miércoles, 21 de septiembre de 2022

RESEÑA (by MH) ::: LOS CASOS DE HORACE RUMPOLE, ABOGADO - John Mortimer


 
Título original: Rumpole of the Bailey
Autor: John Mortimer
Editorial:
Impedimenta
Traducción:
Sara Lekanda Teijeiro
Páginas:
320
Fecha publicación original: 1978
Fecha esta edición: febrero 2017
Encuadernación: rústica con sobrecubierta
Precio: 20,95 euros
Diseño de cubierta: Westminster Bank, 41 Lothbury, London (Eric Fenton, 1953)




Insigne defensor de las causas perdidas, Horace Rumpole es un abogado adorable, un hombre de altos ideales y de gran sentido común, que fuma cigarros malos, bebe un clarete aún peor, es aficionado a los fritos y a la verdura demasiado hervida, cita a Shakespeare y Wordsworth a destiempo y, generalmente, se decanta por los casos desesperados y por los villanos de barrio. Excéntrico y gruñón, lleva años abriéndose paso en las salas de justicia londinenses, mientras brega en casa con su terca mujer, Hilda, a quien él apoda «Ella, La que Ha de Ser Obedecida», en un particular universo donde el sarcasmo, el humor y la intriga se mezclan a partes iguales. 
 
Al modo de P. G. Wodehouse, John Mortimer construye en sus narraciones un universo demoledor y sarcástico al más puro estilo British.

Poquito a poco voy leyendo libros que tengo pendientes casi desde el momento de su publicación, y Los casos de Horace Rumpole, abogado llevaba ya cinco años esperando en la estantería (nada menos...).
 
Horace Rumpole se presenta al inicio del libro diciéndonos que está a punto de cumplir sesenta y ocho años y que, siendo el miembro de mayor edad de su bufete y teniendo algo de tiempo libre, ha decidido poner por escrito sus triunfos (y algún que otro fracaso) más sonados, tanto para su mayor gloria como para entretener al lector... y para conseguir algo de dinero al que no pueda poner las manos encima su mujer (Ella, la que Ha de Ser Obedecida) ni Hacienda, todo sea dicho. Rumpole es letrado del Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, comúnmente conocido como Old Bailey por la calle en que se encuentra situado, y es experto en manchas de sangre, huellas dactilares, falsificaciones y grupos sanguíneos. Suelta citas famosas cada dos por tres, le gusta el clarete, luce un sombrero zarrapastroso que es el hazmerreír de los pasillos de los juzgados, su peluca ha conocido tiempos mejores y a veces suelta de cada perla por la boca que sube el pan... Pero si algo lo define por encima de cualquier otra cosa es que adora su profesión, adora defender sus casos ante un tribunal y es, ante todo y por encima de cualquier otra cosa, abogado. Además de todo esto es un poco... bueno, digamos que no es un encanto. Las palabras antónimas a esta que se me ocurren son un poco burdas (me las ahorro), pero es que nadie es perfecto.
 
Las historias que cuenta no se remontan a su juventud cuando ganó los casos que le dieron fama, sino que nos habla de casos de los que se hizo cargo cuando ya era una celebridad del Old Bailey. A su mujer le gustaría que ascendiese a abogado de la Corona (ganaría más y trabajaría menos), pero Rumpole es carne de tribunal, defiende a familias enteras de criminales (aunque no siempre de la manera que ellos quisieran), disfruta con el juego de pillar al principal testigo en un renuncio (con la ayuda de un concierto de los Rolling Stones), se encarga de procesos de divorcio en los que el quid de la cuestión está donde menos se espera, no tiene miramientos en usar la reputación de una mujer si eso le sirve para ganar el caso para su cliente y, como no podía ser menos cuando se es un abogado tan entregado a la causa, también le sale el tiro por la culata a veces cuando los clientes se ponen rebeldes e insisten en declararse culpables si su defensa no es congruente con su forma de ver la vida. De todo un poco, que diría aquel.
 
Salpimentando todo esto tenemos sus declaraciones sobre su vida familiar, en la que nadie sale bien parado pero donde su mujer destaca como una especie de ser insensible que habita bajo su mismo techo pero con la que no parece tener absolutamente nada en común. Fría, calculadora y escaladora social por principios, tal parece que se casaron sin querer y que ahí siguen, taitantos años después, y así seguirán hasta que anden con bastón: ella como comandante conyugal y él como soldado raso que acata órdenes sin rechistar. De ahí lo de Ella, la que Ha de Ser Obedecida, pero claro, teniendo en cuenta que todo esto se cuenta desde el punto de vista de este señor, que es más caústico que la sosa, pues a saber... Y luego está el hijo, que él pensaba que iba para abogado y que se le hace sociólogo, se va a vivir a Estados Unidos y se busca una esposa a la que le horrorizan los tejemanejes de los abogados (esas ratas que no buscan la verdad, solo que su cliente sea declarado inocente cueste lo que cueste), tirando por el retrete la relación cordial entre suegro y nuera que sería de esperar. 

