Fecha de publicación:junio 2021 Encuadernación:rústica con solapas
Precio:21 euros Diseño de cubierta: Luis Tinoco
En 1933 la joven Marion Crawford acepta el
empleo de su vida como institutriz de las princesas Lilibet y Margarita.
La única condición que pone a los padres de las niñas, los duques de
York, es poder aportar ciertas dosis de normalidad a sus protegidas y
privilegiadas vidas. En el palacio de Buckingham, el castillo de Windsor
y Balmoral, Marion desafía el estricto protocolo para llevar a las
princesas en metro, a nadar en piscinas públicas y en divertidas salidas
para hacer compras navideñas en Woolworths. Desde un lugar privilegiado
en el corazón de la monarquía británica, Marion es testigo de los
acontecimientos más trascendentales de la historia del siglo xx: el
impacto de la abdicación, el glamur de la coronación, el estallido de la
Segunda Guerra Mundial. Ella acompaña a las princesas en esos momentos
cruciales y se convierte en una figura tan cercana como una madre. Aun
en los días más oscuros de Gran Bretaña, con los aviones de Hitler
sobrevolando Windsor, Marion protege a las niñas en las mazmorras del
castillo. Incluso está presente cuando Isabel se fija por primera vez en
el joven Felipe. Pero ser una querida confidente de los Windsor tiene
un alto coste personal. Matrimonio, hijos, los propios puntos de vista.
todos están comprometidos por la cercanía a la realeza.
En esta
fascinante historia de amor, sacrificio y lealtad, Wendy Holden nos
cautiva con una novela sobre los años previos a que la reina Isabel II
accediera al trono.
―A mi hermana le gustaría que se ocupara de la educación de sus hijas.
En La institutriz Real nos sumergimos en la historia británica a través de la ficción por medio de Marion Crawford, institutriz de la princesa Lilibet y de su hermana Margarita.
Cuando lady Rose Leveson-Gower informa a Marion del interés de la duquesa de York para que se encargue de la educación de sus hijas, ella entiende que se encuentra ante una disyuntiva: seguir con los sueños y proyectos por los que eligió ser educadora o aceptar el reto y la responsabilidad que conllevan trabajar para la realeza.
Al final la elección resulta sencilla y cree que siendo institutriz de las princesas cumplirá sus sueños y propósitos, pero a lo largo de la novela vemos como esto último no está tan claro y definido en la mente de la institutriz pues, con el transcurrir de las páginas, de una manera o de otra siempre salen a colación las dudas, los prejuicios y el carácter temporal que le otorga su puesto. Un autoengaño que durará varios años, más de una década.
A las cinco menos diez, ni un minuto más ni uno menos, Marion atravesó la verja negra del palacio de Buckingham. Ante la mirada de varios espectadores, se aproximó al policía que parecía estar esperándola; el agente asintió para invitarla a pasar y la guio hacia una puerta negra de doble hoja situada en el lado derecho de la fachada. Conforme se aproximaba, las puertas se abrieron como por arte de magia.
Las puertas de palacio se le abren, la elección ya está hecha y el camino ya se ha definido. Otra cosa es que Marion (Crawfie) sea consciente de lo elegido y los compromisos adquiridos una vez se entra a formar parte del engranaje real: compromiso y lealtad, además de responsabilidad y entrega, a cambio de vivir la vida que otras personas ni sueñan en tener; ser observadora en primera fila de los acontecimientos tan importantes y extraordinarios que tuvieron lugar durante sus años de servicio; convivir con aquellos que manejaban el mundo; educar a una reina, a la persona influyente que fue y sigue siendo... Hechos y experiencias que tardaría años en reconocer. Los lejanos sueños primigenios tiran y juzgan en su cotidianidad real y hacen que no sea consciente del puesto que ocupa, mientras que otros, terceras personas más avispadas, ven y se aprovechan de lo que ella no ve.
Marion Crawford fue una de esas personas que, por circunstancias del destino, pudo participar desde un lugar discreto de un funeral real, una abdicación, una coronación y una boda real, además de sobrevivir a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial al lado de la futura reina, ser la responsable de su vida y disponer de su confianza para, después, finiquitarlo todo tan indecorosamente.
La institutriz real recoge y novela las razones y pensamientos que Marion Crawford plasmó en su biografía y en los libros dedicados a Isabel II y a la Reina Madre. A lo largo de las páginas el lector trata, por un lado, de empatizar con todas estas justificaciones, al tiempo que piensa en lo fácil que resulta perder la capacidad de actuar y de conducirse en el futuro en la manera y forma en las que se compromete uno en el presente. La confianza y la creencia de una certeza sobre el otro se sostienen con hilos finos y frágiles que, una vez rotos, ya no serán iguales en el mejor de los casos y, en el peor, resultarán imposibles de reparar. Aparte de hechos y personajes históricos, en La institutriz real somos testigos de cómo se rompieron que estos hilos y cómo sus acciones conllevaron amargas consecuencias.
