese mundo, se les quedaba pequeño, y aunque se llevaban bien con todos sus vecinos, siempre fueron "los de la última casa", marcando las distancias. Flora vivió así sus años en la aldea, integrada pero nunca al cien por cien en ella, y por eso su visión sobre las cosas es la de una observadora externa que no pierde detalle de lo que ocurre a su alrededor, algo muy difícil de hacer cuando se participa activamente de esas mismas escenas. Es como la pintora que observa, memoriza cada elemento y luego plasma el conjunto en su cuadro con milimétrica perfección. O como el naturalista que sale a pasear y memoriza cada particularidad que capta su atención para luego anotarlo todo con meticulosidad en su cuaderno al caer la noche. Flora Thomspon fue una niña con un talento especial para la observación y una inteligencia innata en su adultez para saber traducir todo eso en palabras. Admito
que mientras os escribo todo esto estoy intentando rememorar los
sentimientos y sensaciones que me iba produciendo el libro conforme lo
leía, y si cierro los ojos me recuerdo sonriendo (riendo abiertamente en
algunos casos), sorprendiéndome, emocionándome y, sobre todo,
aprendiendo muchísimo de cómo era la vida en aquellos años. Para el lector del siglo XXI es un privilegio contar con el testimonio de Flora Thompson y la ventana abierta de par en par que supone su obra a la hora de adentrarse en la estructura social y económica de la Inglaterra rural y de las ciudades de provincias de las dos últimas décadas del siglo XIX, unos años en los que el mundo estaba cambiando a marchas forzadas, en los que el sur agrícola miraba con recelo a las chimeneas de las fábricas del norte, en los que les parecía que la reina Victoria era inmortal y reinaría por siempre jamás y en los que el cambio del orden social se avecinaba aun cuando se antojase altamente improbable. La Flora Thompson de mitad del siglo XX mira hacia atrás con añoranza: el tiempo pasado le parece mucho mejor en muchos aspectos. Ese pensamiento se le escapa entre líneas constantemente.
Trilogía de Candleford es un libro al que volver cuando el alma lo necesite, que releer cuando el mundanal ruido se haga insoportable, que recordar cuando el corazón te pida una sonrisa delicada y sanadora. Así que mis gracias más sinceras a Hoja de Lata por acordarse de Flora Thompson y aventurarse con su obra (seguro que habéis descubierto a raíz de eso que las locuelas epoqueras somos legión, y además muy entusiastas xD), y mis gracias más repetidas a Mónica por los buenos momentos, las risas compartidas, las anécdotas descubiertas y, sobre todo, por esperarme cuando las cosas se torcieron.
Flora Jane Thompson (Oxfordshire, 1876; Brixham, 1947)fue una novelista y poeta autodidacta, célebre por su Trilogía de Candleford. En 1938 presentó varios escritos sobre su infancia en la aldea a Oxford UniversityPress, quien publicó, un año más tarde, Colina de las Alondras. A este primer volumen le seguirían, en 1941 y 1943 respectivamente, Camino de Candleford y Candleford Green. Los tres libros juntos se publicarían por primera vez en 1945.
Además
de escribir numerosos poemas, relatos y artículos sobre naturaleza
aparecidos en periódicos y revistas de la época, dos de sus últimas
obras se publicaron póstumamente: Heatherley, una secuela de la Trilogía de Candleford (manuscrito de 1944 republicado en 1998), y su última novela, StillGlidestheStream (1948).