Tengo que reconocer que yo soy mucho de series de abogados (antes más que ahora, cuando sabía lo que era tener tiempo para esas cosas), y que en el colmo del frikismo londinense, soy de esas que se ha pateado el barrio del Strand, la zona de los colegios de abogados de Londres, y que aunque no entré en el Old Bailey (está en la City, no en el Strand), sí lo hice en los Reales Trbunales de Justicia, que me pateé de arriba abajo y merece muy mucho la visita. En fin, que este libro es muy de mi rollo. Entender y explicar cómo funciona la justicia en Inglaterra es complicado (los abogados no son abogados y ya, pueden ser solicitors o barristers con sus correspondientes funciones), y luego están los Silks (abogados de la Corona que pueden lucir togas de seda y que supone la máxima aspiración para muchos de estos abogados... cobran mucho más, claro está). Lo dicho, explicado al trote aquí puede parecer complicado, pero no lo es tanto y en el libro está todo implementado con tanta naturalidad que queda clarísimo desde el principio. El bufete de Rumpole parece una jaula de grillos entre silks, barristers, solicitors, ayudantes, secretarios, los nuevos que llegan, los viejos que no se van, y cuatro o cinco personas trabajando en cada minidespacho. Mortimer lo cuenta de tal manera que parece el camarote de los hermanos Marx, y teniendo en cuenta que sabe de lo que habla, eres consciente de que muchas de esas situaciones que vemos en las series británicas son más auténticas y realistas de lo que nos pensamos.
 
Y es que ahí está la gracia del libro (al menos en lo que a mí respecta): Rumpole me ha caído regular tirando a mal, me hacía poner los ojos en blanco de vez en cuando (también me ha sacado alguna risa en voz alta, al César lo que es del Cèsar), pero los casos en los que interviene y el modo en que los cuenta me han gustado muchísimo y los he disfrutado de tal manera que espero hacerme con Los juicios de Rumpole, el segundo volumen que publicó Impedimenta un año despues de este.

A todo esto, y hablando de series, los libros de Horace Rumpole tuvieron su correspondiente y exitosa adaptación televisiva en los años 80 que yo no he llegado a ver, pero nunca es tarde. Os dejo de todos modos el tema de la intro por si os interesa, y os invito a leer de paso la biografía del autor que adjunto abajo, que es de lo más interesante y lo explica todo mucho más sucintamente que si me pongo a hablar aquí sobre él (estoy decidida a abreviar las reseñas).

 

Nacido en Londres en 1923, John Mortimer fue hijo de un abogado que, a pesar de quedarse ciego, siguió vistiendo la toga durante años. Estudió leyes en Oxford y se convirtió en uno de los más grandes defensores de la libertad de expresión, entre cuyos clientes figuraban la actriz porno Linda Lovelace y el grupo punk The Sex Pistols. En 1975, la creación del carismático personaje de Horace Rumpole, basado en la figura de su padre, le consagró como uno de los más corrosivos escritores de su tiempo. Llevó a la pequeña pantalla Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh. Aficionado a la buena vida, «un socialista del champán», se casó en primeras y breves nupcias con la novelista Penelope Mortimer, que hizo de su tormentoso matrimonio el tema de la magnífica El devorador de calabazas. Padre de ocho hijos, infatigable enemigo de Margaret Thatcher, es autor de las célebres Rapstone Chronicles, formadas por Un paraíso inalcanzable (1985), El regreso de Titmuss (1990), ambas publicadas por Libros del Asteroide y The Sound of Trumpets (1998). John Mortimer recibió en 1997 el título de sir a instancias del Gobierno de Blair, un político a quien apoyó fervientemente y llegó a odiar. Murió en 2009 en su casa de The Chilterns, después de una larga enfermedad.

lunes, 19 de septiembre de 2022

RESEÑA (by MH) ::: EL MAESTRO DE ALMAS - Irène Némirovsky


 
 
Título original: Le maître des âmes
Autora: Irène Némirovsky
Editorial: Salamandra
Traducción: José Antonio Soriano Marco
Páginas: 224
Fecha publicación original: 1939
Fecha esta edición: marzo 2009
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 18 euros 
Ilustración de cubierta: AKG-Images / Album



Némirovsky describe con implacable lucidez la figura del advenedizo en el París de los años treinta, donde poderosos señores y elegantes mujeres de mundo conviven con una corte de vividores, menesterosos y canallas.

Dario Asfar, un joven médico originario de Crimea, llega a Niza acompañado de su mujer y de su hijo recién nacido. Atormentado por las deudas, Dario lucha desesperadamente por conseguir una clientela, pero su origen levantino sólo inspira desconfianza y rechazo. La precaria situación de su familia lo empuja entonces a emprender el único camino que se le ofrece para escapar de la miseria: aprovechándose del creciente auge del psicoanálisis, Dario se transforma en terapeuta improvisado, una suerte de charlatán dispuesto a ofrecer a los ricos burgueses el sosiego del alma y la felicidad que tanto anhelan. Sin embargo, el éxito y la fortuna tan ansiados tendrán para él consecuencias insospechadas.