De pronto se sintió confundida, como si las certezas que tenía hasta hacía apenas unos minutos, hubieran dejado de serlo. Allí estaba ella, sumida en una muchedumbre formada por los más pobres de Londres que vitoreaban a los más ricos.
Wendy Holden es una escritora británica de comedias de costumbres. Es la
autora de diez novelas que han sido superventas del Sunday Times y ha
vendido más de tres millones de copias de sus libros en todo el mundo.
La institutriz real es su novela más reciente, inspirada en hechos reales.
Título original:A Circle of Witches. An Anthology of Victorian Witchcraft Stories Autora:VV.AA. Editorial:Alba Selección:Peter Hanning Traducción: Daniel de la Rubia Ortí Páginas: 312
Fecha publicación original:1839-1920 Fecha esta edición:octubre 2019 Encuadernación:cartoné
Precio: 21,50 euros Ilustración de cubierta:Detalle de La bola de cristal (John William Waterhouse)
En el mundo eminentemente masculino de la sociedad victoriana,
volcado en el comercio y la expansión imperial, regido por un orden
racionalista y por unos estrictos códigos morales (aunque luego los
hombres, pero no las mujeres, pudieran llevar una doble vida), fueron
las mujeres quienes se interesaron sobre todo por el fenómeno de la
brujería.
En Cuentos de brujas de escritoras victorianas (1839-1920)
Peter Haining ha reunido sobre este tema crónicas históricas y leyendas
tanto como ficciones de escritoras hoy en su mayoría olvidadas pero que
sin duda ha valido la pena recuperar. Eliza Lynn Linton estudió
profundamente la tradición de la brujería en Inglaterra y Escocia; lo
mismo hicieron, en Irlanda, Jane Wilde y, en Gales, Mary Lewes. A su
lado, un buen número de autoras –de una tal «H. L.» hasta H. D. Everett−
escribieron cuentos de brujas, donde exploraron el conflicto entre
religión y ciencia, la condición de la mujer apartada y acosada, la
sexualidad asociada a «los espíritus malignos» y —por otro lado— a la
intimidación y la explotación, las relaciones entre el amor y la muerte,
y la visión de la Naturaleza como una fuerza esencialmente destructora.
Estas
narraciones tan memorables como imaginativas ilustran tanto el poder de
fascinación de la brujería como la mentalidad y la forma de entender lo
oscuro de la mujer victoriana.
Tenía pensado leer Cuentos de brujas de escritoras victorianas el año pasado, pero como ya desde verano teníamos claro Mónica y yo que íbamos a realizar nuestro reto brujil de las Hermanas Fatídicas, decidí dejarlo para leerlo dentro del reto. No sabéis las ganas que le tenía a este libro: autoras victorianas (bueno, casi todas... lo de que este libro llegue hasta 1920 excluye la definición absoluta de victorianas del título, pero whatever) y, sobre todo y ante todo, en apariencia, una antología especializada en la temática de las brujas. ¿Qué podía salir mal? Ay, si yo os contara... que es precisamente lo que voy a hacer, vamos :)
El libro está dividido en dos secciones, una de no ficción y otra de ficción, y la edición y selección original es de Peter Haining, periodista y antólogo británico que lo mismo recopilaba cuentos de brujas, vampiros y hombres lobo que ponía su atención sobre Doctor Who. Volviendo al libro que nos ocupa, os hablo un poco de ambas secciones sin adentrarme demasiado, que si no esto sería eterno.
La primera parte de no ficción incluye cinco textos, cuatro de ellos centrado en cada uno de los países que componen Gran Bretaña. Los dos primeros, que versan sobre la brujería en Inglaterra y Escocia son de la misma autora, E. Lynn Linton, considerada (o reinvindicada como) la primera mujer periodista. Su labor de investigación sobre los casos más importantes de brujería le llevaron a publicarWitch Stories en 1861, libro al que pertenecen los dos extractos que aparecen en este libro y que, para mí, son de lo mejor que contiene, ya no solo por el recorrido exhaustivo que hace por los distintos casos y juicios de brujería que están documentados en ambos países, sino por su tono mordaz, su humor negro, su sarcasmo y su retranca a la hora de enumerar las clarísimaspruebas por las que se condenaba a mujeres (y también hombres) por brujería. Te está contando cosas horribles y aun así te saca la sonrisa de vez en cuando, y eso tiene mucho mérito. Habrá quien considere que solo cuenta casos uno detrás de otro, pero yo he aprendido con la información y he disfrutado de la forma de ofrecerla.
La sección de brujería de Irlanda viene de la mano de, sorprendentemente, la madre de Oscar Wilde. Lady Wilde fue una conocida cronista de lo oculto que sin embargo ha quedado a la sombra, literariamente hablando, de su hijo. El texto que aquí se recoge se aleja totalmente del tono periodístico de Linton y se dedica más a contar leyendas, rumores e historias de estas que pasan de generación en generación, y aunque admito que su estilo se me ha quedado un poco corto y resulta mucho más ingenuo que el de Linton, no deja de tener su encanto. La parte de Gales recae sobre Mary Lewes, que ya directamente deja a un lado los casos de brujería para contar anécdotas y, sobre todo, los remedios que se usaban en la época para curar todo tipo de males (desde la tisis hasta la rabia pasando por la epilepsia) y que por muy llamativos que resulten, pues poco tienen de brujería y hechicería. Es como hablar sobre remedios caseros pero usando víboras o ranas en distintos estados de... ¿cocinado? en lugar de plantas o semillas (y las usaban hasta los médicos... por eso digo que hechicería, poca)
Ah, os decía que eran cinco y solo os he hablado de cuatro... es que el quinto texto de la parte de no ficción está dedicado a casos de posesiones demoníacas y/o angélicas. ¿Qué tiene que ver esto con las brujas? Absolutamente nada. A una persona más perspicaz que yo le hubiesen saltado todas las alarmas, pero soy una ingenua. En fin, prosigamos con la parte de ficción.
La segunda parte, dedicada a la ficción, está compuesta de doce relatos. Salvo Amelia Edwards o H. D. Everett, admito que las demás autoras no me resultaban conocidas y tenía mucho interés por ver lo que contaban y cómo lo contaban. ¿Qué tenemos en esta sección? Pues un par de extractos sacados de dos novelas sobre brujas (una de ellas reseñada en el blog precisamente en enero, La bruja del ámbar, escrita, dicho sea de paso, por un hombre, y que aquí cuelan con el rollo de que fue traducida al inglés por una mujer), otro relato que también tiene los juicios por brujería como telón de fondo, un par de relatos que siendo optimistas tienen una bruja como personaje, y por lo demás, relatos sobre objetos malditos, hechos sobrenaturales, maldiciones, espíritus, fantasmas, satanismo... es decir, que las brujas, haberlas haylas, pero no será en buena parte de los relatos que incluye esta antología. No sé si veis donde quiero ir a parar. No sé si veis el problema que he tenido con este libro. No sufráis, que por si no lo veis, os lo cuento yo. Faltaría más.
Antologías y compilaciones de relatos y cuentos victorianos (y de la primera mitad del siglo XX, estirando mucho) de temática sobrenatural, gótica, misterio, etc... hay a montones, y además buena parte de ellas son de mujeres escritoras, porque era lo que hacían muchas de ellas para ganarse el pan: publicar relatos en revistas y periódicos, y resulta fácil recopilar todo ese material. Ya sean antologías de varias autoras o antologías que recogen parte de la obra de una única autora, hoy por hoy se encuentran en el mercado literario sin problemas y más que irán apareciendo con el tiempo. Tengo muchas en la estantería (algunas os las he traído por aquí, otras no, otras están sin leer), y cuando compro esos libros sé lo que estoy comprando: relatos o cuentos de diversas temáticas sobrenaturales o espeluznantes. Vale, ahora llegamos al punto crítico. Puesto que tengo muchos de estos libros, mi interés primordial en esta antología llamada Cuentos de brujas de escritoras victorianas (1839-1920) radica precisamente en una palabra clave: brujas.Es decir, que yo compré este libro creyendo que era una antología especializada y enfocada a la temática sobre brujas y la brujería en la literatura victoriana de mano de la mano de mujeres escritoras de la época. Y si nos atenemos a eso, esta antología no ofrece en absoluto lo que promete, y me he sentido un poco decepcionada, os lo digo como lo siento. Me he quedado con la sensación de que había tan poco material sobre el tema que el autor decidió rellenar con lo que encontró. Que de doce relatos solo cinco puedan asociarse a las brujas (ya sea como personajes fantásticos o aludiendo a los juicios por brujería), y que de esos cinco dos estén sacados de escenas de novelas (una de ellas incluye una nota donde incomprensiblemente te destripan el final; la otra ni siquiera fue escrita por una autora victoriana, sino por un autor alemán)... pues que me parece un bagaje muy pobre para un título tan rimbombante como Cuentos de brujas de escritoras victorianas (que por otro lado es el título original del libro... vamos, que no se lo ha sacado Alba de la manga).
En definitiva, que no me quiero alargar mucho, ¿qué os puedo decir sobre este libro? Pues si hablo de su contenido per sé, la parte de no ficción me ha gustado mucho (sobre todo los dos textos de Lynn Linton) y la parte de ficción me ha parecido más floja y dispar; algunos relatos me han parecido malotes, la verdad, pero otros sí me han gustado (sin pasarse) y sobre todo me quedo con el hecho de haber conocido nuevas autoras y lo que se estaba cociendo durante la época victoriana y post-victoriana en cuestión de literatura oscura escrita por mujeres. Pero claro, si me preguntáis qué me parece este libro en relación a lo que promete el título y lo que pensaba que iba a encontrar en sus páginas, pues ha sido una decepción. En la parte de ficción las brujas hay que buscarlas como una aguja en un pajar, por mucho que Peter Haining quiera vendernos la moto en las breves introducciones sobre las autoras que acompañan a cada relato con excusas de "relación tangencial" y tal con la brujería... Peter, corazón, ni tangencial, ni diagonal, ni aun jugando al tres en raya. Las historias de fantasmas, de espíritus, de apariciones, de objetos malditos o misas negras no tienen absolutamente nada que ver con brujas. Un poco de por favor.