El trazo ligero de Némirovsky describe con implacable lucidez el París de los años treinta, donde poderosos señores y elegantes mujeres de mundo conviven con una corte de vividores, menesterosos y canallas que pululan por la ciudad, conformando un mundo de mil caras fascinantes.

El maestro de almas se publicó por entregas entre mayo y agosto de 1939 en el semanario Gringoire y, teniendo en cuenta que la Segunda Guerra Mundial comenzó en septiembre de ese mismo año, estamos ante una de las últimas obras que Irène Némirovsky publicó en vida. La última fue Los perros y los lobos (publicada a finales de 1939 también en Gringoire con su nombre, y a comienzos de 1940 en la editorial Albun Michel ya con seudónimo para preservar su anonimato e intentar garantizar su seguridad). En fin, ya sabemos como terminó todo, Irène murió en agosto de 1942 en Auschwitz. Tanto Albun Michel como su familia se convirtieron en los protectores de las hijas de Némirovsky desde el momento en que fue deportada al campo de concentración, y gracias a que salvaron la vida hemos podido tener en las manos Suite francesa... pero esa es otra historia. Hoy vengo, como os decía, a hablaros de El maestro de almas, y de verdad, tenéis que leerla. Os lo digo desde ya.

Nos vamos a Niza, años 20. Allí vive Dario Asfar junto a su mujer, que precisamente da a luz la noche en la que comienza la historia. Dario es joven, médico y muy, muy pobre. A lo largo de la narración se le describe como de tipo levantino (en cierto momento se ubica su lugar de origen en Crimea) y esos rasgos extranjeros hacen que le salga muy poco trabajo y que además muchas veces ni le paguen. Pide dinero, suplica dinero, pero nadie se lo presta. Hasta que un día le piden que haga algo éticamente cuestionable dentro de su profesión y cobra por ello una suma importante que resuelve muchos de sus problemas... y en ese momento algo se rompe dentro de Dario, comprende que es mucho más fácil ascender en sociedad, tener una buena posición y hacerse rico si no sigue los caminos morales y éticos que establece su profesión, y no lo duda ni un momento. Se traslada a París, y allí se convierte en un charlatán, un estafador y un farsante. Consigue todo aquello que andaba buscando, pero las consecuencias son inevitables por muchos años que tarden en llegar.
 
A ver cómo os lo digo... no he soportado ni un instante a Dario, y he disfrutado muchísimo del proceso. Sé que probablemente no será la opinión habitual sobre el personaje, que habrá quien lo compadezca, quien intente comprenderlo, quien crea que es merecedor de lástima como el miserable que es... yo no pertenezco a ese grupo, y encantada de la vida, oiga. No sé si este personaje fue creado para gustar al lector, pero sí creo que su autora vertió sobre él todo el desencanto y la decepción que sentía ante la degradación persistente e imparable del alma humana. Cada paso que Dario da lo aleja un poco más de su humanidad, sus escrúpulos, su conciencia y el respeto por sí mismo y la gente que lo rodea. Dario representa una visión muy negativa del ser humano, y Némirovsky narra su ascenso social y su equivalente descenso ético y moral de ese modo tan suyo, tan impoluto y elegante como afilado e inteligente. Es un personaje que toma decisiones cuestionables de manera consciente durante todo el libro, un inmigrante desubicado que se rinde sin apenas resistencia a ese destino al que la prejuiciosa sociedad parece abocarlo precisamente por ser extranjero con aspecto extranjero, y que en vez de luchar honradamente, de imponerse, de demostrar que es tan válido como cualquiera de esos canallas de piel blanca y reluciente, decide convertirse en un miserable sinvergüenza para destacar y elevarse.
 
Pero, ¿quién es Dario Asfar? Al principio un pobre hombre, desesperado por tener algo que darle de comer a su mujer y a su bebé recién nacido. Pero también esconde una oscuridad que sale a la mínima oportunidad que se le presenta y que, llegado a un determinado punto, lo envuelve absolutamente todo. Está obsesionado con el dinero, consigue su ansiado estatus social convirtiéndose en una especie de terapeuta engañabobos, pero, a pesar de la ingente cantidad de dinero que gana, siempre debe dinero. De cara a la galería es quien quiere ser, esa es la imagen que transmite, pero vive siempre por encima de sus posibilidades, endeudado, de préstamo en préstamo incluso cuando debería ser muy, muy rico, aferrándose al único sosten del prestigio para mantenerse en su tren de vida. Y encima se pasa todo el libro diciendo que lo hace por su hijo, todo por su hijo... pues no, Dario, no es verdad. Te engañarás tú, pero al lector no se la das con queso. Se convierte en un hedonista subyugado por sus deseos, sus infidelidades y sus malas compañías sin un solo remordimiento que empañe su conciencia. Él se denomina a sí mismo Master of souls, ese es el cuento chino que le vende a las frívolas señoronas parisinas, pero no, Dario no es un maestro de almas: es un ususero de almas, un especulador, y en ese proceso de abuso pierde la suya propia con el único fin de ascender, medrar y descollar. El alma a cambio de la celebridad, pero ¿se puede ser feliz sin alma?

Y todo esto que os estoy diciendo es solo, precisamente, el alma de la historia, pero apenas un esbozo de lo que se puede encontrar en su interior. Yo os cuento el proceso de degradación y deshumanización del personaje porque no se puede hablar de la novela sin hacer mención a ello, pero es solo una baldosa de todo el recorrido que supone acompañar al Dario de treinta y cinco años que vive en Niza en 1920 (pobre, desesperado pero todavía honesto) en su viaje hacia el Dario de 1936, con numerosas paradas en las que va empeñando pedazos de su alma. Es durante ese viaje donde Irène Némirovsky demuestra lo grandísima escritora que era. Por un lado tenemos el retrato social del París de los años 30, repleto de personajes arribistas, carroñeros, ruines y caraduras que conformaban un microcosmos al que todo aquel que quisiera ser alguien en sociedad quería pertenecer y del que podían surgir mil cuadros y realidades diferentes, a cada cual más asombrosa y
perturbadora. Pero por otro tenemos el retrato psicológico brillante y soberbio de Dario Asfar, tan humano en sus imperfecciones, errores y tropiezos, tan realista en sus aspiraciones y ambiciones, tan auténtico cuando se pierde y ya no vuelve a ser capaz de encontrarse, que el lector es consciente de que, aun cuando su creadora cargó sobre sus espaldas una maleta llena de traición, indignidad, impudicia, desilusión y desesperanza, lo compadecía lo suficiente como para no demonizarlo.

Dario es una suerte de Fausto que vende su alma por algo mucho más triste y patético que el conocimiento infinito, y que está tan corrompido que se ha olvidado de cómo amar y aceptar el amor de los que le quieren. El maestro de almas es tan recomendable como cualquier obra de Irène Némirovsky, un ejemplo maravilloso del talento y genio de esta escritora y una lectura que se queda en la cabeza del lector para surgir de cuando en cuando... Dario Asfar es de esos personajes que no se olvidan, que por mucho tiempo que pase, si te preguntan por él sabes cómo empezó, lo que hizo y cómo acabó. ¿Qué mejor elogio para una autora que decirle que dio vida a un personaje que ya no vuelve a separarse del lector?



Irène Némirovsky nació en Kiev en 1903 en el seno de una familia acaudalada que huyó de la revolución bolchevique para establecerse en París en 1919. Hija única, Irène recibió una educación exquisita, aunque padeció una infancia infeliz y solitaria. Años antes de obtener la licenciatura en Letras por la Sorbona, su precoz carrera literaria se inicia en 1921 con la publicación del texto Nonoche chez l'extralucide en la revista bimensual Fantasio. Pero su salto a la fama se produce en 1929 con su segunda novela, David Golder, la primera que vio la luz en forma de libro. Fue el inicio de una deslumbrante trayectoria que consagraría a Némirovsky como una de las escritoras de mayor prestigio de Francia, elogiada por personajes de la talla de Jean Cocteau, Paul Morand, Robert Brasillach y Joseph Kessel.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial marcó trágicamente su destino. Denegada en varias ocasiones por el régimen de Vichy su solicitud de nacionalidad francesa, Némirovsky fue deportada y murió asesinada en Auschwitz en 1942, igual que su marido, Michel Epstein. Sesenta años más tarde, el azar quiso que Irène Némirovsky regresara al primer plano de la actualidad literaria con el enorme éxito de Suite francesa, su obra cumbre, descubierta casualmente por sus hijas, publicada en 2004 y galardonada a título póstumo con el premio Renaudot, entre otras muchas distinciones. Las novelas de Irène Némirovsky, publicadas en español por Salamandra, han sido traducidas a treinta y nueve idiomas, demostrando el interés por una autora que se sitúa sin duda entre los grandes escritores del siglo XX.

lunes, 18 de julio de 2022

RESEÑA (by MH) ::: EL CASO DE BETTY KANE - Josephine Tey


 
Título original: The Franchise Affair
Autora: Josephine Tey 
Editorial: Hoja de Lata
Traducción: Pablo González-Nuevo
Páginas: 384
Fecha de publicación original: 1948
Fecha esta edición: junio 2017
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 22,90 euros 
Ilustración de cubierta: Gathering the Marsh (Dee Nickerson, 2016)


Robert Blair, abogado en un pequeño y apacible pueblo británico, da ya por terminada su tranquila jornada laboral en el despacho cuando suena el teléfono. Es Marion Sharpe, ve- cina de la localidad, una mujer de pocas palabras que vive con su madre en una decrépita hacienda a las afueras del pueblo. Las Sharpe acaban de ser acusadas de secuestrar a una recatada jovencita llamada Betty Kane. Las declaraciones de la chica, al principio bastante improbables, cobran fuerza con las minuciosas descripciones del desván de los horrores donde supuestamente la tuvieron retenida. Y Robert Blair, convertido a la fuerza en detective amateur, deberá desentrañar este paradójico caso, que ni tan siquiera el Inspector de Scotland Yard, Alan Grant, es capaz de comprender.