¿Puedo suspender objetivamente a este libro? No, aunque tampoco me ha parecido memorable la selección que contiene, es muy irregular. ¿Puedo suspenderlo objetivamente en cuanto a no ofrecer, temáticamente hablando, lo que promete? Sí (¡sí!). Como soy buena (no lo parezco, pero lo soy... ahora se me ha pasado, pero tendríais que haberme escuchado cada vez que me encontraba OTRO relato que nada tenía que ver con brujas xD) lo voy a dejar en un aprobado raspadito, pero de verdad, si le tenéis echado el ojo a este libro exclusivamente por el tema brujas, no lo recomiendo, se os va a quedar cortísimo. Si eso os da un poco igual y solo queréis leer un poquito sobre brujas y un muchito sobre misterio con toques sobrenaturales sin brujas, entonces os podrá resultar entretenido.
Autor:H. G. Wells Editorial: Libros del Zorro Rojo Traducción:Ramiro de Maeztu
Páginas:208
Fecha publicación original: 1898 Fecha esta edición: noviembre 2016
Encuadernación: cartoné con sobrecubierta
Precio:19,90 euros
Ilustración de portada e interiores:Henrique Alvim Corrêa
La guerra de los mundos, obra central de uno de los padres de la ciencia
ficción, nos invita a realizar un viaje en el tiempo hacia el corazón
de las fantasías que, en el siglo XIX, modelaban los cánones de terror,
los avances tecnológicos y el choque con ese otro mundo, Marte, del que
poco se sabía y todo podía suponerse.
Esta edición recupera las
magníficas ilustraciones del artista Henrique Alvim Corrêa, publicadas
únicamente en 1906 en una tirada limitada que dio vida a «esos monstruos
que tenían algo de hongo en su aceitosa piel oscura». Asimismo, permite
escuchar la emisión radial de Orson Welles en la que teatralizó la
invasión marciana. La publicación de esta obra, rescate de la edición
histórica publicada por la editorial L. Vandamm & Co. en 1906,
coincide con el 130.º aniversario del nacimiento de H. G. Wells y el
140.º aniversario del nacimiento de Alvim Corrêa.
Hoy vengo con otro de esos libros que, de tan famosos y tan conocida la historia, he ido dejando siempre pasar dando prioridad a otros. ¿Quién no ha oído hablar de esta invasión de los marcianos o de la emisión radiofónica a cargo de Orson Welles que sembró el pánico la noche de Halloween de 1938? Y eso por no hablar de las innumerables adaptaciones cinematográficas o televisivas... Pues eso, que lo he ido dejando pasar hasta ahora, y me arrepiento mucho porque lo he disfrutado un montón, mucho más de lo que esperaba. Iba con las expectativas moderadas por algunas opiniones tibias que he ido leyendo o escuchando a lo largo de los años, y debo ser rara, porque la principal pega que todo el mundo le pone para mí ha supuesto un plus en la lectura. Bueno, me dejo de anticipaciones y os cuento.
La ambientación inicial de la historia nos lleva al condado inglés de Surrey, a unos 40 kilómetros al suroeste de Londres. En unas canteras de arena ubicadas en tierras comunales entre las localidades de Horsell, Ottershaw y Woking se estrella lo que el narrador en principio llama la Cosa. No es un meteorito, está hecho de metal, y de él intentan salir unos seres horrorosos y desagradables que, aun teniendo algún rasgo humano, no son en absoluto humanos: todavía no lo saben, pero son marcianos. Las banderas blancas sirven de poco, y esa misma noche exterminan con un artilugio que desprende una especie de rayo ardiente a las decenas de personas que rodean la nave. Nuestro narrador es testigo de todo y el único superviviente, y a partir de ahí le acompañamos durante los días siguientes en los que más naves siguen aterrizando en la zona y los marcianos salen de ellas manejando unas máquinas de treinta metros de altura que se yerguen sobre un trípode y usan maquinaria contra la que el ejército inglés poco puede hacer. La guerra entre Marte y la Tierra ha comenzado, y Marte tiene todas las de ganar.
El primer concepto del que tenemos que olvidarnos a la hora de abrir el libro es el del héroe, porque nuestro protagonista no lo es (Tom Cruise who?). Tan solo se trata de un vecino de Woking, un escritor, y es una persona normal y corriente, ordinaria, que tiene muy claro que solo con inteligencia y reflexión conseguirá salir de esta y es el primero en reconocer que, durante las muchas penalidades de su camino, se salva por los pelos y porque ha tenido suerte. No se hace el valiente, no lleva a cabo acciones épicas ni intenta salvar el mundo... bastante tiene con salvarse él si le dejan. Su principal objetivo es reunirse con su mujer, que ha dejado con unos primos en una localidad en apariencia fuera de la ruta de los marcianos, pero con esas máquinas de combate patrullando incansablemente y más numerosas cada día que pasa, sus pasos no siempre pueden dirigirse hacia donde él quiere y eso hará que nos movamos por un radio variable de kilómetros alrededor de Londres siguiendo el avance de la invasión. Desde el principio sabemos que la historia se nos cuenta en retrospectiva y que han pasado varios años desde los sucesos, lo que permite que también podamos conocer puntualmente lo que sucede en Londres aunque el protagonista no esté allí, pero las circunstancias y el porqué de esta parte de la narración no os los voy a desvelar aquí.
En
realidad La guerra de los mundos se puede leer solamente como una
novela de ciencia ficción (o de anticipación científica, que parece que es el término correcto) si eso es lo que busca el lector, pero hacerlo
sería como prepararte una pizza carbonara y luego quitarle el beicon y
los champiñones (¡sacrilegio!). Es decir, que si os queréis quedar con
las máquinas de combate, el poder de su armamento, las nuevas técnicas
de destrucción que van mostrando conforme pasan los días (y ellos son más
en número y más fuertes como ejército), el modo en que sobreviven y se
alimentan en la Tierra y el avance sin prisa pero sin pausa hacia
Londres... me repito, si os queréis quedar con la historia de la
invasión en sí misma, lo vais a disfrutar mucho. Pero si queréis ir más
allá, Wells no esconde en absoluto sus reflexiones y críticas hacia la
humanidad en general y la Inglaterra imperialista y colonialista
en particular,amén de otras críticas a las que quizás no se les da tanto bombo pero que yo creo que resultan evidentes leyendo la novela.
Desde el principio asemeja la invasión marciana con el imperialismo y la dominación británicos, los más extensos en la historia de la humanidad (que en la época en que fue escrita la novela abarcaba nada menos que casi una cuarta parte de la población mundial... más de cuatrocientos millones de personas, por si no queréis hacer cálculos), así como con el dominio o exterminio automático tanto de especies animales como de otros pueblos considerados inferiores. Los marcianos ven a los británicos de igual manera, así que no pueden quejarse por recibir el mismo trato que ellos han dado.
Antes
de juzgarlos con excesiva severidad debemos recordar que nuestra
propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no solo especies
animales, como la del bisonte y la del dodo, sino también razas humanas
inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron
enterramente boorados de la existencia en una guerra exterminadora de
cincuenta años que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan
grandes apóstoles de misericordia como para arrogarnos el derecho a
queja porque los marcianos combatieron con ese mismo espíritu?
Pero también reparte estopa por otros derroteros. Recibe su parte del pastel el archipoderoso ejército británico, una armada gloriosa que no dejaba de aumentar la hegemonía británica pero que se demuestra totalmente inútil e incapaz de frenar la invasión extraterrestre; también recibe un gobierno desaparecido, inoperante e invisible durante todo el libro que, cuando más falta hace, deja a la población totalmente abandonada a su suerte (...). El clero también se lleva lo suyo (supongo que en general, aunque aquí está representada la iglesia anglicana),
personificado en la figura del que quizás (seguro) es el personaje más odioso de
todo el libro en un alarde de estupidez, egoísmo, enajenación e
ineptitud.El ser humano como ente individual no podía salvarse en esta escabechina, y cuando la misma existencia se convierte en un sálvese quien pueda, la compasión queda en barbecho y los instintos más primitivos e irracionales toman el mando; las escenas de huida en masa nos muestran la dos caras de la moneda, la menos habitual (la de la empatía y la bondad con el prójimo) y la mayoritaria (la de la sinrazón, la crueldad y la deshumanización). También se podría meter aquí el prólogo con el que comienza el libro, en el que se critica la prepotencia y la vanidad de la raza humana, el creernos el ombligo del universo sin saber realmente qué hay ahí fuera, pero es que si os dais cuenta, buena parte de lo que he dicho en este párrafo podría extrapolarse a nuestra sociedad del siglo XXI. Así de atemporal es esta novela para los temas base que plantea.
Obviamente, si nos metemos en materia científica, hay que comprender que la novela se publicó a finales del siglo XIX y que lo que hoy en día se sabe sobre Marte en aquella época ni se intuía, con lo que nos movemos todo el tiempo en territorio de suposiciones y creencias que luego se han demostrado incorrectas. Aun así Wells no se sacó de la manga la base hipotética de la historia, sino que basó su teoría en unos fenómenos reales observados por el astrónomo Stéphane Javelle en 1894, y a eso sumó la conjetura de una inviabilidad progresiva de la supervivencia en Marte y la necesidad de sus habitantes de buscar otro lugar en el que vivir, escogiendo la Tierra por ser el planeta más cercano y un testimonio de fertilidad y mares visto desde las estrellas. La verdad es que he leído este libro al mismo tiempo que el rover Perseverance de la NASA está realizando su misión científica en Marte, y no ha dejado de tener su aquel la coincidencia.