Con lo que me gusta Josephine Tey y lo tranquilamente que me estoy tomando la lectura de sus libros... es que prefiero tener ahí siempre un par esperando en la estantería a quedarme sin ninguno, y aunque la editorial Hoja de Lata edita una novela suya todos los años con puntualidad inglesa, lo cierto es que la bibliografía de Tey es bastante corta y ya no queda mucho para decir aquello de "se acabó lo que se daba", así que ahí voy, estirando el chicle. Pero bueno, la capacidad de resistencia tiene un límite y como ya habéis visto, aquí vengo con El caso de Betty Kane que, como no podía ser menos, he disfrutado un montón (para qué os voy a dejar con la intriga...).
 
La existencia de Robert Blair, abogado en la pequeña población de Milford, es tranquila, rutinaria y apacible en grado sumo, y le gusta, es el modo de vida que ha escogido... pero a veces se pregunta qué pasaría si algo llegase para trastornar esa placidez existencial carente de sorpresas. Pronto lo descubre, pues una llamada de Marion Sharpe, vecina que no se relaciona con nadie del pueblo a quien solo conoce de vista, pone su vida patas arriba. Marion le ruega que, en calidad de abogado, acuda inmediatamente a su casa. Allí lo esperan Hallam, policía local, y el inspector Grant, de Scotland Yard, que le cuenta una historia asombrosa: una joven de quince años, Betty Kane, acusa a Marion Sharpe y a su madre, ya anciana, de haberla secuestrado durante un mes en La Hacienda, la aislada casa donde viven ambas, y de haberla maltratado y golpeado. Sabe cosas de la casa que no deberia saber de no haber estado en ella y, aunque las Sharpe niegan rotundamente las acusaciones, tampoco tienen manera de demostrar que miente. El inspector Grant no parece tener muy claro el caso, pero el cotilleo, la murmuración y los prejuicios de todo un pueblo contra un par de mujeres independientes que no socializan y que por tanto, tienen que ser culpables porque sí, pueden hacer más daño que cualquier sentencia en firme.

El personaje más famoso de Josephine Tey fue el inspector Grant, protagonista de una media docena de libros (mi favoritísimo siempre será La hija del tiempo por la temática histórica en general y de Ricardo III en particular), pero con El caso de Betty Kane no todo el mundo se pone de acuerdo: algunos lo consideran dentro de la serie protagonizada por el personaje aunque apenas haga acto de presencia un par de veces junto con algunas menciones a su nombre (en ese caso y por orden sería el tercer libro dentro de la serie), mientras que otros no lo consideran como tal y su aparición apenas se toma como algo anecdótico. En cualquier caso, en esta novela descubrimos que hace apenas doce meses que Grant pertenece a Scotland Yard y que ya es conocido por ser un juez infalible del carácter humano... aun así, Grant en particular, junto a Scotland Yard en general, deja el pabellón policial por los suelos, y no deja de tener su gracia porque este es el personaje estrella de la autora y aun así no tiene miramientos en hacerle morder el polvo. Y es que en El caso de Betty Kane los protagonistas absolutos son los habitantes de Milford: el abogado Blair como la máquina que hace avanzar la historia, y sus familiares y amigos como los engranajes que hacen que todo funcione como la seda. 
 
El investigador aquí es, por tanto, Robert Blair, que aun no siendo abogado penalista decide hacerse cargo del caso tras conocer a las Sharpe y parecerle que son incapaces de hacer algo como lo que se les acusa. Y eso que se enfrentan a la susodicha Betty Kane, típica rosa inglesa que parece que mea agua bendita (que decimos por aquí), sin tacha alguna en su comportamiento y con una apariencia tan inocente e inmaculada que los periódicos llegan a encontrarle parecido con santa Bernadette... porque aquí es donde se complica la trama: cuando se mete de por medio la prensa sensacionalista. No puede haber acusación en firme porque no hay pruebas firmes (solo circunstanciales) que corroboren la declaración de Betty, pero si un periódico acusa a dos mujeres raras que viven aisladas de secuestrar a una adolescente virtuosa, ya sabemos lo que va a pensar el pueblo llano: nada, no piensan ni razonan nada, simplemente se dejan llevar por lo que les dicen y se comportan como borregos. Así que aquí empieza la cruzada imposible de Robert Blair que, aun sin saber si habrá acusación oficial o no, decide que las Sharpe no pueden vivir bajo la sombra de la sospecha en un pueblo tan pequeño, y se lanza a investigar dónde se metió realmente Betty Kane durante el mes que estuvo desaparecida. No lo tendrá fácil (para ser una adolescente se muestra muy escurridiza en sus andanzas), pero este caso se ha convertido en la ambición de su vida: no solo está dispuesto a refutar la historia de Betty y pillarla en sus mentiras, sino que sabe que hasta que no muestre su verdadera cara ante el público que la adora y todos vean quien se esconde tras ese rostro angelical, las Sharpe no estarán a salvo.