La principal queja que había leído sobre este libro es que su narración es fría y desapasionada, como que a muchos lectores les cuesta conectar con el libro. Evidentemente solo puedo hablar por mí, pero no ha sido mi caso, y no solo lo he disfrutado muchísimo sino que me parece la narración perfecta para la historia que Wells quiere contar. La guerra de los mundos cuenta unos hechos dramáticos pero no necesita usar el drama humano para transmitir al lector las consecuencias de esos hechos. Wells narra de una manera aséptica porque lo que importa es el calendario marciano y la crítica social que esconde ese calendario, además delo que cada uno de esos días implica en el avance de la invasión hacia Londres. ¿Hay situaciones dramáticas? Por supuesto que las hay, miseria humana también, y dolor, muerte, soledad, desolación, pérdida, depravación... pero Wells no se recrea en ninguna de esas cosas, hacerlo supondría desviarse de su hoja de ruta, y La guerra de los mundos prescinde totalmente del melodrama y del exceso emocional porque sinceramente creo que no le hacen falta.
Sobre la edición solo puedo hablar maravillas. Libros del Zorro Rojo se supera una vez más, y a la edición en cartoné con sobrecubierta (cuya parte interior incluye un póster) suma las ilustraciones de Henrique Alvim Corrêa, que aparecieron en una edición limitada allá por 1906 (apenas ocho años después de la publicación inicial del libro) y que no solo plasman a la perfección lo que se narra en la novela sino que son tan adelantadas a la época y tan visionarias que sorprenden por su modernidad. No es de extrañar que Wells quedara encantado, porque la visión exacta de las máquinas de combate marcianas que tenemos hoy en día se la debemos a Corrêa. La traducción es también la primera al castellano de la novela, que vio la luz en 1902 de la mano de nada menos que Ramiro de Maeztu (ensayista, novelista y crítico literario, entre otras cosas, perteneciente a la generación del 98), y me ha parecido fantástica. Sabéis que soy muy pejiguera con las traducciones antiguas, pero no es el caso. De verdad que me parece una joya de edición.
Adaptaciones hay a montones, desde clásicas hasta la palomitera de Spielberg-Cruise, pasando por un par en formato miniserie que salieron casi al mismo tiempo hace cosa de dos años. Pero en lugar de poneros un tráiler como acostumbro, he buscado una grabación de esa mágica y terrorífica noche de Halloween de 1938 en la que Orson Welles sembró el caos narrando la invasión marciana de la Tierra (al menos para los que llegaron tarde a la retransmisión y se llevaron un buen susto. Los que estaban pegados al transistor desde el principio estaban sobre aviso y tranquilitos disfrutando de la maravillosa voz de este señor... adoro a Welles, para mí era un genio. Y tenía 23 años cuando hizo esta grabación, ojo al dato).
Herbert George Wells nació en Bromley, Inglaterra, en 1866. A los ocho años, un accidente que
lo obligó a permanecer en reposo propició el descubrimiento de la
lectura y su temprano deseo de escribir. Apasionado por la ciencia, en
1884 obtuvo una beca para estudiar biología en la Normal School of
Science de Londres y más tarde se convirtió en uno de los fundadores y
el primer presidente de la Royal College of Science Association. Esta
influencia del discurso científico se advierte en su legado como
novelista y en su convicción de que la especie humana podría ser
mejorada gracias a los avances técnicos; pero sus armas fueron otras: la
imaginación y la escritura. Del encuentro de estos elementos nació uno
de los padres de la ciencia ficción. Perlas del género son La máquina
del tiempo (1895), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos
(1898). Al envejecer, Wells comenzó a tamizar su fe en la ciencia con
una mirada ética que cuestionó las desmesuras del avance y uso de la
tecnología: en su novela El mundo liberado (1914), por ejemplo, imaginó
la creación y las consecuencias de la bomba atómica. Wells también
criticó la hipocresía de la época victoriana, así como el imperialismo
británico. En un pasaje sobre el triunfo marciano, escribe: «El imperio
del hombre y el terror que inspira eran cosas pasadas para siempre».
Falleció en Londres en 1946.
Fecha de publicación original: 1949 Fecha esta edición: julio 2018
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 22,90 euros Ilustración de cubierta: Gathering the Marsh (Dee Nickerson, 2016)
Los Ashby son terratenientes ingleses dedicados a la cría de
caballos. Siempre han vivido en el pequeño pueblo de Clare y llevan una
vida apacible capitaneada por la tía Bee, quien se ocupa de sus cuatro
sobrinos tras el fallecimiento de su hermano y su nuera. El dolor por la
pérdida de los padres y por la desaparición de un sobrino mellizo en
extrañas circunstancias parece ya superado por los años y por días
llenos de buena armonía familiar.
Pero justo la semana antes de la fiesta de mayoría de edad de Simon,
uno de los sobrinos, el mundo de los Ashby da un vuelco completo. Un
extraño llamado Brat Farrar llega al pueblo asegurando ser Patrick, el
mellizo desaparecido. Él, como hermano unos minutos mayor que Simon, se
convertiría en el heredero universal de la fortuna de los Ashby. El
enredo está servido y más que bien sazonado. Porque sabemos desde el
principio que Brat Farrar es un impostor guiado por alguien cercano a
los Ashby.
La última vez que os hablé de Josephine Tey fue con el que es mi libro favorito de la autora, La hija del tiempo, y aunque tengo en la estantería todos los libros que la editorial Hoja de Lata ha ido sacando suyos, por unas cosas o por otras se me han pasado varios años sin volver a leerla. Como tenía para elegir, me he decantado por Patrick ha vuelto, del que leí excelentes opiniones en su día y de las que a estas alturas no recordaba nada concreto salvo que eran muy positivas, como debe ser... Precisamente por eso, porque lo mejor es no saber nada de nada, todo lo que os cuento en esta especie de sinopsis personal que hago siempre se dice nada más comenzar el libro, así que no hago ningún tipo de spoiler, palabrita de honor.
Los Ashby viven en Latchetts dedicados a la cría de caballos, negocio que unos años va mejor que otros y que les permite vivir bien sin mayores holguras. La cabeza de esta singular familia es Bee, que quedó al cuidado de sus cuatro sobrinos tras el fallecimiento de su hermano y su cuñada en un accidente de avión ocho años atrás... bueno, en realidad quedó al cuidado de cinco sobrinos, pero el mayor de ellos, Patrick, que por entonces contaba 12 años, se suicidó poco después de la muerte de sus padres. Han salido adelante, y en seis semanas Simon, gemelo de Patrick, cumplirá 21 años y heredará el patrimonio de los Ashby... o eso creen todos, porque de repente aparece un joven asombrosamente parecido a Simon que dice ser Patrick y, por tanto, el inminente heredero de la pequeña fortuna Ashby al ser el hermano mayor. Cada miembro de la familia se enfrenta al acontecimiento como mejor sabe: unos con emoción, otros con reserva y otros con naturalidad. Simon, que lo pierde todo de la noche a la mañana, es el único que se niega a reconocer a este joven como su hermano gemelo... y tiene toda la razón del mundo, porque el lector sabe desde el principio que en esa casa ha entrado un estafador y que ese chico tímido, reservado y atractivo tiene tanto de Patrick como el hijo del lechero. Pero este es solo el comienzo, no se vayan todavía... ¡aún hay más!
Bueno, una vez puestos en situación, ¿qué tenemos? Pues tenemos un niño que se suicidó con apenas doce años que vuelve de entre los muertos bajo la apariencia de un impostor muy bien preparado para pasar todas las pruebas que le pongan por delante; tenemos una familia muy unida que en su mayor parte acoge con los brazos abiertos su regreso una vez superadas todas las pruebas que se le imponen; y tenemos un solo personaje que pone en entredicho su identidad pero que se comporta de un modo muy raro y ambiguo durante buena parte de la historia. ¿Cómo es posible que no duden ante la apariencia física del impostor teniendo en cuenta que la familia Ashby tiene rasgos muy definitorios y característicos? Pues con esa baza juega la autora cuando mata al personaje principal con 12 años: el salto de los 12 a los 21 es muy grande, el Patrick de 21 que se presenta es totalmente compatible con los rasgos de la familia y encima se parece más a Simon ahora en la edad adulta que cuando eran unos chiquillos (se dice en cierto momento que no eran gemelos idénticos).
Y lo cierto es que cualquier otro autor precisamente hubiese jugado con la premisa más evidente, la de hacer volver al personaje sin desverlarnos más sobre él y basar todo el misterio en averiguar si ese tal Patrick que ha vuelto de entre los muertos es quien dice ser o no. Pero no, Tey plantea la idea totalmente contraria: desde el principio sabemos que no lo es, y a partir de ahí alquila un silloncito en Latchetts y, haciendo uso de su mirada inquisitiva y aguda, nos cuenta la historia que realmente nos quiere contar, que no es otra que la de Brat Farrars, un huérfano que emigró a América desde Inglaterra años atrás, que allí se ganó la vida con los caballos y que ha vuelto a Londres en un impulso. No tiene trabajo y en uno de sus paseos conoce a un actor de poca monta que creció con los hermanos Ashby y no solo los conoce a ellos, sino a su hogar como la palma de la mano, y por cuestiones puramente egoístas se ha propuesto hacer saltar por los aires la herencia de Simon y recibir a cambio un dinero fijo todos los meses de por vida que le permita vivir a cuerpo de rey sin despeinarse. Él es quien prepara a Brat y lo convierte en un Patrick que roza la perfección.