Como no podía ser menos, mientras Tey construye esta trama, cuyo interés va in crescendo conforme se van complicando las cosas para las Sharpe y se va agotando el tiempo, también nos muestra la vida de un pueblecito como Milford y nos presenta a algunos secundarios que son los que dan vidilla a la historia. Desde la tía Lin (con quien vive Robert) hasta la cocinera de la casa (digno ejemplo inglés de que en una casa con criada, la que manda es la criada), pasando por Stanley, mecánico que se destapa como un sol de hombre con patas, y Kevin Macdermott, abogado irlandés con una personalidad arrolladora y mejor amigo de Robert. También hay que hacer mención (que para eso son las sospechosas) a las Sharpe, ese tipo de personas que la gente automáticamente descarta y acusa solo porque no se pasan el día invitando a tomar el té a sus vecinos y deciden vivir su vida de manera independiente y autosuficiente. Si son culpables o inocentes es algo que aquí obviamente no puedo comentar, pero de lo que se trata es de que la presunción de inocencia muchas veces nos la ponemos de sombrero, y aquí va una pullita de Tey hacia los prejuicios y las injusticias que cometemos con personas de las que no sabemos nada solamente basándonos en las apariencias y (en este caso) la manipulación de los medios de información.

El caso de Betty Kane es un libro muy inglés y muy de su época, y se mete en charcos con doble ración de guasa e ironía porque puede y porque quiere (que si los irlandeses, que si la moralidad dudosa de algunas mujeres...). Es muy divertido a ratos y, entre dimes y diretes, va avanzando el caso (que no es de asesinato, cosa rara en este tipo de novelas) y vamos conociendo a los personajes gracias a las interacciones entre ellos, impensables cuando comienza la lectura y que son las que realmente van dando forma y personalidad a la historia. Los diálogos son punzantes, ingeniosos, mordaces y, sobre todo, creíbles desde el punto de vista de  los personajes. Tey escribía muy, muy bien, y en sus historias despliega una inteligencia emocional y sutil que atrapa al lector sin que este se dé apenas cuenta. Al menos en mi caso llegó un punto que no podía soltar el libro, y cruzaba los dedos para que las Sharpe no fueran culpables, que no nos hubiesen dado gato por liebre tanto a Robert Blair como a mí y que la máscara de Betty Kane cayese al suelo hecha añicos. ¿Surtieron efecto mis plegarias? Pues no os lo voy a decir, obviamente. A leer el libro se ha dicho.

No creo que pueda ni deba decir más. Si os gusta Josephine Tey, debéis leerlo. Si os gustan los misterios clásicos británicos, debéis leerlo. Si os gusta el costumbrismo irónico y british de tacita de té y personajes peculiares y adorables, debéis leerlo. Si os gusta ese tipo de literatura que se lee con avidez y una sonrisa en la boca mientras se investiga un crimen, debéis leerlo. Algunos libros de Josephine Tey cuesta encuadrarlos de lleno en el subgénero del cozy mystery, pero El caso de Betty Kane es una muestra perfecta y cumple todos los requisitos, así que ya sabéis más o menos lo que podéis esperar de él. Muy recomendable.




Josephine Tey (Inverness, 1896 – Londres, 1952) es el seudónimo de la escritora escocesa Elizabeth Mackintosh. Fue una mujer independiente y adelantada a su época; jamás se casó y empezó ganándose la vida como profesora de educación física hasta la muerte de su madre, en 1926, cuando tuvo que regresar a casa para hacerse cargo de su padre inválido. Fue entonces cuando, por pura diversión, comenzó a escribir.
 
Entre sus obras más elogiadas por la crítica y el público destaca La hija del tiempo, declarada en 1990 la mejor novela de misterio de la historia por la Crime Writers’Association. 
 