Quien ya haya leído a Josephine Tey sabe que, aun siendo una dama del misterio, va muy por libre en cuanto al planteamiento de sus intrigas. Esta no es una novela de detectives ni de investigaciones, ni siquiera es una historia que vive por y para el misterio, aunque este va abriéndose camino con el transcurrir de las páginas sin prisa pero sin pausa... No, en realidad es una novela de personajes (como ya sucedía en La señorita Pym dispone, aunque vaya por derroteros muy distintos), de como se interrelacionan, de sus peculiaridades e idiosincrasias y de todas aquellas cosas que los hacen diferentes y, por tanto, también los unen. Tenemos a un personaje como Patrick/Brat en el centro del tablero, y todos los demás personajes se definen ante los ojos del lector por el modo en que él los ve y el modo en que actúan ante él y con él. No es una narración en primera persona, pero Patrick/Brat es nuestro hombre del día, el que llega nuevo a esa casa y, por tanto, el que lo ve todo desde un punto de vista objetivo y externo... y ese es el gancho que va a usar nuestra querida Josephine Tey para ir dando forma a su misterio: lo que la familia Ashby no ve porque lo tiene delante de las narices sí que lo percibe el que llega de fuera y mira todo con ojos reflexivos, desconocidos e inteligentes. Por no hablar de que estamos ante un criminal diferente más bueno que el pan con mucha ética, mucha mala conciencia y muchos buenos sentimientos. Esto tampoco es spoiler, lo vais a comprobar en cuanto abráis el libro.
La narración está aderezada con muchos retazos de humor sutil, de frases elegantes con doble sentido, de diálogos que lo mismo te sacan una sonrisa que dejan entrever mucho más de lo que dicen, de personajes secundarios que ponen el toque desenfadado, de toques costumbristas que resaltan sobre todo en la relación entre los Ashby y sus vecinos y, por si fuera poco, de una visita guiada a la vida en una granja de cría de caballos y el tipo de eventos sociales e hípicos que eran habituales en la campiña inglesa. Y es que los caballos son una parte importantísima de la historia; son el motivo por el que Brat Farrars decide convertirse en un impostor (vive por y para los caballos), son el modo de vida de la familia Ashby y son también parte indivisible de ellos mismos como personas. Se podría decir que han estado cabalgando a lomos de un caballo desde que tomaban el biberón, y esa comunión entre jinete y animal tiene una presencia constante durante todo el libro: es la vía de escape que usan muchas veces cuando quieren soltar presión y es el arma que usan cuando quieren hacerse daño.
En definitiva, Patrick ha vuelto es una novela de misterio porque la Tey lo quiso así, pero su intención final fue que conociéramos la historia de los Ashby, la historia de Brat Farrars y la trama que se inventa para que ambas historias colisionen y formen de paso una estupenda novela. Que sí, que sí, que hay intriga, que sabemos en todo momento que algo se cuece, que algo huele a podrido en Dinamarca y que Brat no dejará de hacerse preguntas desde el momento en que pone un pie en la casa y no parará hasta descubrir si sus sospechas son fundadas. Pero mientras tanto tiene que convivir con su "tía y sus hermanos", aprender a ser uno más de ellos y lidiar con la desconfianza de Simon mientras se acerca el día en que será dueño de todo. ¿Lo conseguirá? Porque ahí está el quid de la cuestión, en el modo en que Tey pone todas las cartas sobre la mesa desde el principio y aun así consigue mantener al lector pegado a las páginas mientras va aumentando la tensión y la presión sobre unos personajes cuyas reacciones van adaptándose, sometiéndose y transformándose una vez superada la sorpresa inicial... en ocasiones de un modo que ni siquiera ellos comprenden.
Lo dejo aquí, y lo hago preguntándome la extraña razón que ha motivado una cubierta tan preciosa como inequívocamente invernal en un libro que transcurre en su totalidad a comienzos de verano. Soy malosa, lo sé. El mundo me ha hecho así :)
Josephine Tey (Inverness, 1896 – Londres, 1952) es el seudónimo de la escritora
escocesa Elizabeth Mackintosh. Fue una mujer independiente y adelantada a
su época; jamás se casó y empezó ganándose la vida como profesora de
educación física hasta la muerte de su madre, en 1926, cuando tuvo que
regresar a casa para hacerse cargo de su padre inválido. Fue entonces
cuando, por pura diversión, comenzó a escribir.
Entre sus obras más
elogiadas por la crítica y el público destaca La hija del tiempo,
declarada en 1990 la mejor novela de misterio de la historia por la
Crime Writers’Association.
Fue
también autora de una docena de piezas teatrales (escritas bajo
seudónimo distinto: Gordon Daviot), y siempre será recordada por haber
creado al inspector Alan Grant de Scotland Yard, protagonista de sus
mejores historias.