Fue también autora de una docena de piezas teatrales  (escritas bajo seudónimo distinto: Gordon Daviot), y siempre será recordada por haber creado al inspector Alan Grant de Scotland Yard, protagonista de sus mejores historias.

viernes, 8 de julio de 2022

RESEÑA (by MH) ::: CARTAS SOBRE LA MESA - Agatha Christie


 
 
Título original: Cards on the table
Autora: Agatha Christie
Editorial: Molino
Traducción: Ángel Soler Crespo
Páginas: 237
Fecha de publicación original: 1936
Fecha esta edición: diciembre 1980
Encuadernación: bolsillo
Precio: descatalogado (disponible de segunda mano)



https://inquilinasnetherfield.blogspot.com/p/esta-pagina-la-abro-yo-mh-modo-personal.html
El señor Shaitana es famoso como anfitrión de sus fiestas. Sin embargo, se trata de un hombre del que todos desconfían. Así, cuando expone a Poirot su teoría sobre el asesinato como forma de arte, el detective tiene sus reservas sobre aceptar la invitación para ver la colección privada de Shaitana. Convocado con otros tres criminólogos y cuatro supuestos asesinos, inician tras la cena una partida de bridge. Pero al final de la partida descubren que el anfitrión ha sido asesinado por uno de sus invitados...
 
Termino el año 1936 en mi reto de Agatha Christie con Cartas sobre la mesa, una novela que no recuerdo haber leído antes (lo que no quiere decir que no la haya leído, es que hace décadas que empecé a leer a esta mujer y a veces se confunden las tramas... ahora es cuando la estoy leyendo con plena conciencia y discernimiento) y que me ha gustado mucho. Aún me quedan casi cinco décadas por delante de bibliografía por leer (que se dice pronto), pero a día de hoy, y con lo leído hasta ahora desde que comencé el reto (25 lecturas en total entre novelas y libros de relatos), creo que estamos en la mejor época de esta autora desde que comenzó su andadura literaria (y me froto las manos ante lo que viene, todas relecturas y todas fantásticas).

El señor Shaitana es un hombre peculiar, de apariencia mefistofélica y con tendencia a hacer sentir incómoda a la gente por muchas y diversas razones. Aun así es un anfitrión de renombre y muy poca gente, por mucho que le teman, se resiste a asistir a una de sus fiestas en caso de ser invitado. La fiesta en la que sucede el asesinato alrededor del cual gira la historia se realiza, podría decirse, en honor a Hércules Poirot. Tras un encuentro casual entre ambos personajes, Shaitana se ríe en cierto modo de la reprobación que Poirot siente hacia el asesinato y le asegura que él colecciona asesinos perfectos, esos que cometen su crimen de manera tan perfecta que no solo quedan impunes sus crímenes, sino que dichos crímenes no son considerados como tales. Lo convida a una fiesta para demostrárselo, fiesta a la que acuden ocho personas: cuatro que están de parte de la ley de cuatro maneras muy diferentes, y otros cuatro que, a pesar de su impecable y en apariencia honorable vida, si hacemos caso a Shaitana, deben ser los asesinos perfectos de los que tanto presume conocer su crimen. El caso esque las cosas no salen como Shaitana espera, porque debemos presuponer que no esperaba ser asesinado por una de esas cuatro personas a las que pretende dejar en evidencia. Una de ellas se siente amenazada por el curso de la fiesta y las miguitas en forma de pullas que va dejando Shaitana y en unas circunstancias muy concretas, cerradas y definidas como es una partida de bridge se comete el asesinato. Así pues las cosas están claras: cuatro personas de parte de la ley deben descubrir cual de los cuatro sospechosos ha cometido el crimen. ¿Son realmente asesinos jamás descubiertos? ¿Tenía razón Shaitana o era uno de sus juegos? En caso de ser asesinos, ¿quién de ellos tiene móvil, oportunidad y una personalidad compatibles con este asesinato en particular? ¡Comienza la partida!

Una sinopsis larga, pero es que Agatha Christie rizó un poco el rizo en esta novela... y porque todavía no os he contado la particularidad principal: que esos cuatro representantes de la ley son todos veteranos en la obra de la autora (o con al menos una aparición en alguna de sus novelas anteriores). Sí, para Cartas en la mesa decidió recuperar a varios investigadores de novelas precedentes para que acompañasen a Poirot en las pesquisas. Por un lado tenemos al superintendente Battle, del que ya os he hablado en El secreto de Chimneys y El misterio de las siete esferas, y por otro al coronel Race, que aparece en El hombre del traje color castaño aunque jamás os lo nombré, pero sí os dije que en la historia había tintes de espionaje y ahí entraba en juego este personaje. ¿Quién es el cuarto investigador en liza? Una mujer, Ariadne Oliver, escritora de novelas de misterio que hizo su debut literario en uno de los relatos contenidos en Parker Pyne investiga (concretamente en el de El caso del militar descontento) y que con el tiempo, después de Cartas sobre la mesa, apareció en varias novelas acompañando a Poirot en sus investigaciones.
 
Así pues, Agatha Christie reunió a varios de sus investigadores y los puso a trabajar juntos al servicio de un caso que ya desde el principio se anticipaba peculiar, rasgo que la propia autora avisa en el prólogo a su novela. Antes de que nadie le dijese nada ya dice que esto no va de varios personajes sospechosos y de averiguar quien de ellos puede ser un asesino con un móvil... en Cartas sobre la mesa hay cuatros sospechosos inamovibles desde el primer momento, todos ellos son asesinos si hacemos caso a las insinuaciones del asesinado y el trabajo de los investigadores consiste, mediante un proceso psicológico, en averiguar qué clase de personas son y qué asesinato esconden en su pasado para establecer las semejanzas pertinentes con el asesinato que nos ocupa. Es decir, no hay un asesino oculto entre los personajes, hay cuatro, lo sabemos desde el principio, y lo que hay que saber es quien de ellos se asustó lo suficiente durante la cena como para asesinar al anfitrión, y para eso hay que rebuscar en su pasado y encontrar los asesinatos escondidos en él.
 
¿Cómo se organizan los otros cuatro personajes que ejercen de investigadores? Hacen cada uno sus averiguaciones por su cuenta y con su propio estilo, y se comprometen a compartir toda esa información con los demás sin guardarse nada. Las cartas siempre sobre la mesa, tal y como reza el título. Teniendo en cuenta que uno de ellos pertenece a Scotland Yard (Battle), otro al Servicio Secreto (Race), otro es investigador privado (Poirot) y la última es escritora de literatura policíaca (Oliver), los métodos, caminos, subterfugios y triquiñuelas para obtener pistas y averiguar cosas serán muy diferentes pero, como no podía ser menos, imprescindiblesen su conjunto para el descubrimiento del culpable.
¿Puede equivocarse Hércules Poirot?

Nadie puede tener razón siempre.

Pues yo sí —replicó Poirot—. Yo siempre la tengo. Es una cosa tan invariable que hasta me estremece.

Además de todo esto, la Christie aprovecha para hablar de muchos temas que no solía tratar en su obra. Sí, de vez en cuando metía una cuña sobre algún asunto en particular, pero tampoco se puede considerar que la bibliografía de Agatha sea especialmente reivindicativa. Aun así, y mediante el personaje de la escritora de novelas de misterio, desmitifica su propia profesión y le saca los colores al mundillo literario. Por otro lado en cierto modo los investigadores abren un interesante debate sobre los asesinatos y su pertinencia y/o justificacion. Los hay que lo reprueban tajantemente (como Poirot) y los hay que creen que existen personas que merecen ser asesinadas; por ello se habla de si una persona está moralmente autorizada a juzgar a un semejante y tomarse la justicia por su mano o en qué lugar moral quedan los soldado en una guerra. No es que se meta en charcos profundos, todo se comenta de pasada, pero lo deja encima de la mesa, como las cartas del título.

Más cositas antes de terminar... alude nueva y veladamente a Asesinato en el Orient Express y lo que ocurrió en ese caso. Ya lo hizo en Asesinato en Mesopotamia, del que os hablé justo antes de este libro, y vuelve a hacerlo aquí. Se nota que fue un éxito enorme en su carrera y que estaba muy orgullosa de ello. Pero lo que más curioso me ha resultado es que en cierto momento se habla de uno de los libros escritos por la señora Ariadne Oliver, y se titula nada menos que Un cadáver en la biblioteca... Sip, exactamente igual que el título de la novela que supondría el regreso de la señorita Marple a la ficción seis años después de esta. ¿Debemos suponer que a Agatha le gustó el título y lo reutilizó o que ya le rondaban título y tema en la cabeza con tantos años de anticipación? A saber, pero mola (y no, no es una licencia del traductor por esta vez... en el texto original aparece igual, que lo he comprobado).

En definitiva (y ahora sí que termino), un duelo entre cuatro asesinos y cuatro sabuesos que un anfitrion reúne para hacerse el listo en lo que se presume una interesante velada y que acaba con un cadáver y mucha tela que cortar. ¡Ah! Confieso que se habla mucho de ese (supongo) fascinante juego de naipes que es el bridge del que no tengo ni pajolera idea, así que esas partes se me han hecho un poco pesaditas porque andaba muy perdida cada vez que se explicaba un juego y todas sus rocambolescas idas y venidas, pero bueno, que es lo de menos. Eso sí, se nota que la dama del crimen controlaba el tema que daba gusto.

¿Siguiente parada? El testigo mudo.... y más pronto que tarde, porque ya está leído :)




Agatha Christie (1891-1976) es conocida en todo el mundo como la Dama del Crimen. Es la autora más publicada de todos los tiempos, tan solo superada por la Biblia y Shakespeare. Sus libros han vendido más de un billón de copias en inglés y otro billón largo en otros idiomas. Escribió un total de ochenta novelas de misterio y colecciones de relatos breves, diecinueve obras de teatro y seis novelas escritas con el pseudónimo de Mary Westmacott.

Probó suerte con la pluma mientras trabajaba en un hospital durante la primera guerra mundial, y debutó con El misterioso caso de Styles en 1920, cuyo protagonista es el legendario detective Hércules Poirot, que luego aparecería en treinta y tres libros más. Alcanzó la fama con El asesinato de Roger Ackroyd en 1926, y creó a la ingeniosa miss Marple en Muerte en la vicaría, publicado por primera vez en 1